¿Qué vieron?

En un momento de orgullo podemos perder una oportunidad única en la vida. El lugar donde estamos, porqué y quiénes somos, deben reflejar los propósitos eternos de Dios en nuestra vida –y no nuestros deseos fugaces.

Entre los altibajos de las crónicas de los reyes de Israel y Judá –en la historia de Israel posterior al tiempo de Salomón– se levantaron y cayeron reyes. Algunos fueron malos, pero no del todo malos; algunos fueron buenos, pero no enteramente buenos. Algunos eran completamente malignos, sin dejar espacio para que Dios obrara. Otros eran buenos, pero no del todo. Saga tras saga nos revela lo que hicieron los reyes en términos de fidelidad a Dios, manteniéndose alejados del paganismo y la idolatría y haciendo o no lo recto ante los ojos de Jehová.

En ese desfile de reyes, en un mo-mento crucial en la historia moral de Israel después de una serie de fracasos de un rey tras otro que hicieron el mal, aparece repentinamente en escena un nuevo rey que “hizo lo recto” ante los ojos de Dios. ¡Increíble! Podemos leer esto en 2 Crónicas 29 y en 2 Re-

yes 18.

¿Cómo fue que Ezequías hizo lo correcto? De manera clara, su padre no había sido justo. Tal vez tenía una madre piadosa –después de todo, ella era hija de sacerdotes. Pero tal vez, aún más importante, Ezequías haya tomado algunas decisiones importantes en su juventud, que cambiaron el curso de su vida. El libro de 2 Reyes menciona grandes logros: la recuperación de gran parte del territorio y las riquezas del reino que se habían perdido, y la liberación de Judá de la tiranía de las potencias extranjeras, que lo habían convertido en tributarios. Aún más significativo es que Ezequías restauró la verdadera adoración a Dios, destruyendo los ídolos y sus altares desparramados por la nación. Incluso destruyó la serpiente de bronce que Moisés había hecho en el desierto (Números 21:8-9), porque la gente quemaba incienso y la adoraba (2 Reyes 18:4). Verdaderamente, Ezequías logró grandes cosas y “hubo entonces gran regocijo en Jerusalén” (2 Crónicas 30:26).

Cuando las cosas iban bien, entra un profeta en la historia. Isaías tenía acceso al rey, a quien visitaba con frecuencia dándole mensajes de Dios. En una ocasión, por ejemplo, Ezequías llegó al templo completamente angustiado porque los asirios marchaban contra él con un ejército de ciento ochenta y cinco mil personas y amenazaba con agobiar a Judá. Así en ese momento tan peligroso, Ezequías fue al templo a orar y esperar la palabra de Dios. Y la palabra llegó a través de Isaías. Su mensaje era simple y directo: “No temas” (2 Reyes 19:6). Todo salió bien.

Algún tiempo después, Ezequías se enfermó. La noticia esta vez no era buena; Isaías advirtió: “Ordena tu casa porque vas a morir, ya no vivirás” (2 Re-

yes 20:1). Ezequías se largó a llorar como un niño. “Oh, Dios, recuerda todas las cosas maravillosas que he hecho!” ¡Como si Dios necesitara que se le recordase! Increíblemente, antes que Isaías hubiera salido del patio central, Dios le respondió a Ezequías: “He oído tu oración, he visto tus lágrimas y voy a sanarte... Añadiré a tus días quince años” (versículos 5-6).

Así le había hablado Dios. Pero Ezequías quería más seguridad: “¿Qué señal tendré de que Jehová me sanará?” Isaías respondió: “¿Quieres que la sombra avance diez grados o que retroceda diez grados?” Ezequías podía estar enfermo, pero no era tonto. Inmediatamente pensó: “fácil cosa es que la sombra decline diez grados”, así que le pidió al profeta que la sombra retrocediera diez grados. Y así sucedió.

La enfermedad y curación de Ezequías se convirtió en noticia de primera plana, ¡y por qué no habría de serlo! Después de todo, además de la enfermedad del rey, estaba lo inaudito y lo inexplicable: el milagro de la sombra en retroceso. Incluso los reyes de las naciones distantes quedaron impresionados. Uno de ellos, Berodac-baladán, rey de Babilonia, envió emisarios con cartas y un regalo. “Ezequías los atendió y les mostró toda la casa de sus tesoros, la plata y el oro, las especias y ungüentos preciosos, su depósito de armas y todo lo que había en sus tesoros. Ninguna cosa quedó que Ezequías no les mostrara, tanto en su casa como en todos sus dominios” (versículo 13). Y los babilonios volvieron a casa con grandes noticias, pero sin ninguna palabra acerca de quién produce y concede las buenas noticias.

