Recordando lo obvio acerca de la Biblia y la iglesia

Como registro escrito del plan global de Dios para redimir a la humanidad, la Biblia ofrece una visión del mundo –una metanarrativa– que abarca desde la creación hasta la nueva creación.

Desde su origen, la Iglesia Adventista del Séptimo Día ha estado comprometida a considerar únicamente la Biblia, al establecer su sistema de creencias y delinear su misión. La Biblia también ha jugado un papel importante en el ministerio profético de Elena White y ha guiado al movimiento adventista a través de algunos momentos difíciles de tormentas teológicas. Las actuales circunstancias culturales, intelectuales y sociales, indican que a medida que la iglesia avanza hacia el futuro, su posición en cuanto a la autoridad bíblica va a enfrentar crecientes desafíos desde todas partes. Controversias teológicas, dilemas éticos y demandas culturales, forzarán a la iglesia a que, en medio de tormentas de críticas, duda y presión social, deba tomar una posición clara en temas cruciales. Dado el realismo de este escenario, uno puede preguntarse, ¿cómo puede sobrevivir la iglesia? ¿Cómo puede conservar su identidad a través de los cambios y los desafíos planteados por los inestables fundamentos morales de la sociedad contemporánea?

Fuentes de autoridad teológica

Al tratar con los desafíos previamente mencionados, algunas personas pueden apelar a la tradición; otras, a la razón y a la experiencia. Algunos creyentes pueden apelar a la comunidad como fuente de autoridad suprema. Sin embargo, aunque puedan resultar de ayuda o ser convenientes, no tienen la solidez suficiente para ser el fundamento que la iglesia necesita a fin de enfrentar los desafíos que tiene por delante. Los reformadores examinaron la tradición como el máximo recurso de autoridad teológica y la encontraron insuficiente en base a la revelación bíblica. Aunque pueda ser buena, y por su supuesto, existe una tradición buena (1 Corintios 11:2), la tradición en sí misma nunca puede ser el fundamento supremo para las creencias y procedimientos de la iglesia. A causa de su propia naturaleza, la tradición cambia constantemente, y fácilmente degenera en tradicionalismo. Como dice J. Pelikan, “La tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos”.1 Aunque no sea incorrecta en sí misma, la tradición es deficiente como recurso superior de juicio sobre su propia autoridad o para corregir su desarrollo. Las Escrituras deben siempre retener tal autoridad.

La razón puede ser una opción viable a primera vista, pero no es finalmente confiable, como ha quedado suficientemente demostrado por las dos guerras mundiales que envolvieron a la humanidad en matanzas sin precedentes y culminaron en el Holocausto. Tales atrocidades, perpetuadas por naciones educadas, revelan que el intelecto instruido no resiste la prueba de absoluta confiabilidad en asuntos relacionados al bien supremo. En relación a los valores humanos y a la búsqueda del bien supremo, el ideal cartesiano, seguido por la obsesión del Iluminismo de hacer de la razón el sitio supremo de autoridad, ha demostrado ser un fracaso total. La razón, como parte y fracción de Dios en la humanidad, tiene una función obvia e indispensable en la adquisición de información y en el procesamiento del saber. Sin embargo, la razón está profundamente afectada por el pecado y por esto requiere un recurso de autoridad que esté sobre sí misma para que juzgue y corrija sus caminos.

Más recientemente, la comunidad ha avanzado como una opción viable para tomar el lugar de autoridad suprema. De acuerdo a este punto de vista, la comunidad de creyentes debe determinar la verdad y decidir qué es correcto y qué incorrecto. Sin embargo, la comunidad no es confiable como fundamento de autoridad suprema. Aunque la comunidad descansa en el corazón de lo que significa ser una iglesia, y a pesar de que uno pueda valorar la autoridad de la comunidad, esta ha sido afectada por el pecado y por lo tanto, no está exenta de fallas. Las comunidades han perpetrado cosas horribles contra otros seres humanos. A fines del siglo XX, comunidades enteras estuvieron al borde de ser aniquiladas por otras debido a razones religiosas, raciales y otras. Por lo tanto, aunque uno pueda respetar la autoridad de la comunidad, llega a ser evidente que no es confiable como recurso de última autoridad. La comunidad debe estar subordinada a una autoridad superior para poder decidir qué es correcto o incorrecto.

