¿Qué pueden aportar los adventistas en materia de mayordomía ambiental?

Los adventistas del séptimo día reconocemos y apoyamos el llamado bíblico a cuidar los ambientes naturales. Participamos del cuidado de la naturaleza de diversos modos tanto a nivel individual como corporativo. ¿Puede la iglesia hacer más para promover el cuidado de la naturaleza? Sí puede, y es hora de hacerlo.

Los adventistas del séptimo día fundamentamos nuestras creencias en la Biblia, a la que consideramos inspirada por Dios. Por lo tanto, la manera en que entendemos la mayordomía del medioambiente está arraigada en la concepción bíblica del mundo. El presente artículo resume lo que tenemos para decir en materia de mayordomía ambiental, guiados por nuestra manera de entender la Biblia y orientados por las informaciones que nos provee la ciencia.1

El mundo es producto de una creación y no de un accidente y tiene valor para su Creador.

Dado que la Biblia revela a Dios como diseñador y creador del universo, incluyendo la vida y los sistemas que la hacen posible en nuestro planeta, los adventistas creemos que el mundo es resultado de una creación, no de un accidente (Génesis 2:2, 3).2 Repetidas veces Dios declaró que sus actos creadores eran “buenos” antes de crear a los seres humanos, o sea que incluía tanto componentes vivientes como inertes (Génesis 1:4, 10, 12, 18, 21, 25, 31), lo que muestra que para él son importantes todos los aspectos del mundo creado, no solo los seres humanos. Además, concedió su bendición a todos los seres vivientes, comenzando por los animales creados en el quinto día de la semana de la creación (Génesis 1:22), y prosiguiendo con los seres humanos el día sexto (vers. 28). Dios bendijo también el sábado, que habría de servir como recordativo perpetuo de que es el Creador y que toda su creación es importante para él.3

El amor y cuidado que Dios tiene para con el mundo creado se expresan repetidamente en la Biblia: Job 40, 41;

Jonás 4:10, 11; Salmos 36, 96, 104, 145, 147, 148; y las palabras de Jesucristo en Mateo 6:26; 10:29 y Lucas 12:6. Cuando la maldad humana hizo peligrar la existencia de los animales, muchos seres vivos fueron preservados milagrosamente por Dios durante el diluvio universal (Génesis 6). Por medio de distintos profetas Dios formuló advertencias sobre las consecuencias ambientales del pecado (Isaías 24:5, 6; Oseas 4:1-3). Debido a que Dios amó al mundo es que envió a su Hijo para redimirlo (Juan 3:16) y prometió que a su tiempo restauraría su creación original, y no solamente los seres humanos (Isaías 11:6-9; Ezequiel 36:33-35; Romanos 8:19-23).

El mundo creado no es ni sagrado ni malo, sino el medio de alcanzar los fines del Creador.

Las filosofías relacionadas con el gnosticismo en la antigüedad hacían residir el mal en la materia. Las que estaban vinculadas al panteísmo de las religiones orientales pensaban que los objetos animados o inanimados son vehículos de lo divino y por lo tanto son todos sagrados. En completo contraste, la posición bíblica afirma que tanto los aspectos animados como inanimados del mundo no son ni sagrados ni malos. La Biblia declara audazmente que la Tierra y todo lo que ella contiene no es Dios sino que pertenece a Dios, el dueño y señor de su creación (Salmo 24:1; 1 Corintios 10:26). Los parámetros finamente ajustados que condicionan el universo y los ingeniosos ciclos biogeoquímicos de nuestro planeta producen una homeostasis biogeoquímica que perpetuamente mantiene la vida, mostrando así la intención divina de hacer la Tierra “para que fuese habitada” (Isaías 45:18).4 De ese modo, el mundo creado no es sagrado ni malo, sino el medio de alcanzar los fines del Creador, que fueron los de crear un planeta pleno de seres vivos y dotado de seres inteligentes hechos a la imagen de Dios que habrían de administrar el planeta (Génesis 1:26).

El sábado es un testimonio conmemorativo de la Creación y un recordativo perpetuo de nuestra obligación de cuidar el mundo creado.

