“He peleado la buena batalla” William Ellis Foy, un millerita

Al celebrar el 150º aniversario de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, destacamos la historia de un millerita que tuvo mucha influencia sobre los fundadores del adventismo.

El movimiento millerita de las décadas de 1830 y 1840 es uno de los más dinámicos en la historia religiosa de los EE. UU. Resaltan nombres como Guillermo Miller, el fundador; Joshua Himes, el hombre de las relaciones públicas; Charles Fitch, el predicador valiente; Elena Harmon, Jaime White y Joseph Bates, quienes serían los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Sin embargo, hay una persona que es menos conocida, pero no menos destacada. A este individuo se le confiaron los dones y los utilizó en el más inhóspito de los tiempos. Creció hasta llegar a ser un ministro destacado –a pesar de tremendos obstáculos- y fue una bendición para miles de personas. Elena White lo recordaba vívidamente después de más de cincuenta años de haberlo conocido. Su nombre: William Ellis Foy.1

Sus orígenes

William Foy nació en un área rural en Maine, en el año 1818. Sus padres Joseph y Elizabeth Foy eran afroamericanos. Como era costumbre en aquella época, los Foy vivían en una pequeña comunidad, cultivando una modesta parcela de su propiedad. A pesar de que poco se conoce de los primeros años de William, lo más probable es que ayudó en la granja y tuvo como amigos a otros niños de familias del área. Cuando cumplió quince años, la familia se mudó a otro vecindario. Más tarde conoció a Silas Curtis, un ministro de la Iglesia Bautista Libre. Foy describió ese evento: “En el año 1835, debido a las predicaciones del hermano Curtis, sentí necesidad de indagar qué debía hacer para ser salvo. Los cristianos me condujeron al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Luego de un tiempo de desaliento, acosado por dudas sobre si Dios aceptaría a un pecador como él, el joven de diecisiete años se dio cuenta del alcance de la gracia de Dios. “Fue entonces cuando tuve el deseo de entregarlo todo… Vi tal plenitud en Cristo que anhelé proclamar esta noticia a todo el mundo. Sentí mi alma llena de la gloria de Dios y durante tres meses disfruté de dulce comunión con mi Dios”.2 Pero ese bienestar se interrumpió por “una prueba originada en aquellos que deberían ser padres que nutren a Israel…”.3 Sin embargo Foy aceptó el sabio consejo de otro “padre en Israel”, y llegó a integrarse completamente a la vida de la iglesia; allí inclusive aprendió a leer. Luego de “tres meses de desobediencia”, fue bautizado por Curtis. Poco tiempo después decidió ser pastor.

Mudanza a Boston

William se casó con Ann4 y al año siguiente nació su primera hija, Amelia. La familia se mudó a Boston en 1840, donde William se dispuso a obtener las credenciales pastorales de la Iglesia Episcopal, y aprendió un oficio para poder sustentar a su familia. Esos años en Boston mantuvieron al incipiente predicador ocupado dando conferencias en las muchas iglesias de la floreciente ciudad. Poco después conoció las enseñanzas milleritas. Aunque al principio las rechazó, pronto abrazó la doctrina del segundo advenimiento.

Durante ese período, en el auge del movimiento millerita, Foy tuvo su primera experiencia profética. Fue el 18 de enero de 1842, en la Iglesia Bautista de la calle Southhock, a los veintitrés años. “Me congregué con el pueblo de Dios […] donde los cristianos estaban reunidos en oración solemne, y mi alma se alegró en el amor de Dios. Fui arrebatado inmediatamente como en agonía de muerte, y mi aliento me abandonó y tuve la impresión de que yo era un espíritu separado de este cuerpo”.5 Durante la visión, Foy fue guiado en un recorrido por el cielo, lo cual luego él mismo describió en forma poderosa con ricas metáforas y simbolismos.

