Todo pueblo necesita un carpintero

Nazaret tuvo la suerte de tener en su medio a un gran Carpintero, uno que transformaba la madera bruta en muebles preciosos. Pero el Carpintero era tan único que era capaz de transformar el corazón humano del pecado a la rectitud, de la insensatez a la santidad, de ciudadanos de un mundo efímero a heraldos de gloria del hogar celestial de Dios. Todo pueblo necesita un carpintero, pero todo corazón necesita al Carpintero real.

¡Zadok,* mi amigo! ¡Qué bendición volver a verte! Temía que no lo lograría, pues mis días ahora están contados. Cuando escuché que habías regresado de Creta y te habías instalado nuevamente en nuestro viejo pueblo, me alegré porque pensé que podríamos volver a ser confidentes, como cuando éramos niños. Por eso envié a mi hijo mayor a buscarte.

Me dio mucha alegría saber de tus hijos. Tú, por supuesto, recuerdas a mis cuatro hijos mayores; Santiago, José, Simón y Judas. Ellos eran tan sólo niños la última vez que estuvimos juntos. ¿Te acuerdas? Fue en la última Pascua antes que fueras forzado a huir de la Ciudad de David. Con ese vil edomita en el trono, nadie de la casa de David podía estar a salvo, especialmente en la Ciudad de David. ¡Sólo piénsalo! ¡En mejores épocas, tú o yo podríamos haber ocupado el trono de David! En realidad, esa fue una de las razones por las cuales mi familia abandonó Belén.

Todo comenzó, de acuerdo a lo que me contó mi abuelo Matán, cuando los ejércitos del este invadieron Judea. La santa ciudad Jerusalén, fue tomada y el templo destruido. El sumo sacerdote Hircano, y Fasael, el tetrarca de Jerusalén, fueron cautivos. Cuando las tropas romanas recapturaron Jerusalén tres años más tarde, colocaron “al gran héroe” en el trono. ¡Pero qué héroe miserable fue Herodes! Para inaugurar su reinado, masacró a cuarenta y cinco de los hermanos líderes, y a todos los miembros del Sanedrín, excepto uno. ¡Con un enemigo declarado de la nación Judía en el poder, no era tiempo apropiado para tener sangre real.

Seis años más tarde un gran terremoto sacudió el campo, dejando miles de muertos y pueblos enteros destruidos. Luego de un breve alivio de dos años llegó la terrible hambruna que duró tres años. ¡Como clamó la gente por la llegada del Mesías! Nos enardecía saber que Herodes disfrutaba en el palacio rodeado de sus diez esposas, hijos e hijas, haciendo fiestas, mientras el resto de la nación moría de hambre. Y encima de todo, creyéndose él mismo nuestro Mesías. ¡Si de sólo pensarlo, me produce náuseas!

Las invasiones, el terremoto, la hambruna y la sed de sangre de Herodes motivaron a mis padres para irnos. Así es que nos mudamos a Galilea, junto a otras tantas familias de nuestro pueblo. Fue desgarrador para mí que tu familia quedase en Belén. Recuerdo cuánta expectativa me producían las visitas anuales a Jerusalén para la Pascua! Por lo menos podíamos pasar algunos días juntos y recordar cuando explorábamos las colinas de los alrededores de Belén.

Recuerdo muy bien el último año que pasamos juntos la Pascua. Yo estaba solo nuevamente. La esposa amada de mi juventud había pasado al descanso. Y tú estabas temiendo por tu vida y por las de tu esposa e hijos. Parecía que el celo de Herodes no conocía límites; había asesinado a una de sus esposas, a su anciano padre, y a dos de sus propios hijos. También había ahogado al sumo sacerdote Aristóbulo, en la pileta real de Jericó. No es de extrañar que la gente se refiriera a él como “Satanás encarnado”. ¡A puertas cerradas, por supuesto! No, no era un tiempo apropiado para estar viviendo en Belén.

Ahora, unas treinta Pascuas han pasado…

Zadok, debo contarte de mi vida durante todos estos años. Han pasado muchas cosas. Asuntos que están guardados en mi corazón y no los he contado a nadie; no creía que alguien me entendería. Ahora que casi la jornada de la vida está terminando, una vez más confiaré en ti; porque nuestros corazones comparten la misma sintonía.