Los adventistas asumimos el compromiso de guardar el cuarto mandamiento. Esto significa acordarnos del día de reposo, santificar el séptimo día, y abstenernos de trabajar en él (Éxodo 20:8-11).5

Las bendiciones del séptimo día se extienden a todo el mundo creado, no solo a los seres humanos, porque el día de reposo sabático representa un recordativo del modo en que Dios hizo provisión para todos sus seres creados, incluyendo el descanso para las bestias de carga (Éxodo 23:12). Libres de las faenas diarias, los adventistas a menudo pasamos parte del reposo sabático explorando la naturaleza e instruyéndonos sobre el mundo creado, alimentando de ese modo una relación íntima con el Creador. La conmemoración semanal del sábado nos recuerda que nuestras vidas dependen de los sistemas de sostén para la vida del planeta, y que debemos adoptar un enfoque integral en nuestra relación con el mundo creado.

Somos parte de un mundo creado, pero colocados en una posición especial a fin de que lo administremos en forma responsable.

Poco después de crear al hombre, Dios le otorgó señorío (versión Reina Valera) y lo puso en una posición de dominio (Génesis 1:26, 28). Por cuanto esta tarea le fue otorgada antes de que el pecado entrara en el mundo (Génesis 3), antes que hicieran falta pieles para vestirse (vers. 21) y mucho antes de que se permitiera a los seres humanos dar muerte a los animales para alimentarse (Génesis 9:3), este dominio es claramente un mandato para la administración responsable del planeta y no un permiso para saquear sus recursos.

Una vez que el hombre fue colocado en el huerto del Edén, se le mandó que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15). Más tarde, Dios mandó a su pueblo que tomara cuidado de la Tierra (Éxodo 23:10, 11; Levítico 25:2-7, 23, 24) y que tratara a los animales con bondad (Éxodo 23:5, 12; Números 22:23-33; Deuteronomio 25:4; Mateo 12:11). Estos pasajes muestran con claridad el deseo de Dios de que administremos la creación. No solo nos dotó con inteligencia para el estudio y uso del mundo creado para hacer nuestra vida más cómoda, sino que también nos dio la capacidad de tomar decisiones libremente, aun si algunas de estas decisiones terminan por perjudicar el mundo creado.

El concepto bíblico de esta administración abarca el manejo del tiempo, dinero, posesiones, salud y oportunidades, así como los recursos naturales.6 Sin embargo, la Biblia afirma claramente que ninguna de estas cosas nos pertenece absolutamente, sino que el mundo y todo lo que él contiene pertenece a Dios (Levítico 25:23; Salmos 24:1; 1 Corintios 6:15-20; 10:26). A causa de la codicia humana, Dios prohibió específicamente que los gobernantes acumularan equipo militar (caballos), oro o plata (Deuteronomio 17:16, 17). En su lugar, vinculó el señorío real con benevolencia hacia los débiles y necesitados (Salmos 72:8-14). Jesús, el Creador, (Juan 1:1-3), fue enviado al mundo para enseñar, curar y redimirnos, y demostró en forma práctica cómo debemos interactuar con nuestros prójimos y los demás seres con los que compartimos el planeta.

El Creador otorga valor a todas las formas de vida y ha hecho provisión bondadosa para las necesidades de todas ellas y espera que sigamos su ejemplo en el modo de tratar a otras especies.

Dios hizo provisión para las necesidades de todos los seres, no solo los humanos o los que aportan beneficios directos a los humanos (Job 38:19-41; Salmos 36:6, 104:27, 28, 147:9; Jonás 4:11; Mateo 6:26). Repetidas veces Dios nos ha hecho recordar nuestra obligación moral de tratar a los animales con bondad, proporcionándoles descanso y alimento (Éxodo 23:5, 12; Deuteronomio 25:4), rescatándolos del peligro (Mateo 12:11) y no maltratándolos (Números 22:23-33). Si bien algunos animales deben ser sacrificados para sustentar la vida humana, cualquier trato dado a los animales que cause dolor, sufrimiento o muerte para beneficio de los seres humanos o de otros animales, debe tener suficiente justificación moral. Siendo que Dios da importancia a toda su creación, debemos reconocer que los seres no humanos del mundo creado tienen su valor desde el punto de vista moral. Por otro lado, Dios considera los seres animados como más importantes que los inanimados, y la vida humana como más importante que la no humana, como se ilustra en el relato del diluvio universal y otros pasajes de la Escritura.

