¿Quién dices que soy?

Al abordar la pregunta a los discípulos de todos los tiempos, Jesús quiso obtener de nosotros la respuesta redentora que buscaba: una confesión crucial para el discipulado.

“Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos, diciéndoles: ‘¿Quién dicen los hombres que soy yo?’ Ellos respondieron, ‘unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas’. Entonces él les dijo: ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy?’ Respondiendo Pedro, le dijo: ‘Tú eres el Cristo’”. (Marcos 8:27-29).1

Este diálogo entre Jesús y sus discípulos se llevó a cabo mientras Jesús estaba activo –predicando, enseñando y curando– en medio de los pueblos y aldeas de Galilea. Mucha gente lo estaba siguiendo. Su ministerio estaba marcado por muchos milagros: convertir el agua en vino, devolver la vista a los ciegos, limpiar a los leprosos, alimentar multitudes, echar espíritus inmundos, resucitar muertos, calmar tormentas y muchos otros milagros. Los líderes religiosos observaban con sospecha y conspiraban. Los discípulos eran testigos de los milagros de Jesús realizados con autoridad y poder divino. Galilea en su totalidad parecía estar en efervescencia. Pero a pesar de su creciente popularidad, Jesús hizo la pregunta que confronta a cada edad y cada persona: “¿Quién es Jesús?” Esta es quizás la pregunta más grande de la historia.

Además de Marcos, Mateo y Lucas también informan de este incidente, con ligeras variaciones y detalles adicionales (Mateo 16:13-20; Lucas 9:18-20). Al revisar los tres informes2 surge una intriga: ¿Por qué haría Jesús esta pregunta? ¿Realmente le importaba lo que la gente pensaba de él? ¿Averiguarlo era su intención o había algo más? ¿Qué estaba tratando de lograr en la mente de sus discípulos?

Este incidente tuvo lugar en Cesarea de Filipo, una ciudad varios kilómetros al noreste de Galilea, conocida por su adoración a múltiples dioses y diosas –un lugar apropiado para que Jesús fuera declarado Hijo de Dios.3 Estaba redirigiendo su ministerio a otras regiones, debido a que su propio pueblo se negaba a aceptarlo. Y dondequiera que iba, el mayor rechazo provenía de los líderes religiosos de la época –los fariseos y saduceos– que buscaban todos los medios posibles para deshacerse de Jesús (Lucas 4:29). A medida que armaban una conspiración, seguían constantemente los rastros del Maestro, observando sus enseñanzas y acciones, en busca de una palabra aquí o una acción allá, que pudiera ser usada en su contra como transgresor de la Ley; algo que justificara el final de su vida y ministerio. Así, por un lado se palpaba la creciente popularidad de Jesús entre la gente común y, por otro, la creciente sospecha y conspiración de los fariseos y saduceos para acabar con él.

En este contexto conflictivo fue que Jesús llevó a su círculo íntimo a un lugar más tranquilo y los confrontó con la pregunta clave de la historia: “¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís vosotros que soy yo?”

Al dirigir la pregunta a los discípulos, Jesús quería obtener de ellos la respuesta redentora que buscaba: una confesión que era crucial para el discipulado. Jesús los estaba indagando para ver lo que habían escuchado y observado, pero en segundo lugar, para saber qué creían ellos mismos.

La confesión de la persona

Los discípulos eligieron responder primero la parte más fácil: la respuesta de los demás acerca de la identidad de Jesús y su misión. Cada una de las tres respuestas era cierta, fácil y no pondría a nadie en problemas. Desde el pasado inmediato hasta los archivos históricos más distantes, los discípulos eligieron tres personas con las que la gente identificaba a Jesús. ¿Era el Bautista, resucitado de entre los muertos, para hacer frente a una generación malvada con un mensaje mesiánico de arrepentimiento, reforma y salvación? ¿O era el profeta Elías, que se esperaba que volvería con su juicio de fuego contra las Jezabeles del momento, e inaugurase el esperado reino de promesa y paz? ¿O era Jeremías, otro profeta, disponiéndose a abrir el alto camino de Dios e inaugurar un nuevo día de reforma?