Inmediatamente después de contemplar las indescriptibles glorias del cielo, Foy se hundió en una depresión y abatimiento; sintió que debía compartir lo que había visto, pero no lo hizo. “Fui desobediente, poniendo como excusa que mi guía no me había ordenado hacerlo, y así, atraje oscuridad y muerte sobre mi alma. Pero no podía encontrar paz o consuelo. Comencé a dudar si mi alma realmente había sido convertida, y aunque frecuentemente me reunía con el pueblo de Dios, no obtenía descanso. Me sentía consternado y solitario y ni siquiera podía orar”.6

Para aliviar este estado desesperado, Foy escribió su visión y la publicó. Pero aun así, estaba insatisfecho con su artículo y seguía sintiéndose miserable.

Intercambio de tristezas

William Foy pronto intercambiaría tristezas. El 4 de febrero de 1842 en la Iglesia Metodista Episcopal Africana de Beacon Hill en Boston, nuevamente tuvo una visión. En esa ocasión la iglesia estaba repleta, y al cederle su asiento a un amigo le sobrevino algo distinto. “Caí inmediatamente al suelo, y no supe nada hasta que doce horas y media hubieran pasado”7. Esta visión desplegó una solemne escena de juicio, en la que a varias personas conocidas por Foy, se les negaba la entrada al cielo. A continuación de esto, hubo una maravillosa escena que mostraba a aquellos que ingresaban al cielo en un despliegue indescriptible. En esta ocasión el guía de Foy le indicó que debía compartir lo que había presenciado.

Recordemos que en esa época millones de negros vivían esclavizados en las plantaciones al sur del río Mississippi. Esta realidad lo oprimía, por lo que escribió: “… el conocimiento del prejuicio de la gente contra los de mi raza, me perturbaba”. Estas dudas, combinadas con la singularidad de la visión, llevaron a que el joven se preguntara sin cesar: “¿Por qué estas cosas se me dan a mí, y las tengo que revelar al mundo? ¿Por qué no a los instruidos, o a alguien de diferente condición que la mía?”8 Su “condición” puede haberse referido a una serie de cosas: raza, edad, pobreza, estatus social o inclusive a su reciente alfabetización. Cualquiera sea el caso, una carga de lo alto descansaba pesadamente sobre su alma hasta casi sofocarlo.

Cuatro días después de la segunda visión, J. Husted, pastor de una cercana iglesia visitó a Foy, acompañado de varios de sus feligreses. Su pedido fue muy frontal: “Relate a nuestra iglesia lo que Ud. ha visto”. Foy aceptó, y combinaron que hablaría la tarde siguiente. Cuando se marcharon Foy se arrepintió de su decisión, y lo expresó así: “Si el mundo fuese mío, lo hubiera dado con alegría, con tal de poder cancelar mi compromiso”.9

Al acercarse la hora convenida “las tentaciones comenzaron a afligirme dolorosamente. Temía que mi guía no estuviese conmigo, y que fuera incapaz de decirle a la gente las cosas que me habían sido mostradas”.10 Irónicamente esto le ocurrió también a otro millerita a quien Dios le envió visiones.11 Pero la disposición de Foy fue lo que lo salvó, porque fue escoltado a la iglesia por una “compañía de hermanos” quienes podían percibir su lucha. Al ingresar, un gran grupo le dio la bienvenida, y como él lo describe, “cada individuo parecía ser una montaña”.12

En un último desesperado intento, el aterrorizado Foy le solicitó al pastor Husted que iniciara la reunión con oración, esperanzado en que se transformaría en una reunión de oración y que él sería liberado de su tarea. Pero a medida que el pastor oraba, Foy escuchó una voz que decía, “¡Estoy contigo, y prometí estar contigo!” En ese momento, “mi corazón comenzó a arder dentro de mí; el temor de hombre repentinamente huyó, y una gloria indescriptible llenó mi alma”.13 El joven Foy entonces compartió sus visiones de manera tan elocuente y poderosa, que fue desbordado de pedidos para predicar, comprometiendo por adelantado su agenda durante meses. John Loughborough, el primer historiador adventista escribió: “Las visiones del señor Foy estaban relacionadas con el cercano advenimiento de Cristo, el recorrido del pueblo de Dios hacia la ciudad celestial, la Tierra Nueva y las glorias del hogar de los redimidos. Teniendo un buen manejo del lenguaje, con excelentes poderes descriptivos, creaba un impacto en cada lugar al que concurría. Era invitado a viajar de ciudad en ciudad, para contar las maravillosas cosas que había visto; y para poder ubicar a las muchedumbres que se reunían para escucharlo, era necesario conseguir grandes auditorios, en donde él les relataba a miles lo que le había sido mostrado acerca del mundo celestial, la belleza de la Nueva Jerusalén y de los seres angelicales. Al explayarse en el tierno y compasivo amor de Cristo por los pobres pecadores, exhortaba a los inconversos a buscar a Dios, y muchos respondían a sus ruegos”.14

