¿Es la educación cristiana realmente un “ministerio”?

Los educadores cristianos usan diversos términos y expresiones para describir la tarea que desempeñan: “educación cristocéntrica”, “enseñar desde una cosmovisión cristiana”, “un currículum basado en la Biblia”, “disciplina redentora”, etc. Esas frases parecen apropiadas para describir su tarea. Si bien cada término posee una connotación particular, las ideas representadas se agrupan en torno a la noción de lo que constituye el “ministerio”. No es raro escuchar que se habla de la educación cristiana como “el ministerio de la enseñanza”. No obstante, ¿es esto tan solo una frase hecha, o es la educación cristiana realmente un ministerio?

Esta pregunta genera muchas otras. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de ministerio? ¿Cuántos ministerios existen? ¿Son todos iguales, o al menos tienen algo en común? ¿Tienen el mismo estatus? Este artículo procura identificar y explicar la esencia del ministerio, como también determinar si el concepto se aplica a la educación cristiana, y la manera en que afecta la práctica de la educación.

Consideraciones básicas

Es fundamental que al realizar este análisis lo hagamos con una conciencia bíblica, o lo que Harry Blamires y otros denominan: “una mente cristiana”.1 Esto es más que una etiqueta casual. Es innegable que en Occidente vivimos en una era secular que nos afecta. El impacto es muy importante y necesitamos mantenernos alertas ante los sutiles avances del secularismo. Por ello, debemos ejercer una vigilancia constante para no quedar atrapados en prácticas que estén en conflicto con los principios y valores bíblicos.2 Pensar con una mente cristiana desafía una de nuestras más grandes debilidades: la tendencia a vivir en compartimentos estancos, en los que separamos lo sagrado de lo secular.3 Cuanto mayor es el embate de la modernidad secular, más decae la sensibilidad espiritual. A pesar de que los educadores cristianos hablan con frecuencia de “un equilibrio entre lo espiritual, mental, físico y social”, la realidad es que a menudo está fragmentado y en pedazos. Para citar un ejemplo, las actividades espirituales de una escuela cristiana son muy distintas a los programas de las diversas disciplinas, establecidos por las autoridades públicas.

¿Podemos describir a la educación cristiana genuina como un ministerio? La Biblia nos brinda una orientación y un marco de referencia para descubrir respuestas a esa pregunta, y también a todos los grandes interrogantes sobre qué es real, cómo conocemos, y qué es bueno y de valor. Las respuestas se desprenden del flujo histórico de las Escrituras. Juntas, forman una poderosa metanarrativa, descrita de diversas maneras: “el conflicto cósmico”, o el tema de “la creación, la caída, la redención y la consumación”. Ante la actitud de menosprecio del posmodernismo hacia las grandes metanarrativas, los cristianos afirman que esta es la base de una cosmovisión distintiva y normativa que es el núcleo de su fe personal. El centro mismo de esa fe abraza y responde a una comprensión de quién es Dios; qué ha hecho; el origen de la humanidad; el dilema de la humanidad; la respuesta divina al problema; y el destino último de la humanidad.

Aprecio por lo que significa ser humano. Para nuestra discusión es fundamental una clara comprensión de lo que significa ser humano. A diferencia de las suposiciones generalizadas que dicen que evolucionamos a partir de un estado primitivo, aceptamos el relato bíblico de que fuimos creados en forma única por Dios mismo (Génesis 1, 2; Salmos 8). Como criaturas, somos esencialmente dependientes del Creador como la fuente de vida, significado, entendimiento y propósito, que se manifiesta en nuestra inteligencia, como también en la toma de decisiones, creatividad, afectividad, rasgos físicos, individualidad, socialización y espiritualidad. Al hacerlo, el objetivo es que seamos portadores de la imagen divina, diseñados para reflejar en alguna medida los aspectos de cómo es Dios. Pero la personalidad es más que meramente la suma de las partes. Estas cualidades comprenden un todo interrelacionado, el alma humana, que vive, y se mueve y es en el Creador (Hechos 17:28).