Comprometido con María

Algunos meses después que nos encontramos la última vez, me comprometí con María, una joven mujer de Nazaret que pertenecía a la casa de David. Quizás recuerdas a las dos hermanas que solían ir cada año a la Pascua. Bueno, una de ellas se había casado con Cleofas, y yo estaba comprometido con la otra. Habíamos tomado nuestros votos, y yo había firmado el documento y pagado el precio del compromiso. Pero debían pasar doce meses hasta que pudiéramos casarnos.

Un día María vino a verme. Me dijo que había recibido noticias acerca de su familia que habitaba en la región montañosa de Judea y que deseaba ir a visitarlos. La despedí deseándole lo mejor. Permaneció allí por aproximadamente tres meses.

Al regresar María vino a verme inmediatamente. Me explicó que se había quedado en Judea por tanto tiempo porque una de sus familiares, Elisabet, de las hijas de Aarón, finalmente había concebido un hijo a edad avanzada. Parece ser que su esposo Zacarías, se encontraba oficiando en el templo. Esa semana, la suerte había caído sobre él para que fuera el encargado de ofrecer el incienso en los servicios matutinos y vespertinos. Como Zacarías se acercaba a los setenta años de edad, estoy seguro que debe haber sentido que era un verdadero privilegio.

Mientras él estaba en pie delante del altar del incienso ofreciendo las oraciones del pueblo, repentinamente un ángel apareció y le dijo que él iba a tener un hijo, que debía llamarlo Juan, y que ese niño llegaría a ser un profeta poderoso. Es verdad, el sacerdote había estado orando por un hijo durante muchos años, pero ya hacía largo tiempo que había perdido toda esperanza. Cuando le preguntó al ángel como podía suceder esto, el ángel –que dijo llamarse Gabriel– le informó que recibiría una señal: no podría oír ni hablar hasta que naciera el niño.

Cuando Zacarías salió del lugar santo para pronunciar la bendición de Aarón, no pudo decir una palabra. Pero su semblante brillaba como el rostro de un ángel. Era todo muy misterioso, pero a la vez, maravilloso. Como tú sabes, la bendición incluye las palabras, “Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti”. Bueno, ese día sucedió.

María, sin embargo, no sabía nada de esto. Entonces un día el ángel se le apareció a ella aquí en Nazaret y le dijo que su pariente Elisabet llevaba ya seis meses de embarazo. Así fue que decidió ir a visitar a su familia que vivía en una ciudad de Judea, al sur de Jerusalén, pero no me dijo nada de la visita del ángel.

María se quedó allí hasta el nacimiento del bebé. Cuando los amigos y la familia quisieron poner al niño el mismo nombre de su padre, Elisabet les dijo que su nombre debía ser “Juan”. Así es que, mediante señas, le preguntaron a Zacarías qué nombre quería ponerle al niño. El sacerdote pidió que le alcanzaran una tablilla y escribió, “Juan es su nombre.” Inmediatamente Zacarías recuperó su audición y su habla. ¡Fue muy llamativo!

Entonces María dijo algo que me dejó perplejo. Me contó que ella también estaba embarazada desde hacía como tres meses. Me contó que un ángel le había dicho que ella tendría un niño, y que debía llamar su nombre “Jesús”, y que Dios le daría el trono de David para siempre.

Yo no sabía qué decir… ¡todo era tan inesperado! De una cosa estaba muy seguro: ese niño no era mío. Llegue a la conclusión de que todo el asunto sonaba demasiado extraño. Ella era una muchacha dulce y piadosa, pero nadie en su sano juicio le creería. Y yo tenía mis propios niños en los cuales pensar. Si hubiese seguido adelante y tomado a María como mi esposa, en la condición que ella estaba… bueno, significaba frente a todo el mundo que yo no me había conducido en forma apropiada. ¿Cómo podía esperar que mis hijos se mantuvieran rectos luego de que su padre hubiera adquirido tal reputación?

Me preocupé mucho por María, y decidí mantenerlo en reserva en lugar de exponerla a la vergüenza de un juicio público. La mejor solución sería enviarla lejos, junto a su familia en Judea, o a cualquier lugar. Era una decisión difícil de tomar. Pero esa noche un ángel se me apareció en sueños y me dijo: “No tengas temor acerca de María. Ve y cásate con ella. Ella es aún virgen, más allá de lo que puedas pensar. Ella ha concebido a través del poder del Espíritu Santo. Cuando nazca el niño, quiero que le pongas por nombre Jesús”. Y desperté… Como tú sabes, el nombre de los niños siempre ha sido una responsabilidad paterna. Su nombre debía ser “Jesús, la salvación es de Jehová”. Porque, dijo el ángel, él salvaría a su pueblo de sus pecados. Yo no terminé de comprenderlo plenamente, pero cuando Dios habla, yo obedezco.