La vida es un don de Dios; por consiguiente, debemos respetarla y estamos moralmente obligados a protegerla y preservarla. En consecuencia, jamás debiéramos dar muerte o dañar a un animal por mera diversión o placer. Siempre debiéramos sustentar y jamás maltratar un animal que esté a nuestro cargo. Alzamos objeciones contra cualquier trato inhumano que se dé a un animal en la industria agropecuaria, en la investigación biomédica o de cualquier otro tipo, y en la industria de las mascotas. Los cristianos que tienen amplio acceso a un régimen alimenticio de base vegetal –el que Dios planeó originalmente– debieran abstenerse de consumir animales o al menos consumir menos productos animales. Un régimen vegetariano tiene mucho menos impacto en el medioambiente que el basado en la carne.7 Sin embargo, algunas poblaciones humanas no tienen más remedio que consumir carne. Si bien es cierto que la ingeniería genética puede ayudar a subvenir a las necesidades de los enfermos y los hambrientos en forma más efectiva (Mateo 25:34-36), es necesario que se hagan estudios antes de adoptar las prácticas correspondientes para verificar que los beneficios superen en mucho cualquier efecto potencialmente adverso sobre la salud o el medioambiente.

El bienestar abarca no solo el cuerpo, la mente y el espíritu, sino también el medioambiente, puesto que los ecosistemas son indispensables para sustentar la vida humana.

Por cuanto nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19, 20), los adventistas creemos que debemos cuidar el cuerpo en forma inteligente.8 Esta posición, combinada con esfuerzos para aliviar el sufrimiento, nos motiva a los adventistas a adoptar un énfasis distintivo en la salud humana, siguiendo el modelo del ministerio sanador de Jesucristo.

El concepto integral del bienestar abarca cuidar en forma diligente las necesidades físicas, emocionales y mentales que están entrelazadas irrevocablemente con los ambientes en que vivimos. Ambientes sanos proporcionan recursos naturales y procesos que sustentan la vida humana. A estas ventajas se les da el nombre de servicios del ecosistema. Los ambientes insalubres rinden menos servicios de ecosistema y pueden promover las enfermedades y el debilitamiento. La mayoría de la gente no piensa en los abundantes servicios del ecosistema de los cuales dependemos diariamente. Entre otros, la provisión de alimentos y agua, la polinización de las plantas nativas o cultivadas, el reciclado de las sustancias nutritivas en la naturaleza, la disminución del impacto de los extremos climáticos (que abarca mitigar los efectos de sequías e inundaciones), protección contra la erosión, control de plagas y organismos patógenos, descomposición y eliminación de la toxicidad de residuos, purificación del aire y del agua, y mantenimiento de la diversidad biológica. Estos son servicios, de los que gozamos gratuitamente aunque se ha hecho una tasación de los mismos que sobrepasa los miles de millones de dólares.9 Sin ellos –porque se están degradando rápidamente y no pueden sustituirse fácilmente– la calidad de nuestra vida disminuiría marcadamente.

El estado actual del mundo creado es imperfecto, contra la voluntad del Creador.

Poco después de la caída de Adán y Eva en pecado, se hicieron evidentes cambios a todo nivel; se deterioró el mundo creado con la aparición prominente de la muerte en los ciclos que gobernaban la vida. Cuando comparamos la condición actual de la naturaleza con las descripciones del Edén (Génesis 1:30), y con las condiciones que poseerá después de su restauración (Isaías 11:6-9), no hay dudas de la imperfección del estado actual del mundo. En palabras de Pablo: “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto” (Romanos 8:22). Dios entonces recurrió al diluvio universal. Este fue necesario, entre otras cosas, porque “se corrompió la Tierra delante de Dios” (Génesis 6:11) debido a la acción humana: “porque la Tierra está llena de violencia a causa de ellos” (Génesis 6:13). Con el arca de Noé, Dios se proponía perpetuar las formas de vida, y una vez que salieron prometió “No volveré más a maldecir la Tierra por causa del hombre […] ni volveré más a destruir todo ser viviente” (Génesis 8:21). Es evidente que Dios lamentó la corrupción de la Tierra causada por el hombre.

