El libre albedrío, las neuronas y usted: Inquietudes sobre reduccionismo y popularización de la ciencia cognitiva

Además de un compromiso de larga data del adventismo para con el desarrollo integral de la persona, la posición adventista sobre la naturaleza humana tiene mucho que ofrecer a la ciencia cognitiva y al público en general, especialmente en vista del estado actual de la ciencia cognitiva popular.

Imagínese que está acostado de espaldas en un tubo estrecho. Su cabeza está cómodamente inmovilizada y sus oídos tapados, para no escuchar el golpeteo de la maquinaria que lo rodea. Usted está en una máquina para producir imágenes por resonancia magnética que está estudiando su cerebro. Tiene que permanecer quieto y observar un flujo de letras que aparecen, una tras otra en una pantalla suspendida frente a sus ojos. Cada medio segundo aparece una nueva letra. Le dijeron que cuando decida, debe pulsar inmediatamente uno de los dos botones que tiene bajo los dedos índices de sus manos. Después de unos veinte segundos, si es un típico sujeto de este experimento, usted hace esa decisión y pulsa uno de los dos botones.

Tan pronto como lo hace, la pantalla cambia, y aparecen las tres últimas letras que se veían antes de pulsar el botón. Eso no es sorpresa, los investigadores ya le habían dicho que sucedería eso, y que tendría que indicar cuál era la letra que se veía cuando tomó la decisión. La mayoría de las veces, usted indica que decidió cuál botón pulsar más o menos un segundo antes de ejecutar esa libre decisión. La tarea es simple; la elección es fácil. Los investigadores le agradecen por haber dedicado su tiempo para el estudio del libre albedrío.

Pero no todo está bien, al menos en lo que tiene que ver con la libertad de sus decisiones. Los investigadores han estado analizando los datos así generados,1 y descubrieron que pueden predecir qué botón usted va a pulsar examinando los cambios locales en el flujo de sangre, siete segundos antes que lo pulsara. Ellos también pueden predecir cuándo va a pulsar el botón, sobre la base del aumento local en el flujo sanguíneo unos cinco segundos antes de que lo haga. Por tanto, segundos antes que usted informara su decisión, ya había señales en su cerebro que indicaban qué decisión iba a tomar y cuándo la tomaría. Esto implica que su cerebro decidió lo que iba a hacer mucho antes de que sintiera el impulso a hacerlo.

Este no es el único estudio que muestra estos resultados. Un experimento realizado por Benjamin Libet y sus colegas, en la década de 1980,2 sugiere que cierta onda cerebral que se cree precursora de la acción (el llamado potencial de alistamiento) precedía al movimiento de la mano con una anticipación hasta de un segundo, mientras que pudo estimarse que el impulso a moverla se percibía medio segundo antes. En los últimos treinta años se han replicado los esquemas básicos del experimento de Libet en varias oportunidades.3 Así es como los neurocientíficos, los científicos cognitivos, y los filósofos están afirmándose en la conclusión –ya elevada casi a la condición de dogma–4 de que el libre albedrío y la conciencia son ilusiones.

Esta conclusión contradice lo que la mayoría de la gente cree sobre sí misma. Un libre albedrío ilusorio pone en tela de juicio las intenciones de la educación, de la democracia, del derecho, de las creencias religiosas y de un Cristo que comenzó su ministerio con un llamado al arrepentimiento, y nos induce a cambiar nuestra manera de pensar. Cuando se presenta la argumentación de que la voluntad, en condiciones de laboratorio, es una ilusión, la toma de decisiones morales se ve afectada.5 Esto hace surgir la posibilidad de que esta supuesta verdad –de que el libre albedrío es ilusorio–, amenaza a la sociedad. Y sin embargo esta concepción del libre albedrío como una ilusión está siendo popularizada por libros,6 diarios7 y periódicos científicos muy respetados.8 Esto evidencia que no todo anda bien.

La rapidez con la que la ciencia cognitiva ha llegado a la conclusión9 de que el libre albedrío sería una ilusión, es preocupante. A menudo se trata el problema de la libre elección con respecto al determinismo, que sostiene que todos los acontecimientos tienen causas previas,10 pero aquí voy a examinar la relación entre las afirmaciones de la ciencia cognitiva popular y el reduccionismo.