En el intento de eludir los problemas ligados a la tradición, la razón y la comunidad, podemos señalar que el Espíritu Santo, al otorgar entendimiento a los creyentes, se coloca como el recurso supremo de autoridad. Aunque tal sugerencia aparenta ser absolutamente correcta a primera vista, implica el riesgo de apelar frecuentemente al Espíritu como una forma sutil de legitimizar nuestra propia experiencia subjetiva. Aun al apelar al Señor Jesucristo como autoridad suprema en asuntos teológicos, el creyente arriesga discutir en base a un Jesús reconstruido de acuerdo a sus propias preferencias personales o culturales.

El poder del Espíritu y el señorío de Jesús ciertamente juegan un rol fundamental en la resolución de discusiones teológicas. Sin embargo, debemos hacernos la pregunta de cómo podemos estar seguros de que determinado curso de acción está siendo movido por el Espíritu, representando así el señorío de Jesús. Nuevamente, al apelar indiscriminadamente al Espíritu Santo o a Jesús, persiste el riesgo de remplazar a Jesús y/o al Espíritu con la razón, experiencia, tradición o comunidad, e identificar de esta manera los deseos y preferencias personales con los de Jesús y/o la dirección del Espíritu Santo.

En medio de tan importantes, aunque limitados recursos de autoridad teológica, la Biblia emerge como norma única y absoluta para juzgar toda otra autoridad. Tal postulado surge naturalmente del ejemplo de Jesús y de las declaraciones de las Escrituras sobre su propia autenticidad.

No requiere demasiado esfuerzo notar que de acuerdo a los Evangelios, Jesús consideró a las Escrituras como recurso máximo de apelación y repetidamente las señaló para clarificar un tema o dirimir un debate. Al apelar a un pasaje bíblico, manifestó con absoluta convicción: “La Escritura no se puede anular” (Juan 10:34-35).2

Las Escrituras aseveran una y otra vez que lo que dicen, viene de Dios. Escribiendo a Timoteo, Pablo declara: “y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras, que te pueden hacer sabio para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y es útil para enseñar, reprender, enmendar e instruir en justicia, para que el hombre de Dios sea perfecto, cabalmente instruido para toda buena obra” (2 Timoteo 3:15-17). Este texto clásico afirma el origen divino de la Biblia –con las consecuentes implicancias acerca de su inspiración y autoridad– declarándola útil a la vez que clarifica su propósito: “hacer sabio para la salvación”.

En base a la declaración de las propias Escrituras en relación a su origen y propósito, tenemos justificativos para tomarla como el recurso de autoridad suprema. Hebreos declara: “En lo pasado, Dios habló muchas veces y de muchas maneras, a nuestros padres mediante los profetas. Pero en estos últimos días nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por medio de quien hizo los mundos” (Hebreos 1:1, 2). Este breve pasaje ilustra y encapsula la totalidad del canon. En el Antiguo Testamento, Dios nos habla, “de muchas maneras por los profetas”. En el Nuevo Testamento, Dios nos habla “por su Hijo”.

Por lo tanto, solamente las Escritu-ras son capaces de guiarnos fuera del laberinto de tantas opiniones éticas y puntos de vista teológicos que están luchando por ser aceptados en una cultura de relativismo y consumismo. Solamente aceptando las propias declaraciones de la Biblia en cuanto a su autenticidad y tomando en consideración su autoridad absoluta, la iglesia será capaz de resolver sus dilemas teológicos y prácticos, y aún así permanecer unida bajo el señorío de Cristo Jesús.3 Con el objetivo de conocer qué camino debemos tomar como iglesia corporativa y como miembros individuales, no existe otra opción sino la de basarnos en las Escrituras. Después de todo, la Biblia claramente proclama sus declaraciones de autenticidad como el recurso último de apelación de todos los asuntos teológicos y de práctica para la iglesia. “¡A la Ley y al Testimonio! Si no hablan conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20; 2 Timoteo 3:16, 17).