Hoy, muchos científicos creen que enfrentamos una de las mayores extinciones masivas de especies de todos los tiempos, que resultará en un desastre ecológico y una crisis de falta de biodiversidad, causada mayormente por nosotros mismos. Algunas personas, inclusive cristianos, niegan la urgencia de esta preocupación. Sin embargo, hay evidencias abrumadoras de que los humanos han contribuido mucho al ritmo acelerado de extinción de especies mediante la degradación de los hábitats, la introducción de otras especies exóticas, la contaminación excesiva, la explotación irrazonable y la difusión de plagas y enfermedades.

La administración responsable del mundo creado implica decisiones que exigen el mayor cuidado al juzgar costos y beneficios.

La huella negligente que los seres humanos imprimen sobre este planeta ha alterado en forma significativa gran parte del mundo creado. Dios ha otorgado los inmensos recursos para nuestro beneficio, con el propósito de que enriquezcan nuestras vidas y ayuden a subvenir a nuestras necesidades. Pero surgen conflictos en dos niveles al determinar el mejor uso de estos recursos naturales: las decisiones individuales y las que toman los gobiernos locales o nacionales. Inevitablemente, las decisiones que hacemos reflejan intercambios de costos y beneficios que exigen nuestro juicio más cuidadoso. El punto hasta el que usamos recursos hoy puede tener profundas consecuencias en nuestra economía y calidad de vida, pero a costas de los ocupantes no humanos del planeta. El uso que hacemos hoy de los recursos también puede afectar la disponibilidad de los mismos para futuras generaciones humanas.

Nuestros valores y actitudes influyen en gran medida en nuestra evaluación de costos y beneficios, y esto requiere que nos esforcemos al máximo para identificar y seguir los principios bíblicos. En los extremos opuestos se hallan los que apoyan íntegramente una agenda ambientalista, y los que se mofan de ella; pero también hay matices intermedios. Quienes se tienen por conservadores en el ámbito político, social y fiscal –lo que incluye a mucha gente religiosa– suelen desligarse de su responsabilidad personal hacia el ambiente y resistir las políticas gubernamentales orientadas a proteger el medioambiente. De hecho, este grupo muestra menos preocupación por la degradación que el público en general.

Aunque no se ha podido organizar una deliberación formal sobre estos asuntos, es evidente que existen entre los adventistas distintas perspectivas

sobre los asuntos ambientales. Oficial-mente, la denominación ha reconocido en tres distintas declaraciones formales que existe una crisis ecológica,11 y que esta procede de “la codicia humana y el negarse a practicar buena y fiel mayordomía dentro de los límites divinos para la creación”.12 Pero no pasa de allí la orientación de la iglesia. En general se deja a cada uno el resolver sus propias cuestiones sobre el uso de los recursos y el modo de responder a la reglamentación gubernamental que pone restricciones al uso de los recursos. No hay respuestas fáciles, pero al buscar orientación en la Biblia podemos identificar tres principios fundamentales para orientar nuestras decisiones:13 (1) Dios da importancia a todos los aspectos del mundo creado, pues declaró repetidas veces que este era “bueno” (Génesis 1:10, 12, 21, 25, 31). (2) Dios espera que seamos buenos mayordomos de su creación, pues promulgó la primera ley de protección ambiental (Génesis 1:28), y también la primera ley de protección de especies amenazadas (Génesis 6:19), y amonestó a los que explotan y dañan su creación (Apocalipsis 7:3; 11:18). (3) Dios espera que hagamos uso de los recursos naturales en forma sustentable, pues afirmó que “el bueno dejará herederos a los hijos de sus hijos” (Proverbios 13:22). En resumen, los adventistas preferimos tener un estilo de vida sencillo, sano, que muestre respeto por la creación divina y sea moderado en el uso de los recursos del planeta.14

Estos principios pueden orientar nuestras decisiones cuando se trata de actividades que dejan un impacto en el medioambiente. Podemos esperar que se nos haga responsables del diseño de edificios y ciudades, o de cómo producimos, empaquetamos y distribuimos alimentos; cómo adquirimos productos y la basura que con ello generamos; nuestras decisiones en materia de viajes y entretenimientos; cómo educamos a los estudiantes con respecto al medioambiente, y cómo cuidamos de nuestra salud. Estos principios debieran afectar también la manera en que nos involucramos en las políticas de cuidado del medioambiente. Los esfuerzos individuales no pueden resolver todos los desafíos, y el proceso político es la manera en que las democracias consensuan soluciones. Para defender la sustentabilidad debemos apoyar políticas que pueden limitar el uso de los recursos naturales y esto provoca repercusiones impopulares. Simplemente cruzarse de brazos y no hacer nada para frenar el daño cada vez más rápido que se inflige al medioambiente no es una opción aceptable.