Al día siguiente, finalicé los arreglos para tomar a María como mi esposa. Y sucedió tal como había imaginado. Tú sabes cómo los rumores agitan a los pequeños pueblos. Realmente no había nadie con quien yo pudiera hablar…

El nacimiento de Jesús

A medida que se acercaba el tiempo del nacimiento, repentinamente toda Palestina se trasformó en un caos. César Augusto había dictaminado que debía realizarse un censo en su imperio, y Herodes había decidido que en Palestina todos debían presentarse en su ciudad de origen. ¡Estábamos disgustados! Sospechábamos que un nuevo impuesto sería próximamente implementado.

Con María me encontraba en una situación desconcertante. ¿Debía dejarla en Nazaret y viajar para registrarnos a los dos, algo que estaba establecido que se podía hacer? ¿O sería mejor llevarla conmigo, para poder estar juntos en este momento tan importante? No debería haberme preocupado con esto pues María ya había tomado la decisión de acompañarme a Belén.

El viaje nos tomó algunos días. ¡Los caminos estaban atestados de gente! Finalmente subimos la cuesta hacia Jerusalén y luego continuamos hacia Belén: la ciudad de Booz, Isaí y David, más de mil años antes. Belén, el lugar en donde Raquel había muerto al dar a luz a Benjamín y había sido enterrada… como dos mil años antes.

Cansados, subimos la colina hacia Belén. ¡Cómo ansiábamos encontrar un albergue y tener un descanso reparador! Pero eso no iba a suceder. La ciudad estaba repleta y desbordada. Preguntamos si alguno de nuestros parientes vivía aún en el pueblo, pero no quedaba ninguno. Vanamente recorrimos de un extremo al otro de la calle, desde la entrada hasta el extremo oriental del pueblo. Preguntamos en la posada si aún quedaba alguna habitación disponible. Quizás si hubiéramos sido adinerados hubiera sido diferente, pero claramente se veía que éramos campesinos, y de Galilea. Nos informaron categóricamente que no había habitación disponible.

Sin embargo, el encargado de la posada, notando la condición de mi esposa, se compadeció de ella y nos permitió quedar en el establo. Pasar la noche en un lugar tosco, con los animales, no era exactamente lo que habíamos deseado; pero… era lo único que había.

Esparcí heno limpio en el piso, e intentamos ponernos cómodos. Y allí fue que nació el bebé. Lo bañamos, lo frotamos con sal y lo envolvimos en pañales que María había llevado. A uno de los pesebres lo convertí en cuna. Realmente deseaba que hubiera sido mejor. Después de todo, era su hijo primogénito, y yo era un carpintero de oficio. Pero a María no pareció importarle.

Hacia la madrugada, escuchamos pasos afuera. Espiando en la oscuridad, percibí la forma de algunos hombres y muchachos jóvenes. Sin aliento, uno de ellos me informó que venían a ver al bebé. Rápidamente se amontonaron dentro del recinto, rodeándolo. Simplemente se quedaron allí mirando fijamente hacia abajo. Les pregunté cómo sabían que un bebé había nacido en un establo. ¡Entonces todos comenzaron a hablar a la vez!

Parece ser que estaban en las colinas, cuidando sus ovejas, cuando comenzaron a notar un brillo extraño en el cielo. Repentinamente un ángel se les apareció. ¡Sintieron mucho miedo! Pero el ángel les dijo: “No temáis, que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. El ángel explicó entonces que encontrarían al bebé envuelto en pañales acostado en un pesebre. De repente, el ángel fue rodeado por muchos más, que alababan a Dios y exclamaban: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.” ¡La colina se iluminó como si fuese el mediodía!

Cuando la luz de los ángeles se desvaneció, los pastores decidieron que debían encontrar al niño. Llegaron a la conclusión que un bebé acostado en un pesebre seguramente estaría en el establo que pertenecía a la posada. Luego de permanecer unos momentos más con nosotros, se fueron alabando a Dios.

