La iglesia: conocer y vivir su propósito

El propósito de la iglesia es revelar a Dios al mundo, ser un aula de entrenamiento para el discipulado, demostrar cómo el pueblo redimido vive en comunidad y participar con Dios en su misión.

¿Qué es la iglesia? ¿Cuál es su razón de ser?

Nuestra visión acerca de la iglesia a menudo es bastante imprecisa. Es un edificio sobre un terreno; un lugar en donde encontrarse con amigos el sábado; un grupo más entre muchos grupos de fe.

Acostumbramos evaluar la iglesia en términos de lo que nos ofrece cuando concurrimos a sus reuniones o programas. Entonces fluyen diversas expresiones: “A mí me gusta/disgusta: la música; la predicación; el ambiente; el sistema de amplificación; la Escuela Sabática; la calidez/frialdad. No hay suficientes asientos. Me gustan los programas especiales”.

¿Cuál es el propósito de la iglesia? La respuesta más frecuente se basa en lo que siento que la iglesia hace por mí. Pero la respuesta de la Biblia es diferente: la importancia de la iglesia no radica tanto en lo que la iglesia hace por ti o por mí, sino en lo que hace para Dios.

Cuando comenzamos a comprender esto, dejamos de tener una visión de la iglesia centrada en nosotros mismos, y pasamos a tener una percepción centralizada en Dios. Comprendemos que fue creada por él con el propósito de que todos los que asisten estén involucrados en un gran diseño al que él dio origen. Cuando comprendemos esto, la vida cristiana se transforma en algo mucho más que una lucha continua para cultivar una lista de virtudes y evitar otra de vicios. Comenzamos a ver a la iglesia como la representación o la manifestación de Dios en este mundo y percibimos que la manera en que vivimos y reaccionamos es parte de una historia y un propósito mucho más amplio que el que imaginábamos.

En este contexto, consideremos el propósito de la iglesia en cuatro dimensiones diferentes pero interrelacionadas.

1. La iglesia debe dirigir la atención hacia Dios

No debemos sorprendernos al descubrir que este es un tema constante en las Escrituras. El apóstol Pablo resume el propósito de su propio llamado y provee un conocimiento crucial en relación al propósito de la iglesia. “A mí […] me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo […] para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3:8-11).1 En Colosenses 3:17 y Gálatas 1:15,16 Pablo vuelve a expresar ideas similares. También las encontramos en palabras de Jesús (Mateo 5:16), de los profetas Isaías y Zacarías (Isaías 42:5-7;

Zacarías 8:23) y de Pedro (1 Pedro 2:9).

Elena White también habló y escribió reiteradamente sobre este tema. “El Señor no desea que caminemos en oscuridad y perplejidad. Él desea que conozcamos la verdad, como es en Jesús, y dondequiera que vayamos, proclamemos esa verdad. Por palabras y obras debemos revelar a Jesús al mundo”.2 “Los cristianos son como portaluces en el camino al cielo. Tienen que reflejar sobre el mundo la luz de Cristo que brilla sobre ellos. Su vida y carácter deben ser tales que por ellos adquieran otros una idea justa de Cristo y de su servicio”.3

El propósito de la iglesia es atraer la atención hacia Dios, y no a sí misma. El tamaño de su membresía, la arquitectura de sus edificios, la extensión de su presencia en el mundo pueden a veces ser confundidas con el verdadero impacto que debe tener. ¿Hasta qué punto está realmente presentando al mundo el carácter de Dios y su maravilloso plan para la raza humana?

2. La iglesia debe ser un aula de entrenamiento para el discipulado

Uno de los principales énfasis que hacemos en la proclamación del evangelio es que Dios, en Jesucristo, ha perdonado nuestros pecados. Pero jamás deberíamos detenernos allí. Lo que realmente necesitamos proclamar como así también demostrar, es que la salvación ofrecida y provista para nosotros, es la liberación de los poderes dominantes del pecado en nuestras vidas. Jesús no vino a salvarnos del castigo de nuestros pecados, sino también a darnos el poder para vencer la tendencia a continuar en pecado.

El papel del discipulado en la iglesia sirve para ayudarnos a entender que el evangelio no es simplemente un conjunto de creencias, sino un poder que nos cambia en forma profunda y continua. La salvación es mucho más que la liberación de las consecuencias de nuestros pecados. Nos conduce también a una nueva esfera de pensamientos y sentimientos, en la cual el corazón y la voluntad llegan a ser puros, para percibir la verdadera naturaleza del pecado. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados, y no solo del castigo de los mismos (Mateo 1:21).