Cuando la mente se reduce a nada (más que neuronas)

El reduccionismo afirma que los fenómenos en un cierto nivel de análisis pueden explicarse enteramente por fenómenos en otro nivel de análisis subyacente. En este caso, se reducen las experiencias mentales, o fenómenos psicológicos, a la activación de neuronas (un fenómeno biológico). A pesar (o a causa) de la sencillez de esta idea, el reduccionismo es parte integral de la afirmación de que la libre elección es una ilusión. Si se pueden reducir las decisiones a simple actividad neurológica en un contexto ambiental particular, y se pueden medir esa actividad neurológica y el contexto ambiental, entonces se pueden conocer todas las decisiones futuras de esa persona. Por supuesto, esto supone una concepción más bien simple de la realidad, donde toda la causación procede de los sucesos y fenómenos más sencillos a los más complejos, pero la explicación, en su sencillez, es intuitiva. Por cierto, aunque hay muy poca evidencia de que el reduccionismo lleve en la ciencia a mejores explicaciones,11 el pensamiento reduccionista se está aplicando cada vez más a la cuestión de qué quiere decir ser humano. Por ejemplo, se ha reducido la diferencia entre hombres y mujeres a supuestas diferencias en la estructura cerebral12 (el cuerpo calloso sería el responsable) aun cuando se ha demostrado que esas supuestas diferencias estructurales no son más que una ilusión producida por el sesgo de las publicaciones científicas y por la interpretación incorrecta de estudios aislados por parte de periodistas de programas de entrevistas.13 Se ha reducido el amor, en toda su maravillosa diversidad, a la concentración en sangre de neurotransmisores y hormonas,14 pero dando menos importancia a otros estudios perturbadores que implican las mismas sustancias químicas en la envidia, la jactancia, y el favoritismo de grupo.15 Ese tipo de reduccionismo debiera ser de gran preocupación para nosotros los adventistas, porque una de nuestras creencias fundamentales sobre la naturaleza del ser humano es que cada uno somos una integración indivisible de mente, cuerpo y espíritu, y que faltando uno de ellos el yo humano no puede existir,16 (holismo o integralidad). De hecho, a diferencia de la mayoría de los cristianos, los adventistas somos, o deberíamos ser, materialistas,17 porque no recurrimos a un dualismo de cuerpo y alma en esta vida, después de la muerte, o en el mundo futuro. En este sentido, el adventismo armoniza con la moderna ciencia cognitiva. Pero, a diferencia de la popularización cada vez más común de la ciencia cognitiva en los medios de difusión, en la cultura popular, y aun en los comentarios públicos de los científicos, los adventistas no podemos cerrar los ojos sobre esta reducción de la persona humana a “nada más que un conjunto de neuronas”.18

Estas inquietudes no son nuevas. En 1893 Elena White predicó un sermón19 sobre los peligros de la frenología popular –la creencia de que se puede reducir la mente a una estructura del cerebro y por lo tanto se la puede leer en las protuberancias de la cabeza. En ese sermón ella habló vigorosamente contra popularizaciones de la ciencia cognitiva y la psicología de su época, a saber, de la frenología popular. En el sermón mencionó al “hermano Butler”, que había sido convencido por un frenólogo que él no tenía la zona de la cabeza necesaria para la fe, y que por lo tanto no había esperanza para él. Cuando, por insistencia de Elena White (y del Espíritu Santo) Butler comenzó a predicar el Evangelio, encontró que estos “huecos” se habían suplido. Lo más probable es que nunca hayan existido, porque los intentos de replicar las observaciones de los frenólogos en la actualidad han demostrado que las lecturas que hacían los frenólogos eran interpretadas en función de sus propias expectativas e intenciones.20 Elena White concluyó diciendo que la frenología no ofrece esperanzas de cambio en la vida, pero Dios sí las ofrece.

La frenología popular en los días de Elena White brindaba la terminología que todo el mundo usaba entonces para hablar de la mente, y todavía hoy decimos que alguien tiene que hacerse ver “de la cabeza”, o que tiene “la cabeza hueca” como ecos de la frenología del pasado. La terminología de la ciencia popular cognitiva desempeña hoy un papel similar. De hecho, el estado actual de la ciencia del cerebro en los libros de autoayuda y otros libros “basados en el cerebro” no es mejor que el de la frenología popular contra la cual hablaba Elena White a fines del siglo XIX. Scott Lilienfield, un psicólogo que ha estudiado la manera en que se entiende popularmente la psicología y la neurociencia, informa que solo el cinco por ciento de las obras de popularización se basan en estudios factuales.21 De hecho, la mayor parte de las estrategias de aprendizaje y productos “basados en el cerebro” están en realidad basados en lo que Sashank Varma, Bruce McCandliss y Daniel Schwartz llaman “neuromito”22 en una reseña sistemática (2008) de la relación entre la neurociencia cognitiva y la educación supuestamente “basada en el cerebro”, mitos que se hallan difundidos por doquier en el siglo XXI.23

