Jesús da libertad

Jesús respeta nuestro “sí”, pero también nuestro “no”. Él da libertad. Él nos invita: “Ven y sígueme. Sé mi amado amigo”.

Un joven viene a Jesús (Marcos 10:17-22) con todas las muestras de respeto y adoración. Corre hacia él. Sabe que si quiere hablar con una autoridad, debe ir hacia él. Se necesita esfuerzo. Todos sabemos que correr hacia la persona no es suficiente. Necesitas hablar con su secretaria y conseguir una cita. Ese es nuestro mundo.

Él se dirige a Jesús: “Maestro bueno, estoy dispuesto a aprender de ti. Tú sabes mucho más que yo. Por favor aclara mis dudas. Muéstrame el camino”. No creo que esto se tratara de adulación. El joven está lleno de verdadera admiración por el Maestro de Galilea. Es como si nos acercáramos a un reconocido profesor, pidiendo por algunas lecciones y buenos consejos. El joven reconoce la autoridad de Jesús.

Entonces hace una pregunta muy importante; la más importante que una persona pueda preguntar. Hoy en día, la gente lo expresaría de esta manera: “No quiero desperdiciar mis días. Quiero encontrar un sentido a la vida. Necesito saber cuál es la realización personal de mi tiempo, mis talentos, mi ser. Mi vida no debería simplemente terminarse un día. Quiero más; quiero vida eterna”. No le haríamos esta pregunta tan íntima y personal a un niño. No nos acercamos a cualquiera con una pregunta que tiene consecuencias eternas. La pregunta exige que sea dirigida a alguien con experiencia, madurez y autoridad espiritual y moral. Nos dirigiríamos a una persona que conoce muy bien las pasiones de hoy y las promesas del mañana, y distingue la diferencia entre ambas. El joven se arrodilla ante Jesús. Esto era tan inusual en ese momento como lo es hoy. Una señal de gran respeto y adoración.

El joven busca consejo

El joven llega a Jesús porque quiere algo. Siente una necesidad. No hubiera ido si hubiese estado satisfecho con su vida. Ya tiene una alta posición en la sociedad. Lucas relata que este hombre era un gobernante, probablemente un miembro del Consejo Superior de Jerusalén, alguien de la clase alta. Nació en una casa noble. Cuando camina por las calles de Jerusalén, muchas personas lo saludan respetuosamente. También podemos suponer que ha disfrutado de una buena educación. Por supuesto, es rico. Una combinación de legado familiar, estatus social, formación religiosa, riqueza y reconocimiento, ha hecho de este joven una persona de dignidad social y distinción religiosa.

Pero para él, no es suficiente. No sólo quiere una buena vida; quiere tener la vida eterna. Está buscando a Dios genuinamente. Por supuesto, ora con regularidad, sigue los mandamientos de Dios, da su diezmo fielmente y no se olvida de la noble causa de la caridad. Pero, ¿es eso suficiente? Él no está seguro. Es consciente de sus defectos; no ora: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres” (Lucas 18:11). Él le pregunta a Jesús: “¿Qué debo hacer?” ¿Hay alguna mejor pregunta? ¿Y a quién más la podría dirigir? No hay ninguna persona más calificada que Jesús para responder.

El joven quiere alcanzar a Jesús

¿Quién es Jesús para él? El joven ha escuchado cosas maravillosas acerca de Jesús: que echa fuera los demonios, sana a los enfermos, cura a los leprosos, hace vino del agua, resucita a los muertos y mucho más. Jesús no podría hacer tales cosas sin estar cerca de Dios, es la conclusión a la que llega. Jesús sabe qué hacer para estar cerca de Dios; conoce el camino hacia el cielo. El joven quiere saber lo que Jesús sabe; quiere alcanzar a Jesús. Quiere ser como Jesús –por lo menos en la medida de lo posible. ¡Qué noble aspiración!

Jesús es diferente

Jesús rechaza la respetuosa apelación. “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios” ¡Qué extraña reacción! Si yo fuera a mi profesor con todos los signos de respeto y le hiciera una pregunta importante, ¿me brindaría atención? Si fuera a mi jefe, indicando que lo considero una persona con experiencia, ¿no haría él todo lo posible para justificar mis expectativas? En cualquier caso, mi pregunta sería bien atendida.

Si yo fuera a mi médico, consejero o pastor, a todos les gustaría ser tratados con respeto. Todos ellos darían algo de su tesoro de experiencia y sabiduría a la vez que se sentirían confirmados en su calidad de expertos.

Este es el juego que todos jugamos: hacemos que alguien se sienta importante y sacamos provecho de su conocimiento o habilidad especial. Esto es lo que hizo el joven: demostró su subordinación con el fin de obtener algo. Él mismo era un miembro de la alta sociedad y por ello, estaba acostumbrado a recibir honores y conceder favores especiales. Pero Jesús no se plegó a este juego. ¿Por qué no?

