Una nueva “trinidad”

“Diálogo ya es mayor de edad”, dice el autor que estuvo entre los que colaboraron con el primer número. Al mismo tiempo plantea un interrogante que todos los lectores harían bien en considerar: ¿Será que yo también maduré en estos años? ¿Será que mi fe se desarrolló al ritmo de mi propia vida?

¡Muchas felicitaciones a Diálogo al celebrar sus bodas de plata! Y muchas gracias a los editores y colaboradores que tanto han hecho para producir una revista que apoya la vida de fe de un buen número de estudiantes. En una universidad uno puede encontrarse con ambientes intelectuales y sociales que tienden a marchitar la flor de la fe, y tener que lidiar con cierto tipo de soledad. Por el contrario, Diálogo ha brindado un acompañamiento muy importante.

Cuando en 1989 me pidieron que escribiera un artículo para una revista que iba a comenzar a existir, con gusto accedí a compartir con los lectores algo de mi propia experiencia. Pero estaba un poco nervioso, como supongo les pasa a los que colaboran con cualquier revista “volumen 1, número 1”. Ahora la situación ha cambiado. Diálogo ya es mayor de edad. La pregunta que debo hacerme es: ¿Y yo? ¿También he madurado en estos 25 años? ¿Y mi fe? ¿Maduró al mismo ritmo de mi vida?

Algunas de las cosas que nos satisfacen en la “mañana” de la vida pueden resultar inadecuadas al acercarse el “atardecer”. En los años que transcurrieron desde entonces, he educado a hijos que hoy son adultos, después me hicieron abuelo, perdí a un buen número de familiares y amigos, y experimenté también otros tipos de pérdidas. También tuve muchas alegrías que no podía ni imaginar hace 25 años. Más allá de mi pequeño mundo, cayó el muro de Berlín, la tecnología se ha introducido en nuestras vidas en maneras que nadie hubiera imaginado, y nuestro planeta se ha vuelto más frágil de lo que jamás creímos. ¿Cómo ha respondido mi fe a todo esto?

El primer artículo: fe, razón y vulnerabilidad

Acabo de releer mi primer artícu-lo, “Fe, razón y vulnerabilidad”. “Fe” y “razón” son mellizos con los que nos encontramos a menudo. “Vulnerabilidad” era un miembro inesperado de esta “trinidad”. Mi preocupación era si mi fe, al igual que una capa de hielo sobre un lago, sería capaz de sostener el peso de mi exigente vida cotidiana. Mi fe necesitaba dar razón de sí misma, ser inteligente aunque no meramente racional. No había manera de dejar de lado las cuestiones difíciles. Mi fe necesitaba responder a los aportes de diversas disciplinas, sin dejarse intimidar por ellas.

También necesitaba abarcar distin-tos tipos de inteligencia. Una vida de fe no es solamente una cuestión cerebral sino apela a los recursos de las emociones, la voluntad, la intuición, nuestro ser social y nuestro sentido estético. Uno de los grandes dones que me ha brindado la educación adventista es comprender que la vida es multifacética, porque somos personas enteras, integradas.

Fe e incertidumbre

Mis inquietudes no han cambiado. Deseo afirmar que no tenemos nada que temer por abrirnos al amplio mundo. Deseo afirmar que tener fe no siempre indica que tendremos certezas. Ese concepto de que tener fe nos alivia de toda incertidumbre es radicalmente falso. Tenemos que hacer juicios y asumir compromisos de importancia crucial. Tenemos que convivir con preguntas sin respuesta, algunas de las cuales son perturbadoras. Pienso que es importante enfrentar la pregunta que sea correcto plantearse, aun cuando en el momento no se encuentre la respuesta.

Ahí es donde está la vulnerabili-dad de la que hablo. A veces la fe no se halla cómoda con los avances que aparecen en el mundo que uno está estudiando. Eso puede ser muy conflictivo. Algunos abandonan la fe como algo que no puede sustentarse en el mundo académico moderno, o abandonan la comunidad de fe porque la perciben como inadecuada. Comprendo la situación de muchos a los que la fe se les ha escapado, o han dejado la iglesia, aunque lamento mucho la decisión que han tomado. Muchos se dan por vencidos, porque no lograron armonizar su fe con la vida cotidiana, y porque la comunidad de fe no fue capaz de entender la lucha que enfrentaban. Pero quiero decir que tales disonancias no debieran ser motivo para darse por vencidos.