La profunda verdad del evangelio es que nos da una nueva perspectiva de todo; no solo de nuestras actividades religiosas. Tarde o temprano el evangelio nos confronta con nuestros hábitos y actitudes; inicia una guerra contra nuestros ídolos y nuestro egocentrismo. Nos libera de una forma egoísta de pensar y finalmente, una verdadera comprensión del evangelio nos introduce a una forma más profunda de gozo que el que puede ser encontrado en cualquier otro lugar.

Pablo escribió a la iglesia de Éfeso expresando su deseo y oración para que “sean llenos de toda la plenitud de Dios”. Exhortó también a los miembros de la iglesia de Colosas a vivir según sus nuevas percepciones y nuevos comportamientos: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. […] Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría. […] Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros” (Colosenses 3:1-11).

Estos cambios en la convicción y conducta no ocurren instantáneamente. Crecemos en el desarrollo de puntos de vista cristianos, valores y gracia. La iglesia es el aula de entrenamiento para el discipulado, por medio del cual una persona es transformada a semejanza de Cristo y es donde aprende a usar sus talentos, habilidades y energías para cumplir la misión encomendada por Dios. “No hay nada que el mundo necesite tanto como el conocimiento del poder salvador del Evangelio revelado en vidas cristianas”.4

3. La iglesia debe mostrar cómo viven las personas redimidas en comunidad

Dios no llama a las personas a vivir en forma aislada unas de otras. Por el contrario, su llamado abarca también la forma en que nos relacionamos con los demás. Algunas de estas relaciones pueden ser muy desafiantes, ya que van en contra de nuestras afinidades culturales y cultivadas.

Es muy tentador adoptar una visión parcial de la espiritualidad al concentrarnos en nuestra conexión con Dios y ser negligentes en nuestra interacción con los demás. Una supuesta espiritualidad puede florecer a pesar de la negligencia social (Malaquías 1:10; Jeremías 22:11-18). Pero J. Phillips es muy certero en sus palabras: “Dios está trabajando para lograr una plenitud que nunca estará completa en un individuo, si no es a través de personas que viven juntas, como un cuerpo, cada uno supliendo las deficiencias de los otros”.5

Un desafío para la iglesia consiste en demostrar de qué manera los seguidores de Jesucristo viven los principios del discipulado en un contexto social. La iglesia es llamada a ser multicultural, intercultural, contracultural y transcultural. Un lugar en donde sean muy evidentes las prioridades –no tan populares hoy en día– de las bienaventuranzas. Un lugar donde el servicio sea más importante que el estatus; donde la humildad remplace a la arrogancia; donde reine el amor en vez del deseo, y en donde un espíritu competitivo sea sustituido por el de cooperación.

La amonestación de Pablo para las iglesias bajo su cuidado abarca nuevas dimensiones para todas las relaciones humanas: esposo y esposa, padres e hijos, empleadores y empleados, judíos y gentiles, ricos y pobres, sabios e ignorantes.

Algunos cristianos de Corinto aparentemente se habían querellado en las cortes seculares para resolver sus conflictos. Pablo no ve con buenos ojos a los miembros de iglesia que llevan a juicio a otros, y parece estar averiguando si no existe otra manera de arreglar las diferencias. Luego confronta con dos preguntas: “Por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?” (1 Corintios 6:1-8). Así deja muy claro que existe una opción para cuando los creyentes se enfrentan a los problemas de relacionamiento: elegir resignar los derechos.

De todos los propósitos para la iglesia aquí descriptos, el de demostrar una sociedad redimida, es el más difícil, dado que confronta abiertamente con la tendencia humana a ser egocéntricos.

¿Qué ocurriría en nuestra comunidad de fe si el mundo realmente viese las notables diferencias que se producen en las relaciones humanas una vez que estamos centrados en Dios? ¿Es correcto esperar que como resultado, el pueblo de Dios sea el grupo más feliz, el más saludable, el más pacífico, el más servicial, etc.? ¿No es acaso eso lo que Jesús quiso decir cuando afirmó que vino para que las personas pudieran tener vida en abundancia?

4. Ser una presencia sanadora/reconciliadora en el mundo

Muchos cristianos creen que son llamados a apartarse del mundo. Jesús nos llama a ser sus seguidores. Así como él, no somos del mundo, pero él nos envía al mundo (Juan 17:15-16; 20:21). Su anhelo es salvar al mundo, no solo a la iglesia. Nos llama a ser sus colaboradores en esa misión especial de Dios.