Luego de tres meses de hablar constantemente, temiendo que su familia estuviese pasando necesidad, Foy realizó tareas manuales por otro período de tres meses, pero “no podía encontrar reposo ni de día ni de noche, hasta que nuevamente acepté hacer mi tarea”. Foy comenzó a salir de gira, atestiguando que a pesar que “sufría persecución”, su guía lo acompañaba.

Los recuerdos de Elena de White

Alrededor de esta época los Foy se trasladaron nuevamente a Maine, específicamente a la ciudad de Portland donde vivía la familia de Elena Harmond (más tarde White). En una entrevista realizada en 1906, la septuagenaria Elena recordó su experiencia como adolescente, cuando concurrió junto a su familia a escuchar predicar a William Foy así: “Poco tiempo después de las visiones él fue a hablar en el Beethoven Hall que era el gran auditorio al que concurríamos. […] Mi padre siempre me llevaba; él iba en un trineo al cual me invitaba a subir, y yo iba con él”.15

Tiempo después ella tuvo la oportunidad de hablar brevemente con el popular predicador millerita. También relató esta experiencia: “Yo había sido designada para hablar esa noche, y no sabía que él estaba allí. Mientras que yo estaba hablando, oí un grito; él era alto, y el techo era relativamente bajo, pero igual daba saltos […] y alababa al Señor. Era tal cual lo que él había visto; tal cual”. 16

Ella relató así otro de sus recuerdos: “¡Su esposa estaba muy ansiosa! Ella estaba sentada mirándolo tanto que lo incomodaba. ‘Ahora’ dijo él ‘tu no debes ubicarte en donde puedas mirarme cuando estoy hablando’. Él tenía puesta una sotana episcopal. Su esposa se sentó entonces a mi lado y se movía constantemente, escondiendo su cabeza detrás de mí. ¿Por qué se movía tanto? Lo supimos cuando él se acercó y ella dijo: ‘Hice tal como me dijiste, me escondí’. (Para que él no viera su rostro). Ella estaba tan ansiosa, que repetía con sus labios las palabras a medida que él las pronunciaba. Luego de terminada la reunión, él se acercó a buscarla, y ella le dijo, ‘Me escondí. Tú no me viste’. Él era un hombre muy alto, su piel no tan oscura y daba unos testimonios extraordinarios”.17

Podemos imaginar que Foy tuvo una gran influencia sobre Elena Harmon durante sus años de adolescencia. Antes de que ella misma experimentara el don profético, vio a este carismático joven de color, compartiendo sus visiones de manera eficiente y ganando almas para Cristo. Y todo esto bajo duras circunstancias, no muy distintas a los obstáculos de la edad, género, poca educación y salud debilitada que ella tuvo que superar para ser una vocera efectiva de Dios. Sabemos que ella tenía una copia de un folleto en el cual él publicó sus visiones. Más aún, sus primeras visiones tienen sorprendentes similitudes, tal como él mismo afirmó con entusiasmo cuando ambos se encontraron luego del Gran Chasco y Foy la escuchó a ella relatar su visión. Finalmente, los milleritas que llegaron a ser adventistas del séptimo día vieron la chispa de inicio del Espíritu de Profecía en la vida de William Foy, como prueba de que la profecía de los 2300 días de Daniel 8:14 se aproximaba a su cumplimiento.18