Una nueva “trinidad”

Por eso quisiera ofrecer una nueva “trinidad” para este momento. Tiene un miembro en común con la de 1989. La “vulnerabilidad” –ya descrita– es el hilo que las vincula. David Ford, en su libro The Shape of Living, dice que al vivir la vida cristiana en el mundo moderno tenemos que saber que muchas veces nos sentiremos abrumados. El bautismo por inmersión es la ceremonia de iniciación que simboliza esa experiencia de sentirnos abrumados. El hecho de que el mundo en que vivimos diariamente nos abrume –avances tecnológicos, horrores de la guerra, catástrofes naturales, sufrimiento, fracasos personales, o desaliento– se hace soportable por el hecho de que nos envuelve la bondad y providencia de Dios.

Vamos entonces a la nueva trinidad: hospitalidad, gozo y vulnerabilidad. Estos, en mi opinión, son tres rasgos importantes de la vida de fe que quisiera tener, como también la clase de iglesia a la que deseo pertenecer.

Hospitalidad

En primer lugar, mi idea de la hospitalidad no está limitada, a brindar generosamente alimento y albergue a otros en mi casa –aunque también lo incluye. “Hospitalidad”, al igual que hospital y hospicio, derivan de hospedar. Los tres términos se relacionan con dar la bienvenida a necesitados de distinto tipo. Escuchar atentamente es una forma de hospitalidad; una manera de dar la bienvenida que se está haciendo cada vez más rara. Muy a menudo estamos esperando la oportunidad de pronunciar nuestro propio discurso, buscando la manera de pasar a otro tema más cómodo. Pero estar presente ante otra persona, sus necesidades, intereses, alegrías y penas, es una forma de hospitalidad.

La hospitalidad abarca dar la bien-venida a aquellos que difieren de nosotros en educación, trasfondo cultural o personalidad. Esto puede resultar complicado. Sentimos que no son amistades para incluir en nuestro círculo porque suelen ser todo lo que nosotros no somos; hasta podemos sentir temor anticipado por lo que nos puedan pedir.

En la Biblia tenemos un claro mensaje de que debemos buscar la manera de darles la bienvenida. Al otorgarles un espacio en nuestra vida no estamos dejando que invadan nuestra vida o nuestros valores. La Biblia enseña claramente que estos extraños a menudo nos traen dones inesperados. Uno de ellos radica en poder comprendernos mejor a nosotros mismos y a nuestro mundo. La presencia de estos extraños nos exige revisar las opiniones que tenemos de nuestro complejo mundo y renovarlas.

Gozo

El segundo miembro de mi trinidad es el gozo. He enseñado ética por muchos años. La ética trata la cuestión: ¿qué debería hacer para estar en lo correcto? Podemos consultar alguna autoridad o ley para descubrir nuestro deber. También tendremos que considerar una línea de conducta, y buscar prever sus probables consecuencias y actuar de acuerdo a ellas. Todo esto es importante si queremos vivir bien. Pero no es suficiente.

La ética tiene que ver con el carácter; trata de lo que hará una persona virtuosa en determinadas circunstancias. Por tanto, la cuestión ética fundamental es: ¿qué clase de persona debiera ser yo? Una respuesta bíblica es que una parte importante de la vida del creyente es el gozo. En el tipo de religión que practicamos es fácil concentrarse tanto en el deber, que nuestro gozo se desdibuja.

Gozo no es lo mismo que felicidad y por cierto no es la misma cosa que la diversión, aunque todos ellos están emparentados. Las diferencias no son tan fáciles de explicar en algunos idiomas en que faltan vocablos. Gozo, es algo que cala muy hondo en nuestros corazones. Puede haber gozo en medio del sufrimiento y de la tristeza. La metáfora que usa la Biblia es el parto. La incomodidad, el dolor y un aumento de las responsabilidades pueden, de todos modos, estar acompañados por gozo.

No se puede programar el gozo. Cuando viene, a menudo nos toma desprevenidos. La historia de la conversión al cristianismo de su gran apologista, C. Lewis, se titula Sorprendido por el gozo. No es algo que podamos controlar. Se lo puede encontrar en un culto de adoración o en la zona de llegada de un aeropuerto. Podemos tener esa experiencia al oír o hacer música. Podemos encontrarlo en los brazos de una persona amada. Puede hallárselo al escalar una montaña. Pero también se lo puede encontrar junto al lecho de muerte de un ser amado, o en momentos en que estamos exhaustos.