Relevancia de las Escrituras

La revelación de las Escrituras es el medio más objetivo y fundamental que Dios emplea para comunicar su voluntad a la iglesia. Aun cuando desarrollos modernos en las ciencias sociales, la semiología y la teoría lingüística, han remarcado la importancia de variados significados y procesos de comunicación, incluida la no verbal, la palabra permanece como el instrumento primario y fundamental para la interacción interpersonal y las relaciones.4 Dotados de la imagen de Dios, los seres humanos recibieron del Creador la habilidad de la comunicación objetiva y verbal como ningún otro de los seres de la creación que habitan este planeta. Como si esto no fuera suficiente, Dios reveló su voluntad a los seres humanos por medio de las palabras. Y a través de la Biblia establece relaciones y guía a su pueblo. El poder eficaz de la Palabra de Dios en crear y regenerar, omnipresente desde el Génesis hasta el Apocalipsis, se expresa en forma concisa en Isaías 40:8: “La hierba se seca, la flor se cae; pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre”.

La Palabra de Dios proclama autoridad sobre todas las áreas y dimensiones de la vida individual y de la iglesia. Los puntos a continuación ejemplifican algunas áreas que necesitan atención, si queremos ser fieles a las demandas abarcantes y llenas de gracia de las Escrituras.

1. Ensalzando la Biblia en el servicio a Dios

Los teólogos y profesores de Biblia tienen la solemne responsabilidad de poner los estudios al servicio de Dios y de su Palabra. Hace más de treinta años, James Smart escribió, The strange Silence of the Bible in the Church: A Study in Hermeneutics.5 Este trabajo argumenta que aunque la Biblia ha sido producida masivamente y el conocimiento académico se ha incrementado, este no ha llegado a la gente. Por lo tanto, el tremendo desafío que enfrenta la iglesia actual no es la ignorancia del mensaje de la Biblia, sino el silenciamiento de la autoridad de su voz. Un análisis reciente de trabajos bíblicos y teológicos producidos por eruditos conservadores parece indicar el silenciamiento de algunas declaraciones centrales de la Biblia. Como ejemplo mencionamos el creciente escepticismo de algunos catedráticos evangélicos acerca de la literalidad e historicidad del relato de la creación del Génesis, acompañado por la tendencia a aceptar la evolución.6

Esta situación coloca una gran responsabilidad sobre los hombros de los eruditos adventistas. Con una desconcertante variedad de marcos teóricos y opciones metodológicas disponibles en la comunidad académica, deben utilizar sus habilidades al máximo para optar por los métodos y presuposiciones correctos al interpretar la Biblia. Sumado a esto, la combinación de integridad académica y humildad, permanece como el estándar para cada catedrático y teólogo bíblico. La autoridad del intérprete bíblico debe estar subordinada a la de la Biblia, y las opiniones particulares deben ser sometidas humildemente a la evaluación de los pares y en última instancia a la de la iglesia. Al combinar el trabajo competente con la oración y la confianza en el Espíritu, los teólogos y profesores de Biblia continuarán siendo una bendición para la iglesia, siempre y cuando ayuden a lograr una mejor comprensión y aplicación de la Palabra de Dios. Las palabras de Malaquías dirigidas a los sacerdotes de Israel, se aplican con exactitud a los teólogos y profesores de Biblia adventistas:”Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la Ley; porque es mensajero del Señor Todopoderoso” (Malaquías 2:7).

2. La Biblia y el liderazgo en la iglesia

Los líderes de la iglesia deben permitir que la Biblia determine su estilo de liderazgo. En ella se encuentra “la mayor colección de estudios de liderazgo jamás escrito, con conocimientos tremendamente útiles para los líderes y administradores de hoy”.7 En asuntos de administración y liderazgo en la iglesia, la Biblia no solo es esencial por sus “casos de estudio”, sino también por los principios de liderazgo que contiene. Las técnicas de administración pueden tener un lugar dentro de la marcha general de la iglesia; pero sin la Biblia, estas herramientas potencialmente muy útiles, pueden llegar a ser nada más que modelos seculares de eficiencia y profesionalismo. Los líderes de la iglesia son llamados no solamente a promover la predicación de Jesús, sino también a seguir su estilo administrativo y de liderazgo. No son llamados a actuar o a comportarse como ejecutivos o gerentes, sino como líderes semejantes a Jesús. “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria” (1 Pedro 5:2-4; RV 1995).

