¿Es posible que un cristiano sea un buen científico?

Los científicos que creían en el Dios creador y las verdades de la Biblia sentaron las bases de la ciencia moderna.

Estudiar ciencias puede ser una de las experiencias más interesantes y gratificantes de la vida. Sin embargo, de vez en cuando, los cristianos que estudian ciencias pueden ser desafiados por sus profesores o compañeros que les dicen que solo las personas poco educadas o que ignoran los descubrimientos en biología, geología, arqueología y astronomía, pueden seguir creyendo en la Biblia. Me gustaría que sepas que he conversado y compartido tiempo con muchos científicos excelentes que no solo creen en los milagros de la Biblia sino que también testifican que las verdades de la Palabra de Dios les han ayudado para tener éxito en sus vidas personales y sus carreras científicas.1 De hecho, fueron científicos cristianos los que me ayudaron a conocer a Jesús como mi Salvador.

Comencé mi carrera como físico en el Laboratorio Central de Inves-tigación BHP de Australia, que en este momento es la mayor compañía minera del mundo; en la década de 1960 ya era una gran empresa. Fui nombrado asistente de un científico recién llegado, que había sido ganador de una medalla de oro académica y se reintegraba al mundo laboral tras completar sus estudios posdoctorales en el Imperial College de Londres. Era muy meticuloso en sus registros. Cada página de su cuaderno de laboratorio tenía grabado un número, todos los resultados debían ser ingresados, todos los equipos debían estar calibrados adecuadamente con estándares de referencia que a su vez se calibraban con estándares primarios. De él aprendí las técnicas de la investigación de avanzada, pero también me enseñó acerca de Dios.

En ese momento, yo era un cristiano absolutamente nominal que decía ser metodista. Como mi supervisor era un cristiano interesado en mi salvación, me instó a que leyese el libro Mero cristianismo de C.S. Lewis, lo cual hice. Pero fue su estilo de vida que contrastaba mucho con la mayoría de los que trabajaban en nuestro sector –egresados de instituciones de alto nivel como la Universidad de Cambridge o el Instituto Tecnológico de Massachussetts– lo que más me llamó la atención. En general todos eran fumadores empedernidos o tomaban mucho alcohol. Al comienzo de mi adolescencia me había prometido que nunca tomaría o fumaría. Mientras observaba el vacío aparente en la vida de estos científicos que se gloriaban de sus hábitos, y veía el contraste con la actitud positiva de mi mentor cristiano, comencé a preguntarme cosas tales como “¿Realmente hay un Dios personal?” y “¿Cómo puedo aprender, más sobre ese Dios?”

A mitad de mis estudios cambié de especialidad –pasé de la física y la matemática a la química. Para el último año elegí un proyecto que sería supervisado por el decano de Química de la universidad. Al trabajar con este profesor –autor de libros de texto publicados internacionalmente– descubrí que él también era cristiano. Cada vez que iba a su oficina me saludaba con una sonrisa y un cálido “Entra John! ¿Qué puedo hacer por ti?” En general luego había algún comentario jocoso tal como “¿Ya tienes novia?” Nunca estaba demasiado ocupado para verme y siempre apoyaba con entusiasmo mis ideas de investigación, a la vez que me hacía recomendaciones y me guiaba dándome un par de ideas que yo “podía considerar”. Este profesor, que era conocido por su naturaleza positiva y su interés en las personas, me dio tanto ánimo que logré las mejores calificaciones y gané un prestigioso premio académico.

Coincidió que luego de obtener mi título universitario, decidí comenzar a asistir a la iglesia. Elegí ir a la iglesia Adventista del Séptimo Día que estaba cerca, dado que nueve años antes cuando mi padre había fallecido, un dentista adventista fue muy amable con nuestra familia. Él sabía que yo estaba estudiando ciencias y me regaló una regla de calcular muy cara. (Era la época anterior a las calculadoras de bolsillo). Yo había buscado la explicación del sábado en una enciclopedia y leí que el sábado bíblico era el día sábado, asique sabía que era correcto ir ese día a adorar a Dios en la iglesia. Luego me postulé para una beca para estudios de posgrado y recuerdo mi primera oración a Dios pidiéndole ayuda para conseguirla. Un par de meses más tarde, recibí una respuesta positiva a esa oración cuando se me otorgó la beca de investigación Tioxide, que es la beca para investigación en química mejor paga que se ofrece en Australia. Continué asistiendo a la iglesia los sábados, y dieciocho meses más tarde acepté a Jesús como mi salvador y fui bautizado.