Jesús es el Señor sin convertirnos en esclavos

Jesús es grande, pero su grandeza es diferente a la grandeza que estamos acostumbrados a ver en este mundo. Él dice: “Conoces los mandamientos”. El joven está convencido de que Jesús sabe más que él. Jesús pudo haber demostrado su supremacía: “¡Muy bien que hayas venido y me hayas preguntado! Yo soy el único que puede ayudar”. Pero Jesús le resta importancia a la diferencia de conocimiento. Él dice: “¡ sabes! ¡Encuentra tu camino!”

Jesús estimula el crecimiento. No busca constantemente nuestros puntos débiles; no nos pone en penitencia en un rincón. Nos recuerda lo que ya sabemos. Su presencia nos hace desarrollar nuestras capacidades; su grandeza no es nuestra ignorancia. Jesús provoca el aprendizaje; desafía nuestra mente. Los misterios del reino de Dios no nos degradan; nos elevan. “En los reinos del mundo, la posición significaba engrandecimiento propio. [...] Se esperaba que el pueblo creyera y practicara lo que indicaran sus superiores. Se desconocía totalmente el derecho del hombre como hombre, de pensar y obrar por sí mismo. Cristo estaba estableciendo un reino sobre principios diferentes. [...] En el reino de Cristo no hay opresión señoril ni imposición de costumbres”.1

Jesús elimina la carga que nos esclaviza

Jesús dice: “Anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. El hombre se sorprendió. ¿Por qué? ¿No le había preguntado qué debía hacer? Si Jesús hubiera dicho: “Da más dinero a los pobres”, ¿no lo habría hecho? ¿Cuál fue el problema?

El hombre era joven. Posiblemente, no había obtenido sus posesiones él mismo, sino que las había heredado junto con el buen nombre de la familia, así como sus tradiciones y su religión. Era el responsable de las mismas. El clan entero velaba por su dinero, y debía usarlo de manera que aumentara el honor de la familia. Por lo tanto, lo que él poseía lo aprisionaba, lo ataba.

¿No es así con nosotros también? Lo que heredamos nos ata, incluso nos esclaviza. Puede no ser dinero, pero costumbres, prejuicios acariciados, viejas dicotomías que se han adueñado de nuestras vidas. Jesús dice: regálalo.

Otros grandes hombres de nuestro mundo habrían dicho: dame el dinero a mí. Pero Jesús no quiere el dinero; quiere que el hombre joven sea libre.

Jesús da libertad

El final de esta historia es la parte más sorprendente. El hombre no aceptó la invitación de Jesús. Se fue. ¿Y qué hizo Jesús? Nada. Lo dejó ir. Estoy seguro que le dolió. Él lo amaba; le hubiera gustado darle vida eterna. “Cristo miró al rostro del joven, como si leyera su vida y escudriñara su carácter. Lo amaba, y anhelaba darle la paz, la gracia y el gozo que cambiarían materialmente su carácter”.2 Pero lo dejó ir; le dio la libertad de elegir.

Jesús pudo haber hecho algo: mencionar el reino de Dios; un milagro; o hasta un lavado de cerebro que lo convenciera. Podría haber enviado a sus discípulos a hacerlo regresar. Podía haberlo amedrentado con el juicio final. Esto es lo que los líderes de este mundo hacen. Su autoridad se mide por el número de subordinados; por eso les gusta aumentar su número de subalternos o seguidores.

Jesús es diferente; lo dejó ir. En el mundo se acostumbra a forzar a los subordinados a ser o realizar lo que deberían ser o hacer. Jesús no quiere subordinados; nos busca como amigos. Él miró al joven, lo amó y se lo hizo saber así: “¡Confía en mí! Sé mi amigo”. Donde hay amor, hay libertad.

Jesús es digno de confianza. Él no nos quiere como sujetos de su reino. Su interés no es nuestra labor, nuestros pensamientos o nuestro dinero. No nos quiere débiles o serviles, ni nos dice: “No sabes nada, no puedes hacer nada, no puedes correr el riesgo de dar ni un solo paso”. Él nos recuerda lo que ya nos ha dado. Confía en que tengamos nuestros propios pensamientos, nuestras propias decisiones. Respeta nuestro “sí”, pero también nuestro “no”. Nos da libertad; nos invita: “Ven y sígueme. Sé mi querido amigo”.

“En la obra de la redención no hay compulsión. No se emplea ninguna fuerza exterior. Bajo la influencia del Espíritu de Dios, el hombre está libre para elegir a quien ha de servir. En el cambio que se produce cuando el alma se entrega a Cristo, hay la más completa sensación de libertad”.3

Bernhard Oestreich (Ph.D., Andrews University) enseña Nuevo Testamento en la Universidad Adventista de Friedensau, Alemania (www.thh-friedensau.de). E-mail: Bernhard.Oestreich@thh-friedensau.de.

REFERENCIAS

  1. Elena White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press Publ. Assn., 1977) p. 504.
  2. Íbid, pp. 477, 478.
  3. Ibid, p. 431.