En Portland, William Foy enfrentó el mismo tipo de persecución racial que en otras partes. El Portland Tribune del 10 de febrero de 1844 publicaba el siguiente párrafo: “¿Cuándo terminarán las sorpresas? Los milleritas de esta ciudad han importado recientemente un gran toro negro, que haciendo aparecer lo blanco de sus ojos y mostrando los dientes blanquecinos, ha asombrado a la buena gente con sus sueños y pronósticos. Se dice que el obeso y grasoso negro no puede siquiera leer o escribir, pero relata el gozo de los bendecidos y los lamentos de los condenados con tal pasión, que aún el más débil de los discípulos del profeta se relame los labios con deseos de escuchar más. Es imposible saber cuál será el final de estas cosas… Esperamos pronto ver a este gordo negro, magníficamente vestido, sentado en un carruaje y llevado por nuestras calles, por los devotos discípulos de Miller, quienes se inclinan y lo adoran como a un Dios”.19

Este editorial es la prueba que Foy no estaba ni paranoico ni equivocado cuando se sentía con temor de presentarse y hablar debido a la animosidad racial. Tampoco estaba exagerando cuando informaba que sufría persecución luego de empezar a dar conferencias. Que este comentario fuese publicado en el diario oficial de una ciudad racialmente progresiva y tolerante como Portland, es revelador.

Más visiones

Foy continuó teniendo visiones; como mínimo dos más, aunque Loughborough menciona una tercera. En ella, tres ardientes escalones subían hacia un sendero; sobre cada peldaño había una multitud de personas quienes comenzaron a caer en el olvido, mientras que otros avanzaban hacia el cielo.20 Elena White insistió en que Foy tuvo una cuarta visión cuyo contenido es desconocido, a pesar de que ella puede haber estado informada de los detalles de esta revelación final, ahora perdida para nosotros. Lo que se sabe, es que Foy tuvo estas dos visiones alrededor del verano de 1844.

A comienzos de 1845, Foy colaboró con dos hermanos milleritas John y Charles Pearson (hijos de un respetado adventista sabatista), y publicó el folleto The Christian Experience of William E. Foy, de veinticuatro páginas. Allí comparte su experiencia de conversión y describe sus dos primeras visiones. En la última página hay un testimonio de diez personas respaldando la autenticidad de las visiones de Foy, como así también una copia de su certificado de membresía a la iglesia; ambos requisitos de confiabilidad en aquellos días.21 Es muy llamativo que Foy público este folleto luego del Gran Chasco, mostrando su continuidad en el compromiso con la Segunda Venida de Jesús y para animar a los quebrados creyentes. Su asistencia a un congreso en 1845, en donde Elena Harmon habló acerca de su visión, también da cuenta de esto.

Y esta fue la era millerita para Foy. Luego de 1845, hasta donde se conoce, perdió contacto con aquellos que llegarían a ser adventistas del séptimo día (Elena Harmon y John Loughborough) y continuó su ministerio, sin embargo en un escenario considerablemente más pequeño. Residiendo en forma alternada en diferentes localidades de los estados de Massachusetts y Maine Foy pastoreó congregaciones bautistas interraciales, pero predominantemente blancas.

En Sullivan and Sorrento since Seventeen-Sixty, la genealogista laica Lelia Clark Johnson recuerda a Foy como un “estimado y amado” ministro quien llevó a cabo reuniones religiosas en diversos lugares.22 William Foy murió el 9 de Noviembre de 1893 y está enterrado en el Cementerio Birch Tree en Sullivan, estado de Maine. En su lápida está tallado el epitafio: He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia.23

Leciones del ministerio de Foy

Las lecciones de los tres años de mayor exposición de William Foy en el movimiento millerita son poderosas y abundantes. Primero, uno puede producir un gran impacto en un breve período de tiempo. La carrera visionaria de Foy duró solo tres años, sin embargo aún hoy anima e instruye.

