EDITORIAL

Santuarios en lo alto

Nuestro abarrotado autobús chirrió al doblar sobre el asfalto deteriorado; luego se detuvo. Las conversaciones se redujeron a un susurro. Habíamos llegado al santuario en lo alto de la montaña. Varios pasajeros se arrodillaron ante el monumento, rindieron su solemne homenaje, y dejaron sus ofrendas. Una vez completada la ceremonia, el vehículo comenzó su descenso ganando rapidez en las curvas cerradas, precipitándose a toda velocidad hacia la ciudad. Un estruendo de voces se elevó de nuevo por encima del rugido del motor.

A medida que la selva cobraba velocidad a mi lado, empecé a preguntarme si a veces no erigimos santuarios en las laderas de nuestras vidas. ¿Será que nosotros mismos podríamos estar, sin saberlo, relegando nuestra religión al solitario monumento de una experiencia en lo alto de la montaña? ¿Podría el cristianismo tornarse una especie de trozo de vida, una reliquia a la cual rendir homenaje de vez en cuando? ¿Podríamos estar subiendo a lo alto de una ola de fervor espiritual un día, solo para hundirnos en la desesperación secular al siguiente? ¿Será que después de un momento “alto” podríamos dejarnos caer en el abandono?

El cristianismo genuino, sin embargo, debe abarcar toda la vida. En palabras y hechos, debemos hacer todo “en el nombre del Señor Jesús” (Colosenses 3:17).1 Ya sea el comer o beber o cualquiera de nuestras actividades, deberían ser hechas “para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). En consecuencia, cada acción en la que nos involucremos debe conectarnos con Dios. Cada incidente adquiere significado eterno, dando forma a nuestras vidas para la eternidad.

Los cristianos no pueden vivir en una falsa dicotomía –segmentando la vida en los ámbitos espiritual y secular. No podemos adorar piadosamente el sábado y luego desconectarnos de Dios mientras nos dirigimos al “resto de nuestros días”. No podemos meramente incluir un breve pensamiento devocional al comienzo del día y después precipitarnos hacia el lugar de estudio o trabajo, sin ningún otro pensamiento acerca de Dios o su plan para nosotros. El cristianismo es todo o nada. No hay territorio neutral, ninguna lealtad a mitad de camino, ningún sentarse en el borde. Cristo mismo declaró: “El que no está conmigo, está contra mí” (Mateo 12:30).

Para vivir una vida plena, un cristiano ante todo, debe pensar cristianamente. Cada pensamiento debe ser sometido a Cristo (2 Corintios 10:5). La Escritura nos recuerda: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5). Pero ¿qué significa recibir “la mente de Cristo”? (1 Corintios 2:16). Significa que vemos todas las cosas desde su punto de vista. Empezamos a ver a los demás como Dios los ve, como candidatos para su reino. Consideramos cada decisión como una oportunidad para hacer lo que Jesús haría. Vemos cada momento a la luz de la eternidad. ¿Cómo recibimos esta perspectiva divina, esta renovación de nuestra mente? (Romanos 12:2).

Recibimos la mente de Cristo pasando tiempo de calidad con Dios –con su Palabra y en conversación con Jesús. La transformación llega a través de la contemplación (2 Corintios 3:18). Y luego vivimos cada momento intencionalmente en la presencia de Dios (1 Tesalonicenses 5:17, 18). ¿El resultado? Una mente cristiana conducirá a pensamientos cristianos, decisiones como las de Cristo, acciones como las de Cristo y testimonio cristiano.

Hoy en día hay una necesidad crucial de desarrollar verdaderas mentes cristianas. El problema fundamental es que los “cristianos” piensan en gran medida en términos seculares, hasta el punto que la perspectiva cristiana es casi inexistente. A menudo pensamos espiritualmente solo acerca de la moralidad personal o temas doctrinales. Con nuestra visión miope, a veces incluso pensamos secularmente acerca de los asuntos religiosos, tales como metas bautismales, ofrendas o puestos dentro de la iglesia.

Las ocasionales referencias cristianas, oraciones y textos no son suficientes. Estos por sí solos no son más que símbolos, evidencias de una vida fragmentada, dicotomizada. Un compromiso espiritual generalizado, sin embargo, no puede ser desterrado a un rincón de la vida. Debe impregnar continuamente los más lejanos confines de nuestra existencia, de nuestro propio ser. Debemos aprender a vivir en plenitud la vida de fe. La perspectiva eterna debe revolucionar radicalmente nuestros corazones.

No necesitamos una insignia cristiana prendida en la solapa de la vida. Necesitamos verdaderas vidas cristianas. No necesitamos personas que también puedan servir como cristianos en ocasiones especiales. Necesitamos coherentes y auténticos cristianos.

El cristianismo es más que un santuario. Es un llamado a lo largo de toda la vida, un compromiso para siempre. Los cristianos no vivimos simplemente para un trabajo, una familia, o en función de algún cargo que ocupamos. En todas las cosas, hemos de vivir para Cristo.

Es peligrosamente fácil llegar a estar tan atrapados en un ritmo frenético, una agitada corrida por la vida, que nos olvidamos de nuestra misión y nuestro destino. La apelación de Cristo irrumpe en nuestro vertiginoso torbellino de actividades y nos invita a consolidar el elevado llamado que nos hace (2 Pedro 1:10).

La eternidad se extiende ante nosotros. La Ciudad se encuentra ¡justo frente a nosotros!

—John Wesley Taylor V

Editor

REFERENCIAS

  1. A menos que se indique otra cosa, todas las referencias bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1995