Hospitalidad, gozo y vulnerabilidad

El hilo que enlaza a los tres es que tanto la hospitalidad como el gozo nos sacan de la zona en la que nos sentimos cómodos; nos mueven más allá de donde tenemos completo control. La persona a la que damos la bienvenida a nuestra presencia puede resultar alguien difícil. Hay muchos ejemplos bíblicos de un desconocido que puso incómodo a su anfitrión. Los extraños a menudo nos traen dones, pero estos no son siempre los que anhelábamos tener. Una experiencia de gozo nos puede tomar por sorpresa. En consecuencia, tanto los actos de hospitalidad como las experiencias de gozo nos dejan vulnerables.

Gran parte de la vida moderna está estructurada para minimizar riesgos y disminuir nuestra vulnerabilidad. La verdad difícil de aceptar para una vida de fe es que por su propia naturaleza es una vida que se vive de forma vulnerable. Pero también podemos describir la vida de fe como una vida con defensas contra la vulnerabilidad, una vida inmune a los peores dolores de la vida. Seguimos a aquel que se hizo supremamente vulnerable. Dios se hizo hombre en Jesús. No se me ocurre qué otra historia más grandiosa podría haber de alguien que deliberadamente se hace vulnerable.

Vida en la universidad

Creo que la vida en la universidad tiene que vivirse de ese modo. Tenemos que dar la bienvenida a nuestra presencia a aquellos cuya concepción del mundo difiere de la nuestra, aquellos cuyo estilo de vida puede ser muy distinto. Tratar con ellos no es concordar ni condonar. La vida cristiana es una vida de riesgo. Quien quiera verla como una vida en zona segura está distorsionando las cosas.

Esta revista se llama Diálogo. Dialo-gar es compartir diferentes puntos de vista con el objetivo de buscar la comprensión mutua. Nunca se alcanza este objetivo si una de las partes cree que tiene todas las respuestas correctas. Necesita verdadera apertura hacia la otra parte. Y esa apertura puede traer verdadero gozo.

La vida de fe que estoy recomendando aquí no es fácil. Implica estar en lugares y momentos cuando se producen verdaderos intercambios sobre cuestiones muy reales. Implica tener la valentía para expresar una opinión que bien puede ir a contrapelo de la cultura predominante, así como Jesús siempre estuvo fuera de la cultura predominante. Implica ser el hazmerreír de otros a quienes nuestro concepto de la vida les parece idealista, puritano o irracional. Implica desarrollar confianza en Dios: “Yo sé en quién he creído”.

Esto lleva a que cada uno de nosotros se convierta en esa clase de persona en que la convicción moral, la confiabilidad, la actitud amistosa, la capacidad de dar bienvenida, la inteligencia, la empatía, la consideración de las necesidades prácticas, y una verdadera presencia, se conecten todas en una vida que tendrá su propio impacto, sin necesidad de testificar artificialmente. Hay mucha gente en las universidades que responderán en forma lenta, pensativa, suave, firme y duradera, a ese tipo de testimonio que da una vida centrada en Dios.

Lamento no haberlo entendido así cuando estudiaba en la universidad. A menudo sucumbí a la tentación de correr a refugiarme entre gente que pensaba más o menos como yo, a fin de sentirme seguro. Por cierto que hay lugar para la comunión con otros creyentes. Pero los lugares donde una fe robusta se forma realmente, están en el aula, alrededor de las mesas con libros o comida, las viviendas estudiantiles y las redes sociales de la computadora. Eso nos lleva a preguntarnos la cuestión realmente importante: ¿es capaz esta fe cristiana adventista de actuar como soporte para las exigencias y complejidades de mi vida?

Si la fe de jóvenes e inteligentes adventistas logrará producir o no, un impacto, dependerá de que parezca creíble a otros estudiantes. Debe ser puesta a prueba en los predios universitarios de manera cotidiana. Debemos enfrentar las ideas amenazadoras. Debemos profundizar nuestra propia vida en Dios. Debemos encontrar nuevas maneras de presentarnos ante nuestro Padre, que sean por necesidad y no solo por interés. Esto es algo que puede ser abrumador. Pero somos hijos del que nos envuelve con su gracia.

Michael Pearson (D. Phil., Universidad de Oxford) es profesor de Ética en Newbold College, Inglaterra. E-mail: mpearson@newbold.ac.uk.