Dales algo de la verdad

Testimonio de un padre acerca del significado y la relevancia de la educación cristiana

Cuando John Lennon cantaba apasionadamente “dame algo de verdad, lo único que quiero es la verdad…” no parecía pedir demasiado. Sin embargo este hombre buscó afanosamente a través de varias formas –desde usar el LSD a la meditación trascendental– con el fin de descubrir la verdad, pero su cosmovisión permanecía irremediablemente confusa. En la canción “Give peace a chance”, cantaba contra la fe; en una de sus últimas canciones “Grow old with me”, cantaba dulcemente “Dios bendiga nuestro amor”. Entonces, ¿cuál de los dos era su norte? ¿Un mundo material sin Dios o un mundo espiritual con él? ¿O es que vivimos en un mundo en el que ambas verdades contradictorias pueden coexistir al mismo tiempo?

Está fuera de moda hablar siquiera de la idea de verdad. En nuestra modernidad todo se trata por varios caminos, verdades personales que no tienen espacio externo; diferentes ideas de igual valor del bien y el mal; pequeñas verdades mutuamente excluyentes que coexisten. La verdad, dicen, es la primera víctima fatal de las guerras ya que la idea de la verdad fue la primera, y más profunda víctima de la revolución cultural occidental de la década del 1960. Los resultados continúan viéndose.

Cuando mi esposa estaba haciendo su doctorado en la Universidad de Maryland (EE. UU.) tenía un profesor que muy orgullosamente anunciaba que ya no veía el bien y el mal –sólo tonos de gris. ¿Me pregunto qué tono de gris habrá sido el Holocausto en su mente? ¿Y los ataques terroristas? ¿Supongo que serían tonos bastante oscuros de gris? ¿Y qué del abuso de menores o violaciones; el canibalismo o la esclavitud; la tortura o la persecución?

Tan absurda como puede ser esta zona de “tonos grises” en relación a la verdad, cuando se aplica a eventos marginales se torna necesaria, si es que abandonamos el concepto de verdad. Porque si admitimos que algunas cosas están mal, esto implica que hay algunas cosas que están inequívocamente bien. El concepto de una verdad que trasciende la experiencia personal o los prejuicios culturales es un anatema para quienes se dedican al desmantelamiento de los viejos paradigmas de la sociedad occidental o específicamente el paradigma cristiano. Debemos reconocer que han hecho un trabajo fabuloso en este sentido. Al término de los disturbios de Londres en el 2011, Gran Bretaña pasó por un período de intensa búsqueda personal. ¿Por qué se unieron personas de todos los orígenes y participaron en ese vandalismo y destrucción? Se dieron muchas causas posibles, pero la principal de ellas fue el abandono generalizado de la idea del bien y el mal –la idea de una verdad que trasciende al momento o al individuo.

Del mismo modo, la anarquía sexual que se ha vuelto endémica en el mundo occidental, se basa en una idea simple: mientras las personas quieran hacerlo, está bien hacerlo. Por supuesto, la posterior explosión en las enfermedades de transmisión sexual, las estructuras familiares inestables, el abuso de los niños (que es particularmente frecuente cuando el hombre de la casa no es el padre de los niños) y las demás tragedias que siguieron, han destruido millones de vidas y han minado la fortaleza de nuestra sociedad. Pero lo curioso es que a pesar de que estos resultados de mal comportamiento –me atrevería a decir: inmoralidad– son criticados de buena gana en la sociedad educada, la anarquía sexual que garantiza los resultados devastadores está, para muchos, más allá de cualquier reproche.

La verdad como guía

Pero no todos han comprado esta audaz y nueva realidad líquida, en la que la verdad en relación a cualquier cosa que no sea la realidad física no sólo es difícil de alcanzar sino que no existe. Ni todos creen que todos los códigos morales son igualmente válidos. Ni todos han adoptado la práctica intelectual negligente que transforma reivindicaciones mutuamente contradictorias en reivindicaciones iguales y simultáneamente válidas. Ni todos creen que todas las cuestiones de la moralidad y la espiritualidad flotan dentro de una amorfa nebulosa gris. Algunos de nosotros todavía creemos en lo correcto e incorrecto, en una inmutable guía de la moralidad, en que las verdades morales y espirituales son las verdades más importantes de todas, y su comprensión y seguimiento son nuestra guía.

Y esa es la razón principal por la que, como padre, me vuelvo hacia la educación adventista, ya sea primaria, secundaria o terciaria. Cuando la educación cristiana pierde su cosmovisión única, pierde su razón de ser. Cuando abraza su carácter esencial y definitorio, es definidamente insustituible.

Esto no quiere decir que como padre quiero que se les inculque a mis hijos una cosmovisión simplista que no presenta matices, complejidades, argumentos y contrargumentos. Una educación rigurosa requiere el desarrollo de un pensamiento analítico complejo. Y eso sólo se puede lograr explorando las cuestiones, las fortalezas y las debilidades.