La exactitud de la Biblia

Al repasar el pasado y analizar las experiencias de hace cuarenta años, alabo a Dios por su conducción en mi vida. No solo he tenido la oportunidad de ver personalmente respuestas a mis oraciones sino que he disfrutado de excelente salud gracias a seguir los consejos bíblicos sobre este tema. También he aprendido acerca de las pruebas arqueológicas que respaldan la exactitud histórica de la Biblia2 y he investigado las evidencias del cumplimiento de las profecías bíblicas.3 Asimismo he aprendido que muchos de los científicos que sentaron los fundamentos de la ciencia moderna eran cristianos que creían en la Biblia. Estas figuras pioneras incluyen a Isaac Newton, Robert Boyle, Johannes Kepler, Karl Linnaeus, Michael Faraday, Samuel Morse, Charles Babbage, Matthew Maury, James Joule, Louis Pasteur, Gregor Mendel, Lord Kelvin, Joseph Lister, James Maxwell, y John Fleming.4 Por ejemplo el oceanógrafo Maury creía que la Biblia podía ser usada como guía para entender la naturaleza. Luego de leer Salmos 8:8, que habla acerca de las sendas del mar, él comenzó a buscar evidencias de las mismas y descubrió las corrientes oceánicas y mucho más.5

Filósofos líderes, como Lynn White, que enseñó en Princeton, Stanford y Universidad de California, reconocieron que el cristianismo, como cosmovisión mayoritaria en Europa occidental durante la Edad Media, fue lo que proveyó el medioambiente necesario para que la ciencia floreciera allí, y no en otras partes del mundo donde dominaban las culturas no cristianas.6 La ciencia no lograba avanzar en estas culturas por el riesgo asociado a ofender a los dioses locales o debido a que el punto central radicaba en descubrir las señales y el propósito de la naturaleza. Dentro del marco de la cosmovisión cristiana, el científico y filósofo británico Francis Bacon propuso que los científicos debían unirse para descubrir cómo trabajaba la naturaleza y mejorar así la condición de los humanos. Siguiendo la línea de Bacon, el matemático René Descartes creía que Dios había creado todo el orden matemático en el universo; propuso que si se estudiaban las pequeñas partes de la naturaleza en detalle y se sumaban las partes matemáticamente, podrían ser descubiertas las leyes que gobiernan el universo. Así surgió el concepto del reduccionismo. Cuando el erudito bíblico y devoto cristiano Isaac Newton descubrió el cálculo, abrió el camino para poder explicar muchas de las leyes de la física tal como las conocemos hoy en día (por ejemplo, las leyes del movimiento y la gravedad). Por lo tanto, los científicos que creían en Dios el Creador y las verdades de la Biblia, sentaron los fundamentos de la ciencia moderna, lo cual permitió que generaciones subsiguientes desarrollaran las tecnologías que disfrutamos actualmente.7

Al pensar acerca del conocimiento que he adquirido a través de los años, me doy cuenta que aquellos que no han leído y aprendido las verdades de la Biblia son en realidad los ignorantes. Las características de un buen científico, tales como integridad, exactitud, humildad, disposición a reconocer errores, curiosidad, el deseo de buscar y descubrir la verdad y preocuparse por otros y el medioambiente, están todos directamente basados en la cosmovisión bíblica cristiana.

Desafíos de la evolución

Un aspecto de la investigación científica que continúa presentándome un desafío es la aceptación generalizada de la teoría evolutiva como una explicación del surgimiento de la vida, aunque no hay evidencia experimental para apoyarla. El biofísico Lee Spetner, quien enseñó en la Universidad Johns Hopkins por muchos años, señala que no hay evidencia de que haya surgido información genética con sentido determinante por mutaciones al azar, y en base a la teoría de las probabilidades, es imposible.8 Tampoco existe un mecanismo conocido que pueda explicar cómo puede surgir una célula viva de moléculas no vivientes.9

En su libro más reciente, el profesor de la Universidad de Oxford Richard Dawkins presenta un único ejemplo que él toma como evidencia de una información genética con sentido, que surgió por casualidad. Este ejemplo está relacionado con el trabajo de Richard Lenski y su equipo de investigadores en el Departamento de Microbiología y Genética Molecular en la Universidad Estatal de Michigan.10 Sin embargo, Lenski y sus colaboradores no están seguros del mecanismo que produce el cambio en la información genética y los dos mecanismos propuestos por los investigadores tienen como requisito la existencia de información genética prexistente.11 En otras palabras, el principal defensor de la evolución – Richard Dawkins – no ha presentado ninguna evidencia comprobada experimentalmente del tipo de evolución que sería necesaria para producir el primer ojo, las primeras piernas unidas, las primeras plumas y la vasta cantidad de nueva información genética asociada con la cantidad de tipos diferentes de seres vivos que existen.