La buena mayordomía de la creación abarca la educación ambiental, investigación en pro de la conservación y manejo de los recursos naturales que incluyen tanto la acción individual como la reglamentación gubernamental responsable.

La educación ambiental suele comenzar en el hogar y la iglesia local, donde la naturaleza, que es el “segundo libro” de Dios, ha gozado tradicionalmente de apoyo. Se continúa reforzando a nivel primario y secundario, especialmente al participar de programas y actividades donde se anima a tener comunión con la naturaleza y estudiarla. Algunos de nosotros, en nuestra niñez, gozamos de picnics frecuentes al aire libre, caminatas por ambientes naturales y visitas a zoológicos, museos y centros de interpretación de la naturaleza. También disfrutábamos al acampar al aire libre. Nuestra creciente fascinación con la naturaleza, reforzada por nuestros padres, aumentó nuestro respeto por la creación y nos protegió de malas influencias durante los años formativos.

Muchas universidades adventistas patrocinan programas de investigación y conservación de la naturaleza tales como el estudio de especies amenaza-das, acciones de conservación, educación del público sobre cuestiones ambientales, etc.

Para el cristiano, la educación ambiental debe incluir perspectivas basadas en evidencias científicas así como otras que se fundamentan en la fe. La vinculación de la actividad humana con sus consecuencias en el ambiente debe cimentarse en estudios científicos sólidos, preferiblemente aquellos que estén libres de distorsiones culturales. Se debiera incrementar la sensibilidad hacia las cuestiones ambientales mediante el llamado a la mayordomía que exponen las Escrituras, y los cristianos adventistas deberíamos ser ambientalistas ejemplares.

No se le puede echar la culpa a “la sociedad” por los problemas ambientales, porque todos estos problemas se originan en individuos. Por tanto, la solución debe comenzar individualmente. Dada la naturaleza global actual, los esfuerzos personales pueden tener un alcance sorprendentemente largo. Un lema útil es: “pensar globalmente, actuar localmente”.

Aunque tratamos de deshacer el daño que le hemos causado al planeta, la restauración final se completará solo cuando el Señor haga nuevas todas las cosas.

Dios nos ha confiado cuidar del mundo que creó y que un día recuperará (Isaías 35).15 Nuestra responsabilidad hasta ese entonces es preservar la porción de la creación que se nos confía. Si no somos capaces de cuidar este planeta, ¿podemos esperar que Dios nos confíe un mundo renovado?

Al fin del tiempo, Dios hará nuevas todas las cosas. El Edén de la creación original será restaurado. La Escritura describe una Tierra muy diferente donde no habrá muerte ni sufrimiento, donde la codicia humana ya no amenazará los recursos naturales, y donde los animales feroces no dañarán ni destruirán (Isaías 65:17-25; Apocalipsis 21:1-7). Hasta que llegue ese día, ni siquiera nuestros mejores esfuerzos serían capaces de deshacer el daño ya infligido, ni borrar la mancha del pecado sobre este planeta. Por eso aguardamos con ansias el día cuando podamos ver la biodiversidad en su máxima riqueza y disfrutemos de ecosistemas que funcionen del modo más armonioso imaginable.

Conclusión

Los adventistas reconocemos y apoyamos el llamado de las Sagradas Escrituras a cuidar del medioambiente. Practicamos el cuidado ambiental en múltiples maneras, tanto a nivel individual como corporativo. ¿Puede la iglesia adventista hacer más para promover el cuidado del mundo creado? Creemos que la respuesta es “sí”, y que el momento de hacerlo es ahora mismo. Necesitamos incrementar el diálogo entre nosotros mismos y con otros que compartan nuestras preocupaciones y metas. Necesitamos apoyar a los que emprenden proyectos meritorios que hagan progresar la educación ambiental y la administración proconservación. Debemos aprovechar el testimonio que puede aportar el cuidado de la creación, incorporándolo en forma más efectiva a otros mensajes adventistas que incluyen la salud, la educación y la evangelización.