Tanto entonces como ahora, Jesús estaba más interesado en la confesión de la persona. Pedro no tardó en comprender la importancia de la naturaleza personal de la pregunta. ¿Se convirtió él en el representante autoproclamado de los discípulos? No lo sabemos, pero en su respuesta no hubo vacilación: “Tú eres el Cristo”. Mateo y Lucas se refieren a la respuesta de Pedro como “el Hijo del Dios viviente” y “el Cristo de Dios”, respectivamente.

Los discípulos tenían suficientes evidencias para creer y aceptaron que Jesús era el Cristo –el Mesías. Habían oído sus palabras llenas de autoridad y habían visto sus obras; la realización de grandes y poderosos milagros. Lo habían visto trabajar como el Mesías –el “Ungido”– predicando a los pobres, proclamando el reino a todo el mundo y llamando a todos al arrepentimiento. Ellos reconocieron a Jesús como rey y gobernante –el que había de venir, tal como fue predicho en las Escrituras– y no impidieron a las multitudes coronarlo como rey después de la alimentación de los cinco mil. Pero en esta conversación en Cesarea de Filipo, no podían comprender la naturaleza escrutadora de su pregunta.4

El escenario tiene algunos supuestos importantes. Los discípulos, los líderes religiosos y muchas de las personas tenían diferentes expectativas de Jesús, y debido a eso malinterpretaron su papel. La mayoría esperaba que Jesús fuera un gobernante severo, poderoso, capaz de derrocar la esclavitud romana y establecer el reino mesiánico. Esperaban que Jesús, el Mesías, ocupara su legítimo lugar en su reino. Es evidente que estaban pensando en un reino terrenal. Pero el reino del que Jesús hablaba era un reino diferente, era el reino de la salvación –no un reino de este mundo. El papel de Jesús “no era conquistar, sino sufrir y morir como el Siervo del Señor –un sacrificio expiatorio por los pecados”.5

Jesús estaba contento y aliviado de que al menos Pedro lo reconociera como el Mesías, aunque las representaciones humanas nunca podrían describir por completo a Jesucristo. “Tienes razón”, respondió Jesús. Y me puedo imaginar a Pedro sintiéndose orgulloso por haber dado la respuesta correcta. Sin embargo, Pedro tampoco entendía lo que estaba ocurriendo, porque poco después, en el relato de Mateo, Jesús lo reprendió por no estar de acuerdo con la predicción de su muerte (Mateo 16:23).

Preparando a los discípulos

Leyendo más adelante en el relato de Marcos, nos damos cuenta que Jesús estaba preparando a los discípulos para los acontecimientos del futuro cercano. Claramente les advirtió: “Le era necesario al Hijo del hombre padecer mucho, ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, ser muerto y resucitar después de tres días”. Esta es la primera vez que los discípulos escucharon a Jesús predecir los próximos acontecimientos de su vida. Les habló sencilla y claramente acerca de su muerte y resurrección, diciéndoles tres veces que no tardaría en morir (Marcos 8:31, 9:31, 10:33, 34). Alertó a los discípulos de su muerte inminente, siendo ese el punto de inflexión de todo su ministerio.6 Además, les estaba enseñando que el costo del discipulado era el sufrimiento y el sacrificio (8:33-38, 9:35-37, 10:42-45).7

El incidente concluyó con la orden de abstenerse de comentar con terceros acerca de esa conversación. ¡Esto sí es extraño! ¿Por qué haría tal petición? Quizás porque Jesús se dio cuenta que aunque los discípulos habían estado con él y habían sido testigos de sus obras, todavía no comprendían plenamente su ministerio. Y si los discípulos, que habían presenciado tanto, no comprendían plenamente el rol de Jesús, entonces, los demás también serían proclives a malinterpretar su persona y trabajo. No estaban del todo listos para entender las predicciones que Jesús hizo acerca de su inminente muerte. No fue hasta que se produjo esa muerte y resurrección que los discípulos, y muchos otros, llegaron a creer y entender lo que había venido a hacer y para lo que en última instancia estaba tratando de prepararlos.