Los neuromitos y los cerebros bien iluminados

Se generan los neuromitos por medio de lo que Eric Racine, Ofek Bar-Ilan y Judy Illes llaman neurorrealismo y neuroesencialismo.24 El neurorrealismo se manifiesta cuando se toman las imágenes producidas por aparatos que estudian el cerebro para decidir qué es lo real. Reduce la mente y el espíritu a un cerebro, describe a las personas como si no fueran otra cosa que sus procesos cerebrales, e interpreta la correlación entre la actividad cerebral y ciertas tareas como evidencia de la conducta humana normativa. Un ejemplo de neurorrealismo podría ser el describir el amor como nada más que sustancias químicas en el cerebro.25 En el neurorrealismo, cualquier aspecto de la vida mental que no se pueda registrar en imágenes del cerebro –o no ha sido registrado todavía– no existe. El neuroesencialismo proclama hacer del cerebro el yo; nuevamente, el yo se reduce al cerebro, esta vez para describir a las personas supuestamente como son en realidad. Como la neurociencia implica tratar de entender la disfunción cerebral así como también la función del cerebro, a menudo lleva a describir la función normal del cerebro con términos de la patología y la enfermedad; por ejemplo cuando se describe el amor simplemente como una adicción.

El neurorrealismo y el neuroesencialismo son especialmente incompatibles con el enfoque adventista de la naturaleza humana. Para empezar, la integralidad holística y el reduccionismo son incompatibles. Además, si creemos en la restauración de los seres humanos a imagen de Dios, no podemos describir las funciones cerebrales normales en términos patológicos; si Dios es amor, ¿puede el amor ser una adicción? Los neuromitos son también un problema, porque cortan nuestras relaciones con los individuos y las comunidades. Si podemos reducir a pobres y presos a “conjuntos de neuronas”, ¿por qué vestirlos o visitarlos? Si nuestros pecados están predeterminados por nuestros cerebros, ¿por qué tendríamos que arrepentirnos o perdonar?

Entonces, ¿qué conclusión hay que sacar de todo esto? ¿Debiéramos los adventistas evitar tener toda relación con la popularización de la ciencia cognitiva?

Es importante que tomemos en cuenta el consejo que Elena White dio en 1884 acerca de ser muy cuidadosos en todo aspecto.26 Los adventistas debemos considerar la ciencia moderna de la mente con criterio. No es una tarea fácil. Estudios efectuados separadamente por Deena Skolnick Weisberg y sus colegas,27 y por David McCabe y Alan Castel,28 muestran que cuando se presentan afirmaciones sin fundamento en el contexto de figuras o aun la mera mención de un “cerebro que se ilumina”,29 la gente acepta esas afirmaciones sin considerarlas críticamente, aun cuando las mismas personas serían muy críticas ante tales afirmaciones si no se las acompañara con contenidos relacionados con el cerebro.

Las únicas personas que sometieron a juicio crítico las afirmaciones “basadas en el cerebro”, en el estudio hecho por Weisberg, fueron neurocientíficos profesionales que tenían mucha experiencia en pensar en forma crítica sobre el diseño e interpretación de los estudios basados en imágenes del cerebro. Pero el creciente interés en la neurociencia hizo que muchos lectores interesados en el tema aceptaran argumentos pobres o defectuosos cuando se mencionaba al cerebro.

Si bien es cierto que se han cuestionado recientemente estos estudios,30 el hecho es que coinciden con elementos de prueba de larga data, de que la gente tiende a aceptar afirmaciones desnudas en lugar de explicaciones, con tal que tengan la forma esperada, a menos que esas personas tengan hábitos de juicio crítico y reflexión.31 Formar estas habilidades de juicio crítico lleva tiempo, práctica y esfuerzo;32 sin embargo, esta formación está en el centro mismo de lo que deseamos cuando hablamos de integración de fe y enseñanza.33

La posición adventista sobre la naturaleza humana, acompañada por la larga trayectoria de dedicación al desarrollo de la persona integral y del desarrollo del carácter a través de una práctica esforzada, tiene mucho que ofrecer a la ciencia cognitiva y al público en general, especialmente en vista del estado actual de la ciencia cognitiva. Al formar una posición equilibrada entre los extremos de eliminar el libre albedrío por un lado y la autosuficiencia por el otro, podemos ofrecer un modelo que explica la profusión de datos sobre la naturaleza humana que se obtuvieron en las últimas décadas. De este modo, podemos promover una concepción de la persona humana que ni excuse ni culpe excesivamente a los individuos mediante el reduccionismo. Varias líneas de evidencia favorecen el papel del esfuerzo en el desarrollo personal,34 la eficacia de la oración para cambiar la experiencia religiosa,35 el papel que desempeña el dominio propio en la preparación de la capacidad de autorrecuperación para el futuro,36 y también, en mi laboratorio, trabajos que muestran la importancia de internalizar la observancia del sábado para lograr el bienestar de la persona; todas líneas de evidencia que sugieren que un abordaje a la naturaleza humana a través de un enfoque integracionista (holístico) y orientado al desarrollo, tal como lo preconiza la Iglesia Adventista del Séptimo Día, es mucho más promisorio para la tarea de dar sanidad e integridad a los seres humanos que la ilusión del reduccionismo.