Reconocimiento del dilema humano. Un problema fundamental confronta a cada integrante de la raza humana. Los cristianos creemos que la elección rebelde de los primeros padres de la humanidad interrumpió la relación abierta que habían disfrutado antes con el Creador. En consecuencia, la humanidad y el mundo cayeron en un conflicto de proporciones cósmicas, que prácticamente destruyó la capacidad de sus descendientes de reflejar la imagen de Dios. A pesar de este dilema, la naturaleza humana, en su misma esencia, anhela y busca activamente reconectarse con el Creador. Por ello, San Agustín escribió: “Nuestros corazones no descansan hasta que hallan descanso en ti”.4

El contexto y la esencia del ministerio

Las buenas nuevas proclamadas en la Biblia nos permiten ser conscientes de la manera en que Dios ha ofrecido esperanza y significado a la existencia humana ante el distanciamiento y la ruptura causados por la caída. En oposición a la acusación popular de que Dios es duro y vengativo, su naturaleza compasiva y redentora se ve enfatizada desde Génesis 3 y abarca todas las Escrituras. La declaración tan citada de Juan 3:16 es seguida por otra de profunda significación: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).

Muchos cristianos suelen preocuparse con el aspecto legal de la salvación y no llegan a reconocer que la palabra “salvar”, o sozo (en griego), también tiene connotaciones de sanar el cuerpo, el alma y el espíritu. En sus actos milagrosos de sanidad, Jesús dio testimonio de ello. La sanidad física estuvo acompañada de sanidad emocional y espiritual. Las relaciones quebrantadas fueron restauradas y las exclusiones se disolvieron, resultando en aceptación social, reconciliación y paz. La salvación es la restauración en el sentido más abarcador. Es integral; es más que la suma de las partes. Se enfoca en el desarrollo de lo espiritual, intelectual, físico y social. El término “persona integral” conlleva importantes implicaciones. Aunque se pueden identificar aspectos distintivos de la persona, la noción de desarrollo integral asume la integración efectiva o el entretejimiento de cada elemento con los demás. Para la mente occidental, esto presenta un desafío conceptual que tiene que ser superado.

El concepto de ministerio adquiere prominencia en los escritos de Pablo a la ekklesia o “la iglesia” del Nuevo Testamento. Debido a su función, se la llamaba koinonía, es decir, “la comunión” o “la comunidad de la fe” y “el cuerpo de Cristo”. El objetivo siempre fue la edificación, restauración y reconciliación. Las palabras de Pablo dignas de destacar, son esclarecedoras: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo […]. De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:11-16).

La palabra traducida como “perfeccionar” posee connotaciones significativas. El verbo katartismon implica sanidad. Para la mente griega, era similar a curar una extremidad quebrada o restaurar una articulación dislocada. También posee un significado político, al referirse a la unión de partes alienadas, para permitir que reine la armonía.5 En esencia, este proceso representa un cambio respecto de la alienación resultante del pecado de nuestros primeros padres. Este ministerio se concentra en Cristo. Como lo expresa Pablo con elocuencia: “Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia, y es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia, porque al Padre agradó que en él habitara toda la plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:18-20).

Tenemos que enfatizar que este ministerio de reconciliación se produce en la comunidad. Pero lo que consideramos aquí es más que una comunidad como fenómeno sociológico. William Andersen sostiene que la iglesia del Nuevo Testamento, la ekklesia, encaja en este perfil comunitario, pero lleva el argumento aún más allá. Sostiene que la escuela cristiana tiene que ser reconocida como un ministerio de toda la iglesia, reflejando los mismos elementos de la comunidad, y compartiendo el mismo objetivo final: la restauración de la plenitud o, como se expresa a menudo, “la restauración de la imagen divina en el hombre”.6

Implicaciones del ministerio

Aunque hay diferentes ministerios llamados a servir en contextos específicos –iglesia, salud, educación, asistencia social, consejería, y otros– su objetivo es el mismo: la restauración. Por ello, esos ministerios son complementarios. No son independientes y separados, sino interdependientes. A veces las suposiciones de que uno es superior a otro producen actitudes que reflejan cierta superioridad y autoridad que únicamente logran entorpecer y perturbar. Es necesario cuestionar la validez de esas suposiciones. La iglesia evangélica suele remitirse a la Reforma, pero olvida que Lutero y Calvino otorgaban a “los teólogos, los jardineros, los conserjes y los obreros” un estatus de servidores.7 Las escuelas cristianas que adoptan tal visión y misión imitan verdaderamente el ministerio de redención y restauración de Cristo mismo. Ese ministerio que posee implicaciones salvíficas. La salvación es la reconciliación en el sentido más abarcador. Como lo explica Westly: En el sentido bíblico, la salvación no puede ser entendida en formas unidimensionales, estrechas, reduccionistas y limitadas. La salvación de la que hablan las Escrituras es la novedad de vida, la plenitud en esta vida fragmentada y alienada. En el sentido bíblico, la salvación es una novedad de vida, la revelación de la verdadera humanidad en la plenitud de Dios (Colosenses 2:9), es la salvación del alma y del cuerpo, del individuo y la sociedad, de la raza humana y de toda la creación (Romanos 8:19).8