Los educadores más destacados admiten que aún no hay un mecanismo conocido que pueda explicar cómo puede surgir información genética con sentido. Esta área sigue siendo uno de los desafíos de investigación. Un reconocido sitio educativo en Internet lo resume diciendo, “los biólogos no están discutiendo acerca de estas conclusiones [que muchos biólogos creen que la vida en la tierra ha evolucionado]. Pero ellos están tratando de descubrir cómo ocurre la evolución –y ese no es un trabajo fácil”.12

A través de los años, he conocido muchos científicos destacados que han advertido que la evidencia científica actualmente disponible apoya firmemente el relato bíblico de cómo llegamos a existir.13 Hace poco supe que el genetista John Sanford –trabajó en la Universidad de Cornelle; inventó la pistola genética que se usa para trabajos de ingeniería genética– luego de considerar las evidencias científicas que muestran que el ADN humano se está deteriorando a un ritmo alarmante y por lo tanto no podría tener millones de años, se ha convertido en un creacionista que sostiene un origen joven de la tierra y una creación durante seis días.14

La ciencia es el estudio de la creación de Dios. Incluye observar la naturaleza y llevar a cabo experimentos que nos permitan descubrir la forma en que podemos ser mejores mayordomos de su obra. El hecho de ser cristiano y leer la palabra de Dios –la Biblia– ayuda a conocer mejor al Creador mismo. El apóstol Pablo nos recuerda que somos resultado de la obra maestra de Dios, creados en Jesucristo para hacer las buenas obras que Dios mismo preparó para que hiciéramos (Efesios 2:10). Por ello, ¿puede un cristiano ser un buen científico? Dejaré que el lector lo juzgue.

John F. Ashton (Ph.D., Universidad de Newcastle, Australia) ha ocupado importantes puestos en educación terciaria e investigación industrial por más de treinta años. En este momento, es director de investigación de la compañía alimenticia Sanitarium Health Food y también es profesor asociado de Ciencias Biomédicas en la Universidad de Victoria, Australia. Ha contribuido en más de cien artículos científicos y una docena de libros.

REFERENCIAS

  1. J. Ashton, ed., On the Seventh Day: 40 Scientists and Academics Explain Why They Believe in God (Green Forest, Arkansas: Master Books, 2003).
  2. J. Ashton y D. Down, Unwrapping the Pharaohs: How Egyptian Archeology Confirms the Biblical Timeline (Green Forest, Arkansas: Master Books, 2007).
  3. J. Ashton, The Seventh Millennium:The Evidence We Can Know the Future (Sidney y Londres: New Holland, 1998).
  4. A. Lamont, 21 Great Scientists Who Believed the Bible (Acacia Ridge, Queensland: Creation Science Foundation, 1995).
  5. Ibid., pp. 121-131.
  6. L. White, “The historical roots of our ecologic crisis,” Science 155 (Marzo 10, 1967) pp.1203-1206.
  7. J. Randall, The Making of the Modern Mind (Boston: Houghton Mifflin Co., 1940).
  8. L. Spetner, Not by Chance (Nueva York: Judaica Press, Inc., 1997), pp. 85-160.
  9. A. Ricardo y J. Szostak, “Origin of life on Earth,” Scientific American 301 (Septiembre 2009) pp. 38-45.
  10. R. Dawkins, The Greatest Show on Earth: The Evidence for Evolution (Londres: Bantam Press, 2009), p. 131.
  11. Z. Blount, C. Borland, y R. Lenski, “Historical contingency and the evolution of a key innovation in an experimental population of escherichia coli,” Proceedings of the National Academy of Sciences 105(2008) 23, pp. 7899-7906.
  12. Evolution 101, “The Big Issues,” http://evolution.berkeley.edu/evosite/evol01/VIIBigissues.shtmL
  13. J. Ashton, ed. In Six Days: Why Fifty Scientists Choose to Believe in Creation (Green Forest, Arkansas: Master Books, 2007), http://creationontheweb.com/content/view/3323/ o http://www.creationontheweb.com/isd.
  14. http://creation.com/john-sanford. Ver también J. Sanford, Genetic Entropy & the Mystery of the Genome (Livonia, Nueva York: Feed My Sheep Foundation, Inc. 2008).
  15. Este artículo fue publicado originalmente en la compilación Fe y Ciencia: 20 investigadores cristianos responden a preguntas básicas sobre el universo y la vida, editado por L. James Gibson y Humberto M. Rasi (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana / Adventus Editorial Universitaria Iberoamericana, 2012). Usado con permiso.