Karl G.D. Bailey (PhD, Michigan State University) es profesor en el Departamento de Ciencias de la Conducta en Andrews University, Berrien Springs, Michigan, EE. UU. E-mail: kgbailey@andrews.edu.

REFERENCIAS

  1. C. Soon, M. Brass, H. Heinze, y J. Haynes, “Unconscious determinants of free decisions in the human brain,” Nature Neuroscience 11(2008), pp. 543-545.
  2. B. Libet, C. Gleason, E. Wright, y D. Pearly, “Time of conscious intention to act in relation to onset of cerebral activity (readiness-potential): The unconscious initiation of a freely voluntary act,” Brain 106 (1983), pp. 623-642.
  3. P. Haggard, “Human volition: Towards a neuroscience of will,” Nature Reviews Neuroscience 9 (2008), pp. 934-946.
  4. W. Klemm, “Free will debates: Simple experiments are not so simple,” Advances in Cognitive Psychology 6 (2010), pp. 47-65; J. Shepard, S. Reuter, “Neuroscience, choice, and the free will debate,” AJOB Neuroscience 3 (2012), pp. 7-11.
  5. K. Vohs y J. Schooler, “The value of believing in free will: Encouraging a belief in determinism increases cheating,” Psychological Science 19 (2008), pp. 49-54.
  6. S. Harris, Free Will (Nueva York: Free Press, 2012).
  7. J. Coyne, “Why you don’t really have free will,” USA Today, January 1, 2012.
  8. K. Smith, “Neuroscience vs. philosophy: Taking aim at freewill,” Nature 477 (2011), pp. 23-25.
  9. Uso la expresión “ciencia cognitiva” para referirme a las disciplinas en las que el estudio científico del cuerpo y del cerebro es un medio para entender la mente humana. Una lista breve de las principales disciplinas involucradas incluiría la psicología científica, la fisiología, la neurociencia, la informática, las matemáticas, la lingüística general, la antropología y la filosofía.
  10. M. Pauen, “Self-determination: Free will, responsibility, and determinism,” Synthesis Philosophica 44 (2007), pp. 455-475.
  11. N. Murphy, “Introduction and overview.” En N. Murphy, G. Ellis, y T. O’Connor (eds.) Downward Causation and the Neurobiology of Freewill (Berlin: Springer-Verlag, 2009).
  12. L. Brizendine, The Female Brain (Nueva York: Broadway Books, 2006). El trabajo de Brizendine contiene numerosas interpretaciones equivocadas de otros estudios y afirmaciones simplemente falsas al servicio del reduccionismo. Por una reseña crítica completa ver C. Fine, Delusions of Gender: How Our Minds, Society, and Neurosexism Create Difference (Nueva York: Norton, 2010).
  13. Muchas de las interpretaciones populares equivocadas, de las supuestas diferencias entre el tamaño del cuerpo calloso o su volumen entre hombres y mujeres derivan del programa televisivo de entrevistas de Phil Donahue, quien entendió en forma absolutamente equivocada, en 1982, un estudio de Lacoste-Utamsing y Holloway. Estas interpretaciones incorrectas han aparecido recientemente en debates entre adventistas, cuando fueron repetidas por D. Batchelor en un sermón.
  14. P. Zak, The Moral Molecule: The Source of Love and Prosperity (Nueva York: Dutton, 2012).
  15. S. Shamay-Tsoory, M. Fischer, J. Dvash, H. Harari, N. Perach-Bloom, y Y. Levkovitz, “Intranasal administration of oxytocin increases envy and schadenfreude (gloating),” Biological Psychiatry 66 (2009), pp. 864-870; C. De Dreu, L. Greer, M. Handgraaf, S. Shalvi, G. Van Kleef, M. Baas & S. Feith, “The neuropeptide oxytocin regulates parochial altruism in intergroup conflict among humans,” Science 328 (2010), pp. 1408-1411.
  16. Creencia adventista fundamental 7: La naturaleza del hombre.
  17. P. Bloom, Descartes’ Baby: How the Science of Child Development Explains What Makes Us Human (Nueva York: Basic Books, 2004).
  18. F. Crick, The Astonishing Hypothesis (Nueva York: Scribner, 1994).
  19. “The New Zealand Campmeeting,” Review and Herald, 6 de junio de 1893, da el contexto de este sermón. Ciertas porciones aparecen como Manuscript Releases, Vol. 9, p. 3-6; 666: “Phrenology or the Power of God?”