3. La Biblia y la vida de oración

La oración debe tener una orientación bíblica. De acuerdo a las Escrituras, debe ser ofrecida con el reconocimiento de la santidad de Dios y la pecaminosidad humana. La oración bíblica no funciona como una rutina para manipular a Dios, sino como un medio de comunicación y comunión entre los pecadores y un Creador y Redentor misericordioso. El siguiente pasaje captura una importante dimensión de la oración bíblica: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadlo en tanto que está cerca. Deje el impío su camino, y el hombre malo sus pensamientos; y vuélvase al Señor, quien tendrá de él misericordia, y a nuestro Dios, que es amplio en perdonar. Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dice el Señor” (Isaías 55:6-8).

4. La Biblia y el evangelismo

El evangelismo debe estar bíblicamente orientado. A pesar de que hay muchas maneras legítimas de motivar a las personas para que se acerquen a Jesús, la predicación de la Palabra debe permanecer como eje central en los planes misioneros de la iglesia. Por sobre los diferentes métodos empleados para acercar las multitudes a Jesús, deben ser hechos grandes esfuerzos para llevarlos a confiar en la Palabra de Dios y a seguir al Jesús revelado en ellas. De esta manera, el evangelismo, en sus variadas expresiones, debe proclamar no solamente la persona del Salvador, sino que debe invitar a que la gente lo obedezca y sea fiel a su mensaje tal cual está revelado en las Escrituras. El verdadero evangelismo honra las Escrituras. Frente al rey Agripa, Pablo aclaró acerca de su predicación: “No digo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder” (Hechos 26:22). A continuación, el apóstol le hizo la pregunta decisiva: “¿Crees, rey Agripa, a los profetas?” (Hechos 26:27).

5. La Biblia en la educación cristiana

La educación cristiana debe estar condicionada por la revelación de Dios en las Escrituras y en su sentido último, debe considerar que la Palabra de Dios está claramente expresada a través de las sabias advertencias de Dios en los muchos pasajes bíblicos que enfatizan las instrucciones, leyes, y testimonios del Señor como recursos de sabiduría. El capítulo más largo de la Biblia –Salmo 119– está dedicado enteramente a ensalzar los beneficios de la Torá –la revelación de Dios– para el crecimiento espiritual e intelectual de los hijos de Dios. De la misma manera, otros pasajes de la Biblia hebrea no escatiman palabras para aconsejar y amonestar a quienes buscan sabiduría, para que aprecien la Palabra de Dios. Con una aguda percepción de lo que significa la educación según la Biblia, Martín Lutero escribió esta tan citada declaración: “Temo mucho que las universidades sean anchas puertas del infierno, si no se aplican cuidadosamente a explicar la Escritura Santa y grabarla en el corazón de la juventud. Yo no aconsejaré a nadie que coloque a su hijo donde no reine la Escritura Santa. Toda institución donde los hombres no están constantemente ocupados con la Palabra de Dios se corromperá”.8 De aquí la relevancia del llamado de Dios a sus hijos: “Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia. No te olvides, ni te apartes de las razones de mi boca” (Proverbios 4:5).

6. La Biblia y la música

El ministerio de la música es un área importante en la vida de la iglesia, que necesita estar fundamentado en su mensaje. La música puede destacarse entre muchas formas de comunicación como un medio de transmitir la verdad. Puede haber muchos cristianos que no conozcan bien la Biblia, pero raramente exista una persona que no conozca muchos himnos o canciones religiosas. Los conflictos que involucran los estilos musicales y los instrumentos, han envuelto a algunas congregaciones, pero no debemos ignorar la importancia de las letras de estos cánticos. Su mensaje debe estar en armonía con la enseñanza de la Escritura. Los compositores y músicos de la iglesia tienen el deber sagrado de producir y ejecutar música de iglesia de tal forma que comunique un mensaje consistente con el carácter de Dios revelado en las Escrituras. “¡Cantad a Dios, cantad!¡Cantad a nuestro Rey, cantad! Porque Dios es el Rey de toda la tierra, cantad con inteligencia” (Salmos 47:6-7).

7. La Biblia y la adoración

La adoración en la iglesia debe brindar un lugar importante a la lectura y a la predicación de las Escrituras. El servicio de adoración no debe transformarse en un sitio para tantos anuncios y propagandas de las actividades y programas de la iglesia que casi no deje tiempo para la presentación de la Palabra de Dios. Cuando los miembros del pueblo de Dios se reúnen para adorar, necesitan recibir la Palabra para ayudarlos a enfrentar las pruebas, desánimos y desafíos de la vida cotidiana. Nada debería impedir o remplazar la proclamación de la Palabra. Los predicadores que usan el púlpito para relatar historias personales sin una exposición bíblica responsable o para entretener y divertir a su público, están traicionando su llamado y profanando el púlpito. Lo que Pablo escribió en 1 Corintios 2:2 debería transformarse en la brújula de orientación de todo predicador. “Porque me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado”.