Reflexiones personales

Al reflexionar sobre este incidente pienso continuamente acerca de cómo hubiéramos respondido nosotros a la pregunta de Jesús: “¿Quién decís que soy?” ¿Es esta pregunta importante hoy en día? ¡Claro que sí! Y la respuesta dependerá de cuán bien lo conocemos. ¿Sabemos quién es Jesús? “No es suficiente saber lo que otros dicen; debes saber, comprender y aceptar por ti mismo que él es el Mesías. Debes moverte de la curiosidad al compromiso; de la admiración a la adoración”.8

A través de un cuidadoso estudio de la Palabra de Dios, sé que cuando Jesús hace una pregunta, también nos da la respuesta. No deja nada al azar; es claro y directo. Nunca debemos estar confundidos o inseguros acerca de su identidad. Podemos conocer a Jesús a través del poder de su obra en nuestras vidas; de la íntima comunión y el tiempo que le dedicamos; del estudio a fondo y la aplicación de su Palabra. A lo largo de las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, encontramos lo que necesitamos saber acerca de Jesús y el Padre.

Por lo tanto, la pregunta eterna que Jesús hizo en Cesarea de Filipo se dirige a cada generación, exigiendo una respuesta. No se trata de lo que los demás piensan de Jesús, sino lo que personalmente pienso yo de él, y cómo reacciono a su llamado y sus declaraciones y pedidos. Escucho a Jesús que me dice a mí y a todos los cristianos receptivos a escuchar sus palabras: “¿Qué sabes tú de mí? Debes decirles eso a los demás: Yo soy la salvación de este mundo y tú eres el vínculo para ayudar a aquellos que no me conocen y no están preparados para mi regreso”.

La respuesta a la pregunta “¿Qué piensas tú de mí?” no se encuentra en nuestro conocimiento de la historia o filosofía, sino en el compromiso personal que tengamos con Jesús. Dice William Barclay: “Nuestro conocimiento de Jesús no debe ser de segunda mano. Podríamos saber cada opinión sobre Jesús, podríamos conocer cada cristología en la que las mentes humanas han pensado alguna vez, podríamos ser capaces de dar un resumen competente de la enseñanza acerca de Jesús de cada gran pensador y teólogo –y aún así no ser cristianos. El cristianismo nunca consiste en saber acerca de Jesús, sino que consiste en conocer a Jesús. Jesucristo demanda una opinión o postura personal. No le preguntó solamente a Pedro, sino que nos pregunta a cada uno de nosotros: “Tú qué piensas de mí?”9

Nuestra respuesta no puede ser ni filosófica ni sociológica. No tenemos la opción de tratar a Jesús como un gran maestro, como un especialista en ética o un reformador radical. Nuestra respuesta debe ser profundamente personal, centrada en nuestra necesidad de permanecer en Jesús y solo en él. Esto no es fácil ni temporal. “La vida cristiana no es un camino pavimentado hacia la riqueza y lo fácil...”, a menudo involucra trabajo duro, opresión, negación y sufrimiento profundo.10 Tendremos desafíos, tal como los tuvieron los discípulos. Pero lo más importante es que sabemos que Jesús está siempre con nosotros y no nos dejará.

Marilyn Scott es pastora asociada de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Spencerville, Maryland, EE.UU. E-mail: m.scott @ spencervillesda.org.

REFERENCIAS

  1. Todos los pasajes en este artículo provienen de la versión Reina Valera 1995.
  2. K. Zarley, “Ministry Beyond Galilee,”The Gospels Interwoven: a Chronological Narrative of the Life of Jesus Interweaving Details from the Four Gospels in the Words of the New International Version of the Bible (Wheaton, Illinois: Victor, 1987), 132-134.
  3. Andrews Study Bible: Light (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2010), 1308; M. Strauss, Mark: Four Portraits, One Jesus (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2007), 184.
  4. Comentarios de E. White en The Seventh-day Adventist Bible Commentary (Hagerstown, Maryland: Review and Herald Pub. Assn., 1980), 428-434, 629-630, 774.
  5. Strauss, 200
  6. Strauss, 183-185.
  7. D. Coogan, Mark (Nueva York: Oxford University Press, 2010), 1807.
  8. Study helps, The New Living Translation, 1502.
  9. W. Barclay, The Gospel of Matthew, vol. 2 (Edimburgo: The Saint Andrew Press, 1975), 161.
  10. The New Living Translation, 1502.