Sin embargo, en el entorno adventista, esta exploración debe realizarse en el contexto del paradigma cristiano, al igual que la exploración en las universidades seculares se produce, sin duda, en un paradigma materialista. Si yo quisiera que mis hijos exploraran cuestiones complejas dentro de un paradigma materialista, me ahorraría el dinero que pago por la educación de ellos y los enviaría a entornos seculares. Nos sacrificamos, por lo tanto, no porque queremos simplicidad, sino porque queremos que la complejidad de la vida sea explorada desde una perspectiva cristiana, dentro del paradigma cristiano.

Por supuesto, no estamos solamente buscando la educación cristiana para ofrecer una perspectiva; también estamos buscando otros dos aspectos críticos. El primero es una experiencia académica de calidad. El segundo es un ambiente enriquecedor e individualista.

Debo admitir que soy un poco fatalista cuando se trata del rendimiento académico. Fui acarreado a través de nueve escuelas durante mi educación primaria y secundaria. Para hacer las cosas un poco más complejas, estas escuelas estaban en cinco países y tres continentes. Esta casi incoherente educación, aparentemente no me perjudicó demasiado, si es que siquiera lo hizo. Y supongo que me puede haber enriquecido.

Recibí mi título de grado en la prestigiosa Escuela Darden (Universidad de Virginia, EE. UU.) y más tarde me gradué en una de las mejores facultades de Derecho del país. Imagino que algunos suponen que podría haber hecho mejor académicamente si hubiera ido a escuelas primarias y secundarias de élite, pero en realidad lo dudo. Los niños y adolescentes que conocí en las escuelas adventistas que estaban motivados hacia el estudio tuvieron excelentes resultados académicos –abogados, médicos, empresarios, etc. No creo que sea la fama de la escuela la que haga una enorme diferencia en la trayectoria académica/profesional de los estudiantes.

Educación ideal

Para mí, la educación primara ideal involucraría profesores competentes que aseguren la adquisición de asignaturas básicas –lectura, escritura, suma, resta, multiplicación, división– y luego mucho tiempo para explorar cualquier otra cosa que le guste al estudiante. No involucraría ningún deber para la casa –dado que los estudios sugieren que es una pérdida de tiempo y hace la vida miserable. Aún más importante, impide que los niños hagan lo que mejor saben hacer: jugar, explorar e imaginar.

El futuro pertenece a los que pueden pensar de forma creativa y no a los que solo pueden replicar con precisión. El mundo está abierto para quienes resuelven problemas y los que sueñan en grande. Espero que mis hijos puedan experimentar eso en su educación.

Una de las mayores fortalezas de la educación cristiana es que las escuelas tienden a ser más pequeñas. Por lo tanto, los estudiantes generalmente no se pierden en la multitud. Esa es una característica que aprecié como estudiante y que ahora aprecio mucho más como padre. Me gusta que todos los maestros de la escuela primaria de mis hijos conozcan sus nombres. Aprecio que todos los niños de los grados más bajos a los más altos se conozcan entre sí. Nadie es un “don nadie”; cada individuo cuenta. Que así sea siempre en la educación adventista. La educación a escala industrial no es superior a un producto artesanal.

Antes de terminar, vale la pena señalar que es fundamental que todas las escuelas tengan en cuenta la realidad de las familias en que los dos padres trabajan. Sería útil, si las escuelas ofrecieran actividades como opción después de la escuela –natación, gimnasia, clases de música, gimnasia artística, fútbol, un idioma extranjero– para aliviar la carga de los padres que trabajan. Además, dichos programas podrían atraer a los niños de la comunidad y suelen ser rentables. Por ejemplo, mis hijos actualmente asisten a dos programas extracurriculares en una escuela anglicana cercana a nuestra casa. Pero sería tanto más fácil para los padres que trabajan que dichos programas se ejecutaran en la misma escuela. Lo mismo ocurre con los programas de vacaciones de verano.

Conclusión

No sólo estoy satisfecho, estoy encantado con la educación que mis hijos están recibiendo en una escuela adventista donde Cristo está presente en cada aspecto de la educación a la vez que el nivel académico es sólido. Ojalá todos los niños del mundo pudieran experimentar el tipo de educación que ellos están disfrutando.

James Standish ( JD, Universidad de Georgetown , MBA de la Universidad de Virginia) escribe desde Sídney, Australia. Es el director de Comunicaciones y Asuntos Públicos de la División del Pacífico Sur de los Adventistas del Séptimo Día y es el editor del Adventist Record. Este testimonio fue publicado originalmente en TEACH Journal of Christian Education, y se reproduce aquí con permiso. E-mail: JamesStandish@adventistmedia.org.au.