Ocúpate de tu propia salvación

Lejos de cualquier referencia a la salvación por obras, el llamado de Pablo es a una vida y estilo de vida consistentes con los requerimientos de la fe.

Uno de los pasajes de las Escrituras difícil de comprender, especialmente para los que insistimos en la salvación únicamente por la fe en la gracia de Dios, es Filipenses 2:12, “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”. La dificultad es incrementada por el versículo que le sigue: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” ¿Existe una contradicción entre estas dos afirmaciones: la demanda y la promesa; el mandato y la habilitación? ¿Existe una postura legalista en la frase “ocupaos en vuestra salvación”? ¿O se trata de un intento por caminar en la cuerda floja teológica, intentando hacer equilibrio entre lo divino y lo humano, en el proceso de la salvación?

Ni lo piense. Si había una verdad preciosa para el apóstol, era la de las buenas nuevas de salvación por gracia a través y únicamente, de la fe. Pablo pasó su ministerio proclamando que la salvación no podría lograrse por ningún otro medio que no fuese por la gracia, y que la aceptación del pecador delante de Dios, no es por mérito, sino un regalo de Dios. El apóstol incluso dejó como legado a la comunidad cristiana dos epístolas completas –Romanos y Gálatas– dedicadas enteramente a estas buenas nuevas de la gracia salvadora de Dios. A los efesios les escribió: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9).

Entonces, ¿qué quiso decir el apóstol al pedir que los cristianos se “ocupen” en su propia salvación?

Lejos de cualquier referencia a la salvación por obras, el llamado de Pablo es a una vida y estilo de vida consistentes con los requerimientos de la fe. De hecho, el apóstol está diciendo: “Sí, eres salvo por la fe; eres salvo por la gracia gratuita de Dios. Pero eres salvo para vivir. Tu experiencia de fe debe avanzar de creer, a vivir. Debes vivir tu propia salvación. Eso incluye un estilo de vida de obediencia, así como el de nuestro gran modelo Jesucristo, quien obedeció incluso hasta el punto de la humillación y muerte (Filipenses 2:5-12). Además, tu avanzar cristiano es tu propia responsabilidad, nadie más puede hacerlo por ti”.

“Ocupaos en vuestra salvación” entonces no significa “trabajad por vuestra salvación” sino “vivid una vida en armonía con el hecho de ser hijos de Dios”. Como señala Jac Muller: “El creyente es llamado a la actividad, a la prosecución activa de la voluntad de Dios, a la promoción espiritual en su propia vida, a la tarea de hacer realidad las virtudes de la vida cristiana, y a la aplicación de la salvación a su persona. Tiene que poner en práctica lo que Dios, en su gracia, ya ha hecho realidad en su interior”.1

El apóstol sugiere que esta responsabilidad cristiana debería ser buscada “con temor y temblor”. Pablo no se refiere a ningún “terror servil”2 de un amo vengativo; tampoco está preocupado acerca de alguna frustración en el cumplimiento del propósito redentor de Dios. Sino que es cauteloso en cuanto a la capacidad innata que poseemos, de una excesiva autoconfianza en nuestro camino hacia el reino. Elena White advierte: “Dios no os manda temer que él dejará de cumplir sus promesas, que se cansará su paciencia, o que llegará a faltar su compasión. Temed que vuestra voluntad no sea mantenida sujeta a la de Cristo, que vuestros rasgos de carácter hereditarios y cultivados rijan vuestra vida. [...] Temed que el yo se interponga entre vuestra alma y el gran Artífice. Temed que la voluntad propia malogre el elevado propósito que Dios desea alcanzar mediante vosotros. Temed confiar en vuestra propia fuerza, temed retirar vuestra mano de la mano de Cristo, e intentar recorrer el camino de la vida sin su presencia constante”.3

En ese sentido, el temor y temblor deben acompañar el caminar cristiano, pero de ninguna manera esto implica que esta caminata se realiza en soledad. “Por tanto Dios está trabajando en vosotros”. La palabra “trabajando” es energeo. Dios está energizándote. Dios te está dando poder. Aquel que ha iniciado “en vosotros la buena obra” (Filipenses 1:6) está capacitándote para que termines esa obra.

Este énfasis en el trabajo de Dios en la vida de un cristiano (1 Corintios 12:6,11; Gálatas 2:8; Efesios 1:11,20) nos brinda la seguridad de que la salvación en toda su extensión –comienzo, continuación, culminación– está garantizada por la gracia de Dios para todo el que crea en él y que camine con él. Como destaca Karl Barth: “Es Dios quien da a cada uno lo que él realiza. [...] De esa forma nos ponemos enteramente bajo el poder de Dios, reconociendo que toda la gracia, que todo –la voluntad y el logro, el comienzo y el fin, la fe y la revelación, las preguntas y las respuestas, el buscar y el encontrar– vienen de Dios y son realidad únicamente en Dios… El hombre no puede llevar su salvación a la práctica excepto si reconoce: ¡es Dios!”4

Esa es la belleza del evangelio. Dios es primordial en la salvación del hombre. Su gracia inicia y su gracia completa el proceso redentor. “Cualquier cosa que debe hacerse por orden suya, puede llevarse a cabo con su fuerza. Todos sus mandatos son habilitaciones”.5

Por lo tanto, no temas. No tiembles. Cree y deja que Dios trabaje en ti.

John M. Fowler (M.A., Ed.D., Andrews University, M.S., Syracuse University) es editor de Dialogo y fue director asociado del Departamento de Educación de la Asociación General. E-mail: fowlerjg@gc.adventist.org.

Todos los pasajes bíblicos fueron tomados de la Versión Reina Valera.

REFERENCIAS

  1. Jac J. Muller, The Epistles of Paul to the Philippians and to Philemon (Grand Rapids, Michigan: Wm. B. Eerdmans, 1955), p. 91.
  2. Marvin R. Vincent, Word Studies in the New Testament, 4 vols. (Nueva York: Chalres Scribners´ Sons, 1905), 3:347.
  3. Elena White, Palabras de Vida del Gran Maestro (Mountain View, California: Pacific Press Publishing Ass., 1971) p. 125, 1971
  4. Karl Barth, The Epistle to the Philippians, tr. James W. Leitch (Richmond, Virginia: John Knox Press, 1962), pp. 73,74.
  5. White, p.268