Esta perspectiva representa un desafío significativo ante la falsa dicotomía que suele presentarse entre lo sagrado y lo secular. Como afirma Harry Blamires, la mente cristiana puede ver los aspectos más seculares de la vida desde una perspectiva cristiana debido a la orientación del individuo hacia las presuposiciones y valores bíblicos, es decir, a su cosmovisión.9 George Knight sostiene que la educación cristiana es un verdadero ministerio, y que cada docente es un “agente de salvación”.10 Es también la religión en su misma esencia (del latín, religere = “volver a ligar, conectar”).

El objetivo último de la educación cristiana

La educación cristiana puede ser considerada como uno de los ministerios complementarios concebidos por Pablo (Efesios 4:11-14). El proceso que respalda a la educación cristiana en todas sus fases es la formación. El objetivo último de este proceso se expresa en ocasiones como la restauración de la imagen de Dios en los seres humanos mediante el desarrollo armonioso de las facultades mentales, sociales, físicas y espirituales.

Este objetivo concibe un proceso que implica una renovación integral en todas sus fases y aspectos. En años recientes, el término “formación espiritual” ha ganado mucho uso para describir esa renovación. Pero al adoptar el término, no estamos hablando sobre la espiritualidad nebulosa que se suele encontrar en el pensamiento posmoderno, sino del desarrollo dinámico, formativo, cimentado en la Biblia y fortalecido por el Espíritu Santo como parte de la obra compartida del Dios trino. Asume una disposición que acepta de antemano que “en [Dios] vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17:28). Dallas Willard nos recuerda que el término puede ser considerado correctamente como una “reforma espiritual” en reconocimiento a nuestros orígenes, la caída y nuestro nuevo potencial.11

En otras palabras, la formación espiritual es la recreación en respuesta a nuestro estado desesperado; la respuesta divina a través de la obra de Cristo y la convicción y capacitación del Espíritu Santo. Por lo tanto, es obra y prerrogativa del Espíritu Santo. Tal formación concuerda con la fase redentora del tema creación-caída-redención-consumación. Constituye una respuesta permanente de aceptación personal de la gracia divina manifestada por medio de Cristo en el Calvario. Es una parte esencial del plan de restauración, transformación y renovación divinas, y busca subsanar la desconexión humana producto de la caída. Nos hace reflejar la semejanza divina, la integridad personal y el servicio desinteresado, antes que la elevación de la grandeza humana, las ganancias materiales y el estatus. Este desarrollo es visto como en estado de progreso a través de las etapas de madurez y desarrollo del carácter.

Es comprensible que los docentes de matemática, ciencias, tecnología, comercio y otras asignaturas similares, se pregunten qué relación tienen sus disciplinas en el esquema general. La mayoría acepta la contribución de los docentes cristianos en una función pastoral además de sus especilizaciones pedagógicas. Pero esa función tiende a ser vista más como de carácter complementario, no integrado o pleno: es el beneficio agregado de una institución cristiana. Esta perspectiva dualista esconde un problema fundamental: la preocupación con el aquí y ahora y la preparación para la vida laboral tiende a eclipsar otras funciones, por lo cual me permito firmar que no deberían ignorarse las necesidades de este mundo, sino que son parte del todo. Defiendo una macrovisión que brinda un contexto en el cual estos elementos específicos –las disciplinas del currículum formal– son integradas y extendidas hasta la eternidad. En décadas recientes, el debate sobre el término “integración de fe y enseñanza-aprendizaje” ha sufrido altibajos. Con esto no estamos proponiendo una improvisación forzada de alusiones espirituales, lecciones objetivas y cosas similares en cada lección –en otras palabras, la pseudointegración12 –a menos que esos vínculos resulten naturales.