La dedicación de Jesús

Una vez finalizado el censo, Belén volvió a su paz y tranquilidad. María y yo conversamos y decidimos que permaneceríamos allí al menos por un tiempo. María pensaba que sería mejor para Jesús crecer en Belén. Yo coincidí que era definidamente un pueblo de mejor reputación que Nazaret. Más aún, había buenas perspectivas para montar un negocio. Como tú sabes, todo pueblo necesita un carpintero.

Cuando se completaron los días de purificación de María, llevamos al bebé al templo. Allí debíamos presentarlo al Señor, pagar la redención del primogénito y ofrecer un sacrificio. Estábamos en una situación económica bastante estrecha –¡qué carpintero no lo está!– por lo que llevamos dos tórtolas, como la ley establecía para los pobres.

Luego de la bendición, mientras nos estábamos preparando para salir, un anciano se nos aproximó y nos preguntó si podía sostener al bebé; su nombre era Simeón. Quizá te acuerdas de él. A él es a quien Jehová el Señor había prometido que no moriría antes de que sus ojos hubiesen visto al Consolador de Israel. Tomó al niño en brazos y comenzó a alabar a Dios. Repentinamente nos transformamos en el centro de atención. La gente comenzó a agolparse a nuestro alrededor. Luego, de entre la multitud apareció Ana la profetisa, en ese momento ya con más de ochenta años. Ella también glorificó a Dios, anunciando a todos que el Señor había enviado al Redentor. Cuando Simeón le devolvió el bebé a María, sin embargo, le habló en forma extraña; acerca de cómo ese niño traería la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y también acerca de una espada que traspasaría su alma. Todo era bastante misterioso.

La visita de los sabios

De vuelta en Belén, todo parecía desarrollarse sin novedades. Habían cesado de venir visitantes curiosos; en realidad jamás nos visitó alguien importante. Creo que los sacerdotes y los gobernantes, si oyeron acerca del niño, no le dieron mucha credibilidad a la historia. Esto es, hasta una noche alrededor de un año después del nacimiento.

Ya nos habíamos retirado a descansar, cuando escuchamos pasos en la calle y una conversación susurrada frente a nuestra puerta. Me levanté para ver qué podría ser. Imagínate mi sorpresa cuando vi a un grupo de viajeros ataviados con vestiduras costosas, rodeados por sus escoltas. Me dijeron que venían a ver al niño que había nacido como rey de los judíos.

Cuando entraron, pude notar que no eran israelitas, aunque hablaban nuestra lengua bastante bien. Me dijeron que eran estudiosos, sabios que venían del oriente. Me explicaron que habían estado estudiando los escritos antiguos; habían encontrado la profecía de un hebreo llamado Daniel, que había servido en la corte de Babilonia. Al interpretarla vieron que señalaba un notable evento que debía ocurrir durante el lapso de sus vidas: el nacimiento de un príncipe.

Una noche, mientras estudiaban el cielo, pareció brillar con un resplandor extraño. Cerca del horizonte occidental, se apareció una nueva estrella más brillante que cualquiera de los cuerpos celestes. Luego de consultar los escritos, descubrieron que uno de sus propios sabios, un hombre llamado Balaam, había hablado algunos siglos atrás acerca de una estrella que se levantaría de Jacob. Y que otro profeta hebreo, Isaías, había mencionado que un libertador sería “luz a los gentiles”.

Llegaron a la conclusión que debían viajar a Judea y rendir homenaje a ese rey recién nacido, de quien habían hablado los antiguos. Mientras iban viajando, cada noche la estrella se había mantenido firme en el oeste, justo por encima del horizonte. Cuando se acercaron a Jerusalén, les pareció que la estrella se colocaba justo sobre el templo del Monte Moriah. Luego desapareció.

En la ciudad, sin embargo, nadie parecía estar al tanto del nacimiento de un príncipe hebreo, porque cuando preguntaban si alguien sabía dónde podían encontrar al rey de los judíos, la gente miraba hacia otro lado. Como tú sabes, habría sido muy necio mostrarse interesado en un nuevo “rey de los judíos”. ¡Herodes tenía espías por todas partes! Puedo imaginar sin embargo, que la llegada de este grupo de sabios y ricos forasteros preguntando por el “rey de los judíos”, causó una conmoción puertas adentro.

Los hombres sabios me dijeron que ya estaban por abandonar y volver desanimados a su hogar, cuando llegó un mensajero, enviado desde el palacio de Herodes. Allí, en una entrevista privada, Herodes les hizo muchas preguntas acerca de su misión; de cuándo había aparecido la estrella; y qué creían ellos que esto significaba. Entonces les comunicó que los antiguos profetas habían predicho también que el príncipe debía nacer en Belén; y que ellos debían buscar allí diligentemente.