La predicación debe apoyarse en un vasto estudio e investigación de las Escrituras. La Biblia no funciona meramente como un libro de recetas o de referencias. No siempre otorga respuestas fáciles y prontas para algunas de las desafiantes circunstancias de la vida. Puede ser que no encontremos un pasaje específico o un versículo para cada enfermedad espiritual o problema personal9 pero si es correctamente interpretada, ciertamente provee la respuesta suprema para las preguntas más cruciales de la vida, y para los asuntos relacionados a los procedimientos de la iglesia; la relevancia de la Biblia trasciende la suma de sus partes.

Como registro escrito del plan global de Dios para redimir al mundo del pecado, la Biblia ofrece a su pueblo una visión del mundo, una metanarrativa, que abarca desde la creación hasta la nueva creación. Aunque algunos pasajes y textos individuales pueden traer consuelo en situaciones de tristeza y sufrimiento, y ser de guía para circunstancias específicas, nunca deberíamos perder de vista las interconexiones orgánicas entre los variados pasajes y temas de la Biblia en el gran panorama del plan de salvación. De esta manera, le incumbe a cada predicador hacer la unidad, veracidad y autoridad de la Biblia, clara y accesible para la audiencia. Deben prestar atención al consejo de Pablo a Timoteo: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que expone bien la Palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

Conclusión

La Biblia se mantiene como el fundamento absoluto sobre el cual la iglesia debe basar su teología y prácticas. Como enfatiza Pablo: “Así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla en el lavado del agua, por la Palabra, para presentarla para sí, una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga, ni cosa semejante; antes, que sea santa e inmaculada” (Efesios 5:25-27). De esta manera, para poder permanecer fiel al Señor, la iglesia debe levantar constantemente la Palabra de Dios como la autoridad suprema para ordenar sus creencias y juzgar su práctica y experiencia.

Elías Brasil de Souza (Ph.D., Andrews University) es director asociado del Instituto de Investigación Bíblica de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Silver Spring, Maryland, EE.UU. E-mail: souzae@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. J. Pelikan, The Vindication of Tradition, The 1983 Jefferson Lecture in the Humanities (New Haven: Yale University Press, 1984), p. 65.
  2. A menos que se especifique otra cosa, los textos bíblicos fueron tomados de la Versión Nueva Reina Valera 2000.
  3. Ver el estudio hecho por K. Donkor, “Contemporary Responses to Sola Scriptura: Implications for Adventist Theology” in Reflections: BRI Newsletter, Enero 2013.
  4. Ver V. Poythress, In the Beginning Was the Word – Language – A God-Centered Approach (Wheaton, Illinois: Crossway Books, 2009), pp. 11–38.
  5. J. Smart, The Strange Silence of the Bible in the Church: A Study in Hermeneutics (Filadelfia: Westminster Press, 1976), p. 142.
  6. Ver, e.g., P. Enns, The Evolution of Adam: What the Bible Does and Doesn’t Say About Human Origins (Grand Rapids, Míchigan: Brazos Press, 2012); J. Walton, Genesis 1 as Ancient Cosmology (Winona Lake, Indiana: Eisenbrauns, 2011); B. Waltke y C. Yu, An Old Testament Theology: An Exegetical, Canonical, and Thematic Approach (Grand Rapids, Míchigan: Zondervan, 2007), p. 153.
  7. L. Woolfe, The Bible on Leadership – From Moses to Matthew – Management Lessons for Contemporary Leaders (Nueva York: MJF Books, 2003), p. ix.
  8. Citado en M. Water, The New Encyclopedia of Christian Quotations (Alresford, Hampshire, United Kingdom: John Hunt Publishers, 2000), p. 129. También en E. White, El Conflicto de los Siglos (Mountain View: California: Publicaciones Interamericanas), p. 151.
  9. Ver E. Mueller, “Hermeneutical Guidelines for Dealing with Theological Questions,” Reflections: BRI Newsletter, Octubre 2012.