¿Cuál es la relación de las disciplinas aparentemente seculares del currículum con la formación espiritual? La respuesta breve es: “¡Total!” De otra manera, estamos sosteniendo el dualismo, que es inconsistente con la afirmación de Pablo de que “en [Dios] vivimos, nos movemos y somos” (Hechos 17:28). Un ejemplo destacado de esta disposición que no halla separación entre lo sagrado y lo secular es la del hermano Lawrence, el monje carmelita que “practicaba la presencia de Dios mediante el lavado de ollas y sartenes, y sirviendo a sus hermanos”. Esto no se aplica solamente a la vida religiosa. Se basa en una perspectiva integral de la vida, en la que no hay conflicto entre lo sagrado y lo secular. En este sentido, Pettit está en lo cierto cuando afirma: “Este proceso no debería estar dividido entre lo espiritual y lo físico, entre lo privado y lo público, o entre lo secular y lo sagrado. Involucra al todo de la persona: a la forma de pensar, los hábitos y las conductas, y la manera de relacionarse con Dios y con los demás. Por lo tanto, debería resultar en una vida de amor a Dios y al prójimo”.13

Pettit explica asimismo que al usar el término “espiritual”, nos estamos refiriendo a la relación dinámica, integral y madura entre el creyente individual y Dios, y entre el creyente individual y las demás personas (sean o no creyentes). Así, dos principios adquieren prominencia. En primer lugar, la formación es personal; un individuo particular es cambiado (formado) en el centro mismo de su ser (espíritu). Esta transformación de toda la vida es puesta en movimiento cuando uno coloca su fe en Jesucristo y busca seguirlo. En segundo lugar, la oportunidad de transformación que se produce en la vida del creyente se concreta mejor en el contexto de la comunidad cristiana, y está orientada al servicio a Dios y a los demás. Así, la vida entera no es vivida en reclusión monástica. Como portadores responsables de la imagen divina en todos los aspectos de nuestra vida –adoración, estudio, trabajo, recreación, servicio comunitario, actividades y expresiones culturales e interacciones sociales– que se integran armoniosamente, para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31).

Las implicaciones para el ministerio docente

El currículum formal. Una perspectiva bíblica del conocimiento reconoce tanto un orden natural como sobrenatural, donde Dios es la fuente última y esencial de toda sabiduría y virtud. Así, el verdadero conocimiento es más que un cuerpo de información fáctica y destrezas que pueden ser transmitidas, aprendidas, reproducidas y aplicadas. El verdadero conocimiento abarca elementos cognitivos, emocionales, relacionales, intelectuales, espirituales y de la experiencia, que funcionan como un todo interrelacionado. La educación cristiana busca restaurar el verdadero significado de la información fáctica como una manera de conocer a Dios y su creación, y de actuar con responsabilidad como discípulos, siervos y mayordomos entre nosotros y respecto del medioambiente creado. La distinción común entre lo sagrado y lo secular es artificial y falsa. Toda la verdad es parte del orden divino, y su presencia puede ser reconocida y practicada aun en los aspectos aparentemente seculares y mundanos de la vida. La adquisición del verdadero conocimiento lleva a entender que es manifestado en sabiduría, integridad, acciones apropiadas y adoración. El verdadero conocimiento es por naturaleza activo: conocer es hacer, y conocer es resultado de hacer.

Las instituciones educativas cristianas respetan el lugar de las disciplinas tradicionales o zonas de aprendizaje porque representan campos particulares de significado que son típicos de sus disciplinas respectivas. Estas son vistas como parte de la búsqueda humana de explorar, descubrir, entender, probar y comunicar sus hallazgos. Ronald Nelson afirma: “Cada disciplina desarrolla su propia heurística, es decir, sus propios principios y métodos de descubrimiento. Cada una traza y revisa sus propias categorías especiales, su propio sistema conceptual. Cada una aduce la prerrogativa de formular sus propios criterios para juzgar la validez de lo que sostienen los estudiosos del área. Cada una tiene su propio sentido, por más difuso y debatido que sea, de lo que requiere la integridad de la disciplina.14