Un repaso concienzudo del ministerio de Jesús revela que todo el espectro de la sociedad recibió su atención y cuidado. Pero es claro que se dedicó en especial a los humildes, perdidos, rechazados, oprimidos y olvidados. Se ocupó de los marginados por la sociedad elitista: niños, pobres, enfermos, discapacitados físicos o mentales y viles pecadores (Mateo 4:23,24). Para muchos contemporáneos su reputación quedó manchada por el tiempo y la atención que brindó a los que la sociedad denigraba.

Jesús ministró a los endemoniados y desfigurados; sanó miembros atrofiados y espíritus lastimados; fue misericordioso con ciegos, sordos y mudos. Para decirlo sintéticamente, se identificó con las necesidades humanas, y esto pasó a ser la prueba del verdadero discipulado. Nuestro servicio hacia Dios se ve en nuestro servicio hacia otros (Mateo 25:35-40).

Muchas religiones han demostrado flaqueza al preocuparse más de la religión en sí misma que de la humanidad. En lugar de esto, Cristo se ocupaba más de la humanidad que de la religión. Su cuidado por la humanidad era la máxima expresión de su religión.

La historia del éxodo es la metana-rrativa en donde el pueblo de Dios del Antiguo Testamento encuentra su identidad y propósito. Es un ejemplo de Dios embarcado en la misión. En el éxodo, respondió a todas las diferentes necesidades de Israel: políticas, económicas, sociales y espirituales. Nuestro compromiso con la misión debe demostrar la misma amplitud total de preocupación por las necesidades humanas.

Existen dos formas de fracasar en comprender la misión. Una, es la de concentrarse en el significado espiritual y marginar las dimensiones políticas, económicas y sociales; la otra, es concentrarse tanto en las dimensiones políticas, económicas y sociales, que la dimensión espiritual se pierde de vista. “El mundo no puede empezar a creer en la realidad de un Dios invisible, extraordinario en misericordia, generoso en bondad, empeñado en redimir, reconciliar y restaurar la creación, mientras nuestras iglesias no sean lecciones vivientes y objetivas de estas cualidades”.6

La misión de Dios involucra la restauración de todo lo que él creó, y la erradicación de todo lo malo que se ha introducido en este mundo. Por lo tanto, nuestra misión debe ser tan abarcadora en su alcance, como lo es el evangelio que se nos presenta en la Biblia.

Debemos ser cuidadosos, no sea que adoptemos la idea de que los marcadores de una vida religiosa son el estudio de la Biblia, la oración y la testificación. Esta es una lista incompleta, dado que está faltando el servicio. La vida completa es vista como una respuesta a la gracia de Dios y por ende, tanto el trabajo como la adoración deben ser dedicados a él.

Muchas veces caemos en la idea de que servimos mejor a Dios cuando estamos en la iglesia, cuando estamos orando o leyendo la Biblia, dando estudios bíblicos o repartiendo folletos, y que nuestro trabajo es meramente una forma de proveernos recursos para servir a Dios en el tiempo que nos resta, una vez que hemos cumplido con nuestras responsabilidades diarias, y en los momentos específicos dedicados a cumplir la misión. Pero en una visión más amplia del discipulado, nuestro trabajo diario se transforma en un trabajo con más énfasis en la soberanía de Dios, una plataforma de servicio hacia otros, de parte de quien nos llamó y nos capacitó para hacerlo.

Es la participación en la misión de Dios lo que vuelve sagrado cualquier tipo de trabajo que es hecho por el bien de la comunidad humana. Cualquier trabajo, cualquier profesión que es buscada con el interés de servir a Dios, haciendo progresar su dominio en las vidas particulares y en la comunidad, se transforma en un llamado sagrado. Debemos descartar la idea de que un trabajo ministerial es más sagrado que enseñar matemáticas o arreglar maquinarias.

Conclusión

El propósito de la iglesia es revelar a Dios al mundo, ser un aula de entrenamiento para el discipulado, demostrar cómo el pueblo redimido vive en comunidad y participar con Dios en su misión. ¡Que maravilloso desafío! ¡Que extraordinario privilegio! ¡Qué objetivo tan vivificante!

Lowell C. Cooper es vicepresidente de la Asociación General de la Iglesia Adventistas del Séptimo Día. Su correo electrónico: cooperl@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. Todos los pasajes bíblicos son de la Versión Reina Valera 1960.
  2. Elena White, Review and Herald, 19 de enero de 1905, par. 24.
  3. ---, El camino a Cristo, (Buenos Aires: ACES, 1976), p.115.
  4. ---, El ministerio de curación, (Mountain View, California: Pacific Press Pub. Assn., 1959) p.94.
  5. John B. Phillips, Making Men Whole (Londres: Fontana Books, 1964), p. 115.
  6. Mark Buchanan, Your Church is Too Safe (Grand Rapids, Michigan: Zondervan, 2012), p.170.