Los hombres salieron de Jerusalén, muy agradecidos a Herodes, habiendo nuevamente recuperado su esperanza. La noche ya había caído cuando dejaron atrás las puertas de la ciudad, y nuevamente vieron la estrella. Esta vez, sin embargo, descansaba hacia el sur, en dirección a Belén. Y así es como llegaron a nuestra casa.

Luego de ver al niño, se inclinaron hasta el suelo y lo adoraron. Entonces sacaron sus regalos: oro, incienso, y mirra. ¡Yo apenas podía creer lo que estaba viendo; regalos, de hecho, como para un rey! Ellos quedaron el resto de la noche en la posada. Yo deduje, por lo que me dijeron, que estarían retornando a Jerusalén al día siguiente.

Temprano a la mañana, sin embargo, ya se habían ido. El encargado de la posada dijo que se habían levantado antes del amanecer, con apuro, y habían dejado el pueblo. Ese día di vueltas un poco aturdido. ¿Qué significaba todo esto? ¿Qué iba a hacer yo, un pobre carpintero, con todos estos regalos como para un rey? ¿Sabía alguien del pueblo lo que habíamos recibido? Esa noche me retiré a descansar afligido.

Huida a Egipto

Cuando me dormí, soñé que un ángel se me aparecía repentinamente y me ordenaba: “José, toma al niño y a María, y huye a Egipto y quédate allí hasta que te lo diga. Pues Herodes intentará destruir al niño”.

Me desperté con un sudor frío. Lo entendí claramente. Si Herodes le había dicho a los hombres sabios que fueran a Belén a buscar al niño, y si ellos habían vuelto a Jerusalén, seguramente le habían informado del hallazgo. Herodes no toleraría ningún rival, ni siquiera un infante. Desperté a María diciéndole en voz muy baja: ¡Debemos irnos inmediatamente! Mucho antes del amanecer ya estábamos en camino hacia Hebrón, de allí continuamos a Beerseba, y finalmente Egipto.

Justo después de nuestra partida Herodes asesinó a todos los niños menores de dos años en Belén y en los campos de los alrededores. Parece ser que los hombres sabios no volvieron a Jerusalén, sino que regresaron a su país por otra ruta. Herodes estaba furioso, y seguro de que un complot se hallaba en marcha. Entonces ordenó la masacre. ¡Hombre despiadado! Habíamos escapado, justo a tiempo…

En Egipto, los regalos de los hombres sabios fueron nuestro principal medio de sostén. En realidad, no sé cómo podríamos haber sobrevivido sin ellos. Tiempo después un ángel se me apareció nuevamente y me dijo que Herodes había muerto, y que no corríamos riesgo al regresar a la tierra de Israel. Decidimos volver a Belén inmediatamente. Después de todo, ¿qué mejor lugar para criar al heredero del trono de David? Pero esto no iba a suceder. Al acercarnos a los límites de Judea, comencé a enterarme de más detalles acerca de lo que había sucedido.

Parece ser que poco tiempo antes de su muerte, Herodes había asesinado a Antípater, a quien él mismo había designado como heredero del trono. No sé la razón; un malentendido o algo así. Te digo, este déspota Herodes estaba enfermo… Sí, fue un alivio que los treinta y cuatro escandalosos años del reinado de Herodes habían terminado… hasta que escuché quién era el nuevo gobernante de Judea.

Parece ser que Herodes había cambiado de opinión una vez mas solo horas antes de su muerte, y había dividido su reino entre sus tres hijos. Como tú sabes, Judea le tocó a Arquelao, el hijo que le había dado Malthace, la samaritana. Ahora no era solamente el odio edomita hacia los judíos el que corría a través de las venas de nuestro gobernante, sino también el resentimiento de los samaritanos. Quizás esta sea la razón por la cual inició su reinado con el asesinato masivo de tres mil judíos en el patio del templo. ¡Te digo, Herodes otra vez… solo que peor!

No sabía qué hacer. ¿Debíamos tratar de instalarnos en alguno de los otros pueblos de Judea? Nuevamente el ángel me indicó qué hacer; dijo que volviéramos a Nazaret.