Así, las disciplinas pueden ser consideradas ya sea como ventanas por las cuales ver, o ventanas de oportunidad por las cuales actuar. Como ventanas, ofrecen una oportunidad de ver o percibir y comprender algo de Dios y de su actividad. Se reflejan mediante el mundo creado, la Biblia y el conflicto cósmico, y promueven el aprecio por la herencia cristiana. Como ventanas de oportunidad, motivan respuestas, aplicaciones, expresiones y prácticas conducentes a la edificación de la comunidad, la ciudadanía, la justicia social y la mayordomía del medio ambiente y de los recursos de maneras consecuentes con los valores bíblicos. Estos valores a veces son descritos como valores del reino, porque están basados en la historia que hace el Nuevo Testamento de la vida y enseñanzas de Jesús. Por lo tanto, al planificar el currículum formal, se busca un equilibrio entre la comprensión espiritual, intelectual, física, social y emocional. Aunque algunas áreas encajan estrechamente en una categoría, a menudo son relevantes en otras categorías o “ámbitos de significado”.15 No están separadas unas de otras. Como todas hallan un origen compartido en la realidad centrada en Dios, se reconocen e involucran los vínculos entre disciplinas, en particular en la enseñanza primaria y secundaria. Esto puede ofrecer oportunidades de integración en torno a temas relevantes de estudio.

El currículum formal sirve como ámbito del verdadero aprendizaje; oportunidades de hacer conexiones, ver patrones y plenitud, formar un cuadro completo y, al hacerlo, transmitir significado.16 Tal aprendizaje refleja un movimiento del conocimiento superficial a un significado más profundo. De manera similar, la investigación sobre la función del cerebro en el aprendizaje es responsable de que las ideas y experiencias pasen a formar redes o mapas de significado que se asocian para conformar un cuadro general (o gestalt). Tales conceptualizaciones de aprendizaje nos ayudan a entender qué es la fe y cómo se desarrolla. Estas ideas no son en esencia nuevas. Fowler, por ejemplo, habla del desarrollo de historias maestras personales como parte de la fe de un individuo.17 Estas historias maestras están en el centro mismo de lo que Stephen Covey18 describe como paradigmas que afectan y motivan el desarrollo de la integridad personal del carácter, el significado y la efectividad.

La función del docente cristiano. Como educador-ministro, la función del docente cristiano es de importancia central. Además de ser expertos en sus campos docentes con la capacidad de promover y apoyar el aprendizaje en esas áreas, su función es más abarcadora e integral. Su enseñanza implica compartir las realidades y entretejer conexiones entre las disciplinas, ellos mismos y el mundo. Se espera que sean competentes en sus campos docentes respectivos, motivando y manteniendo niveles elevados de participación en el aprendizaje de una manera justa, no discriminatoria y con apoyo emocional. Serán sensibles a las implicaciones y conexiones espirituales inherentes a su área de aprendizaje. Reflejarán una disposición que está abierta a nuevas perspectivas –reflexiva y crítica– en su búsqueda de la excelencia para la gloria del Creador. Los docentes cristianos serán personas de fe e integridad; serán modelos de la cultura, el ambiente y el estilo de vida del sistema escolar dentro y fuera de sus clases. Ejercerán un ministerio individual que desarrollará y sustentará activamente a sus alumnos. Serán conscientes todo el tiempo de la influencia que tienen sobre el aprendizaje no planificado de sus estudiantes.

El ambiente de aprendizaje. Las instituciones educativas cristianas buscan brindar un ambiente de aprendizaje rico, significativo, espiritual y sensible a la cultura. Los educadores se esfuerzan por establecer conexiones entre el estudiante y la asignatura, la cabeza y el corazón; procuran desarrollar mapas de significado en la mente de sus estudiantes. Así se crea sensibilidad a la cultura, conciencia de capacidades y del lugar que ocupan dentro del gran esquema de aprendizaje. Los enfoques pedagógicos afirmarán la diversidad de intelectos y dones que comparten los aprendices, y promoverán la excelencia en todas las facetas del desarrollo. Los estudiantes trabajarán a menudo en el aprendizaje colaborativo y cooperativo, y en marcos que los motiven a interactuar dentro de una amplia gama de actividades, tanto dentro como fuera de la institución. Los docentes reconocerán y profundizarán las oportunidades de explorar nuevas perspectivas y comprensiones espirituales, tanto planificadas como casuales, y motivarán decisiones y compromisos personales en los estudiantes.