Isaías volvió a entrar en escena e hizo la pregunta: “¿De dónde vinieron esos hombres y qué te dijeron?” La respuesta fue clara: “Oh, ellos vinieron de una tierra lejana, de Babilonia” Isaías quiso saber más: “¿Qué vieron?” La respuesta fue contundente: “Bueno, ¡todo! No hay nada entre mis tesoros que no les haya mostrado”.

Entonces Isaías dijo a Ezequías: “Oye esta palabra de Jehová: Vienen días en que todo lo que está en tu casa y todo lo que tus padres han atesorado hasta hoy será llevado a Babilonia, sin quedar nada, dice Jehová”.

La lectura de ese reproche profético causa cierta indignación. ¿Por qué no acudió Isaías con anticipación, para instruir a Ezequías acerca de la mejor manera de relacionarse con los babilonios? ¿Por qué esperó hasta después que se hubieran ido? ¿Por qué no dijo Isaías: “Ezequías, van a venir algunos babilonios. Sé que a veces te sientes orgulloso y un poco altanero, pero no hagas alarde de tu tesoro. ¡Eso sería muy peligroso!”¿Por qué Isaías no se lo advirtió?

La respuesta se encuentra en 2 Cró-

nicas 32. Después de hacer un recuento de todos los grandes logros del rey Ezequías, comenzando en el versículo 23, el cronista se refiere a la enfermedad del rey y a que se produjo un milagro, aunque no se especifica la naturaleza exacta de ese milagro. ¿Entonces por qué no previno Isaías a Ezequías acerca de la visita? El versículo 31 aclara: “Pero en lo referente a los mensajeros de los príncipes de Babilonia, que enviaron a él para saber del prodigio que había acontecido en el país, Dios lo dejó, para probarle y conocer todo lo que estaba en su corazón”.

Los príncipes de Babilonia acudieron para aprender más acerca de las maravillosas obras de Dios, pero el rey Ezequías les mostró sus propias obras, su tesoro y sus logros. Y uno de los visitantes de Babilonia tomó nota detallada. Los babilonios volverían un día en el futuro ¡para enriquecerse con los tesoros de Jerusalén!

Ezequías, en un momento de orgu-

llo y amor propio, se perdió la oportunidad de su vida. “La visita de estos mensajeros de un gobernante lejano dio a Ezequías oportunidad de ensalzar al Dios viviente. ¡Cuán fácil le hubiera resultado hablarles de Dios, sustentador de todo lo creado, mediante cuyo favor se le había perdonado la vida cuando había desaparecido toda otra esperanza! ¡Qué portentosas transformaciones podrían haberse realizado si esos investigadores de la verdad provenientes de las llanuras de Caldea se hubiesen visto inducidos a reconocer la soberanía suprema del Dios viviente!”1

Tengo el privilegio de trabajar en la Universidad de Montemorelos en México. Hace algunos años, un organismo nacional de acreditación envió un comité para evaluar la Facultad de Medicina, para su acreditación inicial. Varios de los profesores y alumnos estaban preocupados. Después de todo, había otras escuelas de medicina en el país que eran más grandes y tenían estructuras más imponentes y sus laboratorios estaban mejor equipados. ¿Qué debíamos mostrarles? Entonces alguien dijo: “Esta visita no se trata de nosotros. Se trata de Dios. Más que nada, queremos que vean a nuestro Dios”. Trabajamos arduamente para preparar la documentación requerida o para asegurarnos de que las instalaciones eran las mejores que pudiéramos tener. La excelencia académica era importante, al igual que las experiencias clínicas de alta calidad. Pero era una cuestión de prioridades.

¿Qué vieron ellos? Sus propias palabras contaron la historia. “¡Esto es increíble! Nunca hemos visto nada igual en ningún otro lugar! Estos estudiantes son diferentes. Los profesores son diferentes. Ustedes parecen tener un propósito que va más allá de ustedes mismos, un marco moral que guía sus vidas, un compromiso de amar y servir”.

¿Qué vieron ellos? Ni las instalaciones, ni el equipo; vieron a Dios reflejado en las vidas de sus hijos.

¿Qué verán los demás en tu casa? ¿Qué verán en tu vida? ¿Escucharán una enumeración de tus logros? ¿Verán tus trofeos y adquisiciones? ¿O verán el poder de Dios que cambia vidas?

Ruth Hernández Vital (Ph.D., Universidad de Montemorelos) es vicerrectora académica asociada en la Universidad de Montemorelos. E-mail: ruth-rhv@um.edu.mx.

REFERENCIAS

  1. Elena White, Profetas y reyes (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1979), p. 255.