Segundo, Dios utiliza a los recién convertidos de maneras que uno ni imagina. Foy tenía diecisiete años cuando se acercó a Cristo, y veintitrés cuando tuvo su primera visión. ¿Era tiempo suficiente como para prepararlo? ¿Cuáles eran sus credenciales para una tarea tan pesada? No importa cómo respondamos estas preguntas, sabemos que fue guiado por Dios y de eso no hay dudas.

Tercero, nuestra debilidad es la fortaleza de Dios. En el momento de su conversión, Foy era un muchacho granjero negro y analfabeto. Sólo unos pocos años más tarde, era un poderoso predicador de Boston. Grandes cantidades de personas de su raza estaban en esclavitud en el mismo país en el que Foy iluminaba a los blancos con las verdades divinas.

Cuarto, es la completa necesidad de permanecer humildes. Foy reconocía y valoraba su debilidad e incapacidad, por lo tanto no cabía en su mente el confiar en su propia fuerza, ya que no la poseía.

Quinto, mucho puede ser dicho de la obediencia de William Foy que lo hacía destacarse. El declaró que las personas a quienes él fue llamado a predicar le parecían como montañas, y él les temía, pero ponía su mirada en Cristo y cumplía lo que se le había indicado que debía hacer. Más allá de su raza, tener visiones no era una cosa normal ni aceptada, inclusive en la Nueva Inglaterra del siglo XIX, rica en profetas. La vulnerabilidad de Foy al aceptar su temor e incapacidad es irresistiblemente conmovedora, y todos pueden identificarse inmediatamente en menor o mayor grado con su dilema.

Por último, al igual que Foy, nosotros somos un pueblo de profecía. Tan poco probable como pueda parecer, Dios utilizó a este modesto joven para proclamar y preparar a la humanidad para uno de los eventos más grandes en la historia de la salvación: la entrada de Jesús al Santuario celestial, la fase final de su trabajo preparatorio.

Los adventistas del séptimo día, especialmente nosotros que estamos vivos en este tiempo, somos también un pueblo de profecía, llamados a preparar la segunda venida de Jesús. Tú puedes ser usado de una manera vital como fue usado Foy. Que la luz brillante del ministerio de William Foy nos inspire a completar la misión que Dios nos ha encomendado.

Benjamin Baker, Ph.D., trabaja en el Departamento de Archivos en la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día en Silver Spring, Maryland. Su correo electrónico es bakerb@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. Para el trabajo autorizado sobre William Foy, véase Delbert Baker, El Profeta Desconocido (Hagerstown, Maryland, Review and Herlad Pub. Assn., 2013).
  2. William Foy, Christian Experience (Portland, Maine: J. y C. Pearson, 1845), pp. 7-8.
  3. Ibíd.
  4. No se conoce el apellido de Ann.
  5. Foy, Christian Experience, p. 9.
  6. Ibíd., p. 15
  7. Ibíd., p. 16.
  8. Ibíd., p. 21.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd., p. 22.
  11. Un hombre llamado Hazen Foss había recibido visiones pero constantemente se rehusó a relatarlas, pero cuando finalmente intentó compartirlas, no podía recordar lo que le había sido mostrado.
  12. Ibíd.
  13. Ibíd.
  14. J. Loughborough, The Great Second Advent Movement (Washington D.C.: Review and Herald Pub. Assn., 1906), p. 146.
  15. Elena White, “Interview with Mrs. E.G. White, re: Early Experiences” (Manuscript 131,1906), p. 6.
  16. Ibíd., pp.4-6
  17. Ibíd.
  18. Loughborough, p. 146.
  19. “When will wonders cease?” Portland Tribune, 10 de febrero de 1844.
  20. Loughborough, pp. 146-147.
  21. William Foy, Christian Experience (Portland, Maine: J. and C.H Pearson, 1845), p. 24.
  22. Lelia Clark Johnson, Sullivan and Sorrento since Seventeen-Sixty (Ellsworth, Maine: Hancock County Publishing Company, 1953), pp. 65-66.
  23. Baker, p. 132.