La escuela cristiana: una comunidad de fe. El aprendizaje no se limita a la clase. Una institución educativa cristiana brinda un marco o contexto cultural que mejora la calidad del aprendizaje y, por el contrario, el ambiente de la comunidad se ve mejorado por la calidad de ese aprendizaje. Al igual que la koinonía del Nuevo Testamento, la identidad personal y el bienestar físico, espiritual y psicosocial son alimentados y conservados.

Dwayne Huebner19 adopta la metáfora del tejido para describir de qué manera los individuos crean una “urdimbre de vida”, que comprende un entretejido de ideas, abstracciones, recuerdos, metáforas bíblicas y costumbres culturales derivadas de la comunidad de la fe y sus relaciones. Sostiene que la vida en la intimidad y el contexto de esas relaciones afirma un pasado personal y colectivo que, a su vez, reconoce, practica y celebra la presencia de Dios. Tales ideas son consecuentes con la case de individuos que Dios creó a su imagen, con capacidad de pensar y actuar.

Conclusión

Ser docente en una institución cristiana no califica automáticamente a nadie para ser educador-ministro. Recibir ese nombre es un verdadero honor pero también una responsabilidad que debe asumir todo aquel que siente el llamado vocacional a servir en este ministerio. Si somos honestos con nosotros mismos, necesitamos reconocer disparidades y fallas en lo que observamos actualmente en la educación cristiana. El desafío será permanecer firme y resistir la marea secular, las amenazas y la influencia de los que buscan comprometer el potencial de las escuelas cristianas auténticas. Solo en este contexto esa vocación y servicio podrá ser verdaderamente un “ministerio”.

Don Roy (Ph.D., Universidad Deakin, Victoria, Australia) es profesor titular asociado en el Colegio Superior Avondale, Australia. Su dirección electrónica: doncroy@gmail.com.

REFERENCIAS

  1. H. Blamires, The Christian Mind: How Should a Christian Think? (Ann Arbor, Michigan: Servant Books, 1978). Ver J. Stott y R. McCloughry, Issues Facing Christians Today, cuarta edición. (Grand Rapids Michigan: Zondervan), pp. 59-67; D. Gill, The Opening of the Christian Mind (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press, 1989); A. Holmes, The Making of a Christian Mind, (Downers Grove, Illinois, 1985); J. Moreland, The Kingdom Triangle: Recover the Christian Mind, Renovate the Soul, Restore the Spirit’s Power (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2007).
  2. Ver el comentario de Barclay de Romanos 12:2. W. Barclay, The Letter to the Romans: Daily Study Bible (Edinburgh: The Saint Andrew Press, 1966), pp. 167-171.
  3. Ver D. Roy, “Christian schools–a world of difference”, TEACH: Journal of Christian Education 2 (1) pp. 38-44.
  4. Augustine, Las confesiones de San Agustín, Tomo 1.
  5. Barclay, pp. 176, 177.
  6. W. Andersen, “From Gospel Into Education: Exploring a Translation”, Partes 1 y 2, Journal of Christian Education, Monografías 79 (Abril) 1984: 26-37 y Monografías 81 (Octubre) 1984: 11-19.
  7. A. Mackenzie, Faith and Work: Martin Luther/John Calvin. Extraído de http://workliferhythm.org/cc/article/0,,PTID331328_CHID808482_CIID1789804,00.html;
  8. D. Westly, A Theology of Presence: The Search for Meaning in the American Catholic Experience (Mystic, Connecticut: Twenty-Third Publications, 1988), pp. 69, 70.
  9. Blamires, op. cit.
  10. G. Knight, Philosophy & Education: An Introduction in Christian Perspective (Berrien Springs, Michigan: Andrews University Press, 2007).
  11. D. Willard, Renovation of the Heart: Putting on the Character of Christ (Leicester, England: InterVarsity Press, 2002).
  12. D. Wolfe, “The line of demarcation between integration and pseudointegration”, en Harold Heie & David Wolfe, The Reality of Christian Learning (Grand Rapids, Michigan: Wm. B. Eerdmans, 2004); también R. Harris, The Integration of Faith and Learning: A Worldview Approach (Eugene, Oregon: Wipf and Stock, 2004).