La niñez de Jesús

Así es que volvimos a Galilea, la tierra de Zabulón. A este pequeño pueblo acunado entre las colinas. Yo sé, Nazaret no tiene mucho de lo cual enorgullecerse. De hecho, es conocido y despreciado proverbialmente por su maldad y libertinaje.

Pero la ventaja es que Herodes Antipas, el “zorro” que gobierna Galilea, es menos violento que su hermano; aunque es más egoísta e inescrupuloso. Me supongo que habrás oído que desechó a su esposa, la princesa de Petra, y está viviendo ahora con Herodías, la esposa de su hermano Felipe.

Bien, como te iba diciendo, este pueblo realmente no ofrecía demasiado, excepto que no habían tenido ningún carpintero desde que yo me había ido. Y como tú sabes, todo pueblo necesita un carpintero. Yo no necesitaba más que un humilde lugar para instalar el taller; con eso me contentaba. Tuvimos que instalarnos aquí, en la parte más pobre del pueblo.

Jesús en el templo

¡Ah, sí! Te cuento un evento más. Ocurrió el año en que el niño cumplió doce años. Por primera vez, asistiría a la Pascua. Recuerdo cuando yo mismo cumplí esa edad y estaba muy emocionado de ser contado como hijo de Abraham. Viajamos en grupo con nuestros amigos del pueblo y nuestros parientes de Caná. Fue una ocasión festiva.

Una vez en Jerusalén, Jesús pasó la mayor parte del tiempo en el templo, reflexionando. Parecía estar estudiando algún gran problema. Nunca nos preocupábamos, ya que era un muchacho muy bueno. En realidad, esperábamos que entrara en contacto con algunos de los grandes maestros de Israel, quizás aún el honorable Gamaliel.

Al concluir la semana, antes de volver a casa, salimos una última vez hacia el templo para la bendición matinal. Luego de la ceremonia, partimos en gran confusión. Yo había estado hablando con algunos de los vecinos acerca del gobernante recientemente puesto. Sabrás que meses antes el emperador Augusto finalmente había exiliado a Arquelao a Galia, y Judea se había transformado en una provincia romana. Así aparecieron los centuriones romanos con sus tropas, nuevos impuestos y patriotas que se convertían en traidores recolectores de impuestos.

¿Tú escuchaste de la rebelión sangrienta por los impuestos, liderada por Judas de Galilea? Bueno, esto había ocurrido ese mismo año. Y para complicar más, teníamos un gobernador romano en Jerusalén, que insistía en que poseía el derecho a nombrar y remover inclusive hasta al más alto sacerdote. Intrigas, sobornos y asesinatos. ¡Habría mucho de lo cual hablar en el viaje! Por supuesto, María y las mujeres estaban más adelante, esa era la forma como viajábamos.

Esa tarde, llegamos a Jericó. Mientras armábamos el campamento, nos dimos cuenta que Jesús no estaba con nosotros. En un principio pensamos que estaría con otros niños. Pero no estaba. Tampoco estaba con nuestros vecinos o parientes. De hecho, nadie de todo el grupo lo había visto desde las oraciones de la mañana.

¡Estábamos desesperados! ¿Dónde estaba nuestro hijo? Oscuros presentimientos llenaron nuestros corazones y nos recriminábamos amargamente. La noche parecía interminable… ¡Estábamos preocupadísimos!

A la mañana siguiente, antes del amanecer, recorrimos nuevamente el camino empedrado hacia Jerusalén. Allí fuimos hacia el lugar donde nos habíamos hospedado. Seguramente estaría allí esperándonos; pero no estaba. Buscamos por las calles desde un extremo de la ciudad hasta el otro, y nuevamente pasamos una noche de insomnio agonizante.

La siguiente mañana, renovamos nuestra búsqueda desesperada. A media mañana vimos gente aglomerada en uno de los patios del templo. Al acercarnos al borde de la multitud, repentinamente escuchamos su voz. Nos hicimos paso a través de la gente y alcanzamos a verlo. Casi nos quedamos sin respiración. Allí estaba Jesús, rodeado por los maestros más instruidos de Israel, formulando y contestando preguntas.

¡No sabía que el muchacho tenía esa capacidad! Las preguntas que hacía, las respuestas que daba… hasta los doctores de la Ley parecían sorprendidos.

