EDITORIAL

Diálogo celebrando un ministerio ininterrumpido

De los 25 años de vida y ministerio de Diálogo, tuve el gran privilegio de colaborar veintidós años editando los artículos, y por ello tuve una conexión íntima con sus argumentos filosóficos y aseveraciones teológicas. Cada uno a su manera –en cada revista– me fue desafiado a pensar y repensar, y luego a reafirmar en mi vida y ministerio personal la esencia del adventismo. Por lo tanto, Diálogo para mí no es solamente una revista en la cual trabajé sino un llamado a vivir y reflejar la esencia adventista.

El objetivo filosófico que Diálogo expuso valientemente durante un cuarto de siglo, ofreció a los jóvenes adventistas en instituciones seculares una manera de lidiar con cuestiones que atañen a la identidad personal y a la responsabilidad comunitaria. Ya se trate de José en el atractivo hogar de Potifar, Daniel en el foso de los leones o en el palacio imperial, o Esther en un concurso de belleza y la subsiguiente batalla espiritual, la situación a la que cada hijo de Dios se enfrenta en una tierra extraña es: ¿quién soy y a quién pertenezco? La posesión y la mayordomía son dos factores filosóficos determinantes que controlan los contornos de nuestra vida presente y la guían hacia un futuro cierto y seguro. Ninguna filosofía humana puede dar una respuesta concreta y segura a tales preguntas y la única conclusión definidamente cierta proviene de la afirmación bíblica acerca de la creación humana: “Entonces dijo Dios: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza’” (Génesis 1:26, RV).

“Hechos a imagen de Dios”, ofrece la forma más elevada de dignidad a los seres humanos. La ciencia no lo puede igualar; la filosofía no puede razonarlo; la economía no puede asignar valor. Los seres humanos no son accidentes cósmicos, no son la colocación acumulativa de átomos, no son materia sin sentido, no son animales. Son los hijos de Dios. Son obra de sus manos y la posesión más preciada del Infinito, quien los ha hecho a su imagen. Esa imagen significa que el Creador había elegido compartir parte de su propio carácter con sus criaturas: creatividad, libertad, responsabilidad, conciencia, conocimiento. A diferencia de los animales, los hombres y las mujeres se hallan en el centro de la existencia, y contemplan el pasado, el presente y el futuro. La historia, la acción y la esperanza son parte de la experiencia humana.

Durante 25 años, Diálogo ha proyectado la creación de Dios como la fuente fundamental de significado y relevancia de la vida humana.

Eso no es todo. La Biblia no sólo presenta el alto nivel en el que Dios puso a los seres humanos desde su creación, sino también el bajo nivel en el que se han hundido como consecuencia de su propia elección. Si la creación posiciona a los humanos como hijos de Dios con toda la gloria y dignidad, la elección que los seres humanos han hecho –rebelarse contra Dios y volcarse en el pecado– los ha convertido en objetos indefensos de la depravación y la muerte. Isaías pinta un cuadro espantoso de esa depravación: “Toda cabeza está enferma y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza, no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga” (Isaías 1:5, 6).

La depravación en todo su espanto no es el destino que Dios planeó para los seres humanos. A pesar de los pecadores en constante rebelión contra su Creador, la antropología bíblica no deja a los seres humanos con los resultados de su terrible elección. En Génesis, a la par que presenta la situación de los seres humanos también proclama con alegría que el Creador ha tomado la iniciativa redentora para ofrecer a los humanos la opción de regresar al hogar, a la gloria (Génesis 3:15). Los hombres y las mujeres, por lo tanto, no están indefensos; no están abandonados; no se quedan solos. Son redimidos por la preciosa sangre de Jesús (1 Pedro 1:19).

Durante 25 años, Diálogo ha proclamado consistentemente una antropología bíblica –una creación celebrada por el canto de los ángeles, una caída que hirió el corazón de Dios, una redención que costó la vida de su Hijo y una escatología que promete la renovación total.

En el contexto de esa cosmovisión bíblica –centrada en Dios, basada en la Biblia, redentora y escatológica– Diálogo ha servido a los estudiantes adventistas en las instituciones seculares, consolidando su fe, incrementando su búsqueda de la verdad, permitiéndoles ser testigos vivos de un Dios que se interesa por ellos. Este ministerio debe continuar.

John M. Fowler, editor Diálogo

John M. Fowler (Ed.D., Andrews University) ha editado Diálogo durante los últimos veintidós años. Contribuyó con un Informe de Acción para la edición inaugural de Diálogo (1989) vol. 1, y produjo muchos artículos. E-mail: fowlerj@gc.adventist.org.