  20. K. Trevino, K. Konrad, “Replication and pedagogy in the history of psychology II: Fowler & Wells’ Phrenology,” Science & Education 17 (2008), pp. 477-491.
  21. S. Lilienfeld, “Public skepticism of psychology: Why many people perceive the study of human behavior as unscientific,” American Psychologist 67 (2012), pp. 111-129.
  22. S. Varma, B. McCandliss, D. Schwartz, “Scientific and pragmatic challenges for bridging education and neuroscience,” Educational Researcher 37 (2008), pp. 140-152.
  23. S. Lilienfeld, S. Lynn, J. Ruscio, y B. Beyerstein, “50 Great Myths of Popular Psychology: Shattering Widespread Misconceptions about Human Behavior (West Sussex, Reino Unido: Wiley-Blackwell, 2010); S. Aamodt & S. Wang, Welcome to Your Brain: Why You Lose Your Car Keys But Never Forget How to Drive and Other Puzzles of Everyday Life (Nueva York: Bloombury, 2008).
  24. E. Racine, O. Bar-Ilan, y J. Iles, “fMRI in the public eye,” Nature Reviews Neuroscience 6 (2005), pp. 159-164.
  25. National Geographic (febrero del 2006) publicó un artículo titulado “Love: The Chemical Reaction,” ejemplifica este tipo de popularización.
  26. Este artículo fue publicado primero en la Review and Herald del 18 de febrero de 1862. Aparece también en Testimonies for the Church (Mountain View, California: Pacific Press, 1948), 1:290-302. La declaración mencionada aparece en el párrafo inicial. El artículo completo deja en claro que las ciencias de la mente son especialmente peligrosas cuando se las usa (1) para introducir error imperceptiblemente, y (2) para introducir espiritualismo y autosuficiencia, ambos en conflicto con la manera adventista de entender la naturaleza humana.
  27. D. Weisberg, F. Keil, J. Goodstein, E. Rawson, y J. Gray, “The seductive allure of neuroscience explanations,” Journal of Cognitive Neuroscience 20 (2008), pp. 470-477.
  28. D. McCabe y A. Castel, “Seeing is believing: The effect of brain images on judgments of scientific reasoning,” Cognition 107 (2008), pp. 343-352.
  29. Las imágenes que aparecen como demostración en los artículos sobre imágenes obtenidas del cerebro a menudo muestran manchas de color sobre zonas del cerebro de activación aumentada en relación con alguna tarea que se estaba investigando. A esto nos referimos cuando hablamos de un cerebro que “se ilumina”. Tales imágenes son el resultado final de un complejo proceso de análisis; por cierto que el cerebro no se ilumina, y su actividad no está limitada a tales zonas. Ver J. Dumit, Picturing Personhood: Brain Scans and Biomedical Identity (Princeton, Nueva Jersey: Princeton University, 2004).
  30. M. Farah and C. Hook, “The seductive allure of ‘seductive allure’,” Perspectives on Psychological Science 8 (2013), pp. 88-90; D. Gruber y J. Dickenson, “Persuasive images in popular science: Testing judgments of scientific reasoning and credibility,” Public Understanding of Science 21 (2012), pp. 938-948.
  31. E. Langer, A. Blank, y B. Chanowiz, “The mindlessness of ostensibly thoughtful action: The role of ‘placebic’ information in interpersonal interaction,” Journal of Personality and Social Psychology 36 (1978), pp. 635-642.
  32. D. Halpern, “Teaching critical thinking for transfer across domains: Dispositions, skills, structure training, and metacognitive monitoring,” American Psychologist 53 (1998), pp. 449-455.
  33. 3.3 K. Bailey, “Faith-learning integration, critical thinking skills, and student development in Christian education,” Journal of Research on Christian Education 21 (2012), pp. 153-173.

  34. C. Dweck, Mindset: The New Psychology of Success (Nueva York: Random House, 2006).
  35. T. Luhrmann, When God Talks Back: Under-standing the American Evangelical Relationship with God (Nueva York: Vintage, 2012).
  36. R. Baumeister y J. Tierney, Willpower: Rediscovering the Greatest Human Strength (Nueva York: Penguin, 2011).