Floyd E. Hayes (Ph.D., Loma Linda University) es profesor de Biología en Pacific Union College, Angwin, California, EE. UU. y editor jefe del periódico científico Journal of Caribbean Ornithology.

William K. Hayes (Ph.D., University of Wyoming) es profesor de Biología y director del Centro Pro Diversidad y Estudios Conservacionistas en Loma Linda University, Cali­fornia, EE. UU.

Este artículo es una versión ligeramente revisada del original que apareció como capítulo final de un libro recientemente lanzado a la circulación, escrito por intelectuales y académicos prominentes. Entrusted: Adventists and Environmental Care, eds. Stephen Dunbar, L. James Gibson, y Humberto Rasi (Boise, Idaho: Pacific Press Pub. Assn., 2013). Usado con permiso.

REFERENCIAS

  1. Agradecemos a los editores del libro mencionado por sugerir algunos de los temas principales en base a los cuales se ha organizado este artículo.
  2. Génesis 1; v.a. Creencia Adventista Fundamental Nº 6. (http://www.adventist.org/beliefs/fundamental/index.html).
  3. Creencia Adventista Fundamental Nº 20.
  4. Todos los pasajes bíblicos se citan de la versión Reina-Valera 1960.
  5. Creencia Adventista Fundamental Nº 20.
  6. Creencia Adventista Fundamental Nº 21.
  7. Ej. H. Marlow, W. Hayes, S. Soret, R. Carter, E. Schwab y J. Sabaté, “Diet and the environment: Does what you eat matter?” American Journal of Clinical Nutrition 89 (2009): 1699S-1703S.
  8. Creencia Adventista Fundamental Nº 22.
  9. R.Costanza, R. d’Arge, R. de Groot, S. Farber, M. Grasso, B. Hannon, K. Limburg, S. Naeem, R. O’Neill, J. Paruelo, R. Raskin, P. Sutton, M. van den Belt, “The value of the world’s ecosystem services and natural capital”, Nature 387 (1997): 253-260.
  10. J. Guth, J. Green, L. Kellstedt, C. Smidt, “Faith and the environment: Religious beliefs and attitudes on environmental policy”, American Journal of Political Science 39 (1995):364-382; P. Schultz, L. Zelezny, N. Dalrymple, “A multinational perspective on the relation between Judeo-Christian religious beliefs and attitudes of environmental concern”, Environment and Behavior 32 (2000):576-591; A. McCright, R. Dunlap, “Defeating Kyoto: The conservative movement’s impact on U.S. climate change policy”, Social Problems 50 (2003):348-373; R. Allen, E. Castano, P. Allen, “Conservatism and concern for the environment”, Quarterly Journal of Ideology 30(3/4) (2007):1-25; D. Sherkat, C. Ellison, “Structuring the religion-environment connection: Identifying religious influences on environmental concern and activism”, Journal for the Scientific Study of Religion 46 (2007):71 -85; D. Konisky, J. Milyo, L. Richardson Jr., “Environmental policy attitudes: Issues, geographic scale, and political trust”, Social Science Quarterly 89 (2008):1066-1085; M. Peterson y J. Liu, “Impacts of religion on environmental worldviews: The Teton Valley case”, Society and Natural Resources 21 (2008):704-718.
  11. Ver apéndices en Entrusted: Adventists and Environmental Care (nota 1).
  12. “A Statement on the Environment”, la declaración de 1995 en el apéndice B, en Entrusted: Adventists and Environmental Care (nota 1).
  13. J. Baldwin, “Keepers of the garden: Christians and the environment”, Dialogue 14:1 (2002) pp.8-11; A. von Maur, “How can we build and dwell as stewards of the natural environment?” Cap. 16 en Entrusted: Adventists and Environmental Care (nota 1).
  14. “A Statement on the Environment”, apéndice B en Entrusted: Adventists and Environmental Care (nota 1).
  15. Creencia Adventista Fundamental Nº 28.