Finalmente, María juntó coraje para decirle a uno de los rabinos que estaba en el borde del círculo, que nosotros éramos sus padres y que deseábamos hablar con él. Inmediatamente, durante una pausa en la conversación, le informaron a Jesús que nosotros habíamos llegado. Obediente como siempre, se hizo paso a través de la multitud hacia nosotros.

Una vez que estuvimos solos, María se dirigió al niño: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia por tres días”. Él la miró en manera amorosa y respondió: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” ¡Estábamos perplejos! Jesús acababa de negarme como su padre. Quiero decir, era obvio que no estaba hablando de mí; mis negocios estaban en Nazaret.

María no podía entenderlo. Acabá-

bamos de contarle a Jesús lo de la visita de los pastores, de los hombres sabios y la huída a Egipto. Pero nunca le habíamos dicho que yo no era su padre. En realidad, todo el mundo suponía que lo era, aunque se rumoreaba que había sido una falta de decencia. Pero, ¿cómo lo sabía él?

De vuelta en Nazaret

Desde nuestro regreso a casa, sin embargo, las cosas siguieron su rutina habitual. Bueno, existieron un par de circunstancias delicadas, como cuando los rabinos vinieron e intentaron que inscribiéramos a Jesús en la escuela de la sinagoga. El problema era que, aunque Jesús conocía las Escrituras, no entendía la importancia de las tradiciones de los ancianos. Sin embargo, no parecía estar interesado y él mismo respondió que debía obedecer a Dios antes que a los hombres. Eso por supuesto, no pareció caerle muy bien a la delegación, y de hecho Jesús nunca asistió a las escuelas de los rabinos. El solo lee los rollos de los profetas en las tardes y se retira a las montañas en las horas matinales. Es realmente sorprendente, las ideas con las que viene luego de estar allí en soledad.

Después de la visita de los rabinos, mis propios hijos empezaron a encontrar faltas en Jesús, específicamente en cuanto al cumplimiento de las reglas de los escribas y fariseos. Sin embargo él nunca se molestó y únicamente repetía que debemos seguir las palabras del Señor y no las tradiciones de los hombres. Creo que el problema no era únicamente las ceremonias rabínicas; mis hijos se irritaron porque Jesús no participaba de sus actividades. Bueno, mis hijos mayores no han sido siempre sin macha. Jesús sin embargo siempre pareció tener una claridad muy acertada entre lo bueno y lo malo.

Hijo del carpintero

Sí, Jesús ha sido un buen hijo, obediente y honesto. Cada sábado, va a la sinagoga. Y todos los días de la semana, trabaja conmigo en la carpintería y me ayuda a mantener a la familia. De hecho, de todos mis hijos, él es el mejor carpintero. Es cuidadoso, confiable y trabajador. Su trabajo es excepcional; cada parte encaja de manera exacta. Y siempre está dispuesto a aprender. Sinceramente creo que él será un muy buen artesano.

No sólo eso, sino que parece amar verdaderamente a las personas. Siempre tiene una palabra amable, un toque reconfortante, una sonrisa animadora. Imagino que hasta haría trabajos gratuitamente si alguien fuese demasiado pobre como para pagar. Desearía que hubiese más personas como él.

Sí, todo pueblo necesita un carpintero. Pero mis días como carpintero ya finalizaron. Dios sabe que intenté hacer lo mejor. Que intenté cumplir la Ley con todo mi corazón. Inclusive cuando la vida dio un giro muy diferente de lo que yo había planeado.

Para Jesús, bueno, las cosas parecen haber retornado a la normalidad. No más mensajeros celestiales, no más eventos sorprendentes. No entiendo qué fue todo...

En mi corazón, a pesar de que nunca se lo he contado a nadie aparte de María, creo que él es el Mesías. Pero no comprendo cómo se sentará alguna vez en el trono de David. Dicen que su primo Juan, aquél que sería profeta, está viviendo una vida apartada en el desierto de Judea.

A veces no comprendo los actos de Dios. Pero creo que no necesito entenderlo todo, sino únicamente permanecer fiel al Dios de Abraham.

Sí, Zadok, Jesús será un buen carpintero para Nazaret. Un muy buen carpintero…

Todo pueblo necesita un buen carpintero.

John Wesley Taylor V es director asociado del Departamento de Educación en la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. También colabora como editor para Dialogo. E-mail: taylorjw@gc.adventist.org. Miriam Louise Taylor es asistente ejecutiva en el Departamento de Secretaría de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

*La presencia de Zadok es utilizada como un recurso literario.