Lecciones de espiritualidad y liderazgo basadas en el libro de Hechos

Cuando el liderazgo está caracterizado por la espiritualidad, la iglesia y sus instituciones vuelven a su función principal: la proclamación, evangelización, misión, enseñanza, curación y espera.

El liderazgo espiritual a cualquier nivel –iglesia local, escuela, universidad, Asociación, Unión, División o Asociación General– para algunos es una ardiente pasión espiritual, mientras que para otros es un mecanismo administrativo. Los elegidos atribuyen el funcionamiento del proceso de elección a la orientación del Espíritu Santo, y los decepcionados sugieren que todo el proceso es político, empujado por presiones de grupos manipuladores que hacen lobby (cabildeo influyente). Siempre es bueno repasar algunos principios del libro de los Hechos, registrados a raíz de las luchas de la iglesia apostólica en la elección de líderes que debían expandir el reino de Dios en la Tierra mientras esperaban la Parusía.

Hay cuatro instancias de Hechos que nos brindan las cualidades espirituales que deberían esperarse de los líderes, y los principios que la iglesia debe seguir en la elección de los dirigentes para cualquiera de sus entidades. Estos casos son: la sustitución de Judas (Hechos 1:21, 26); la elección de los diáconos (Hechos 6:16); la misión en Antioquía (Hechos 11:19, 25); la misión a los gentiles (Hechos 13:2).

1. La experiencia personal con Jesús

La experiencia personal con Jesús es la primera y principal cualidad que se espera de un líder. Para llenar la vacante dejada por el trágico fin de Judas, los discípulos estaban convencidos de que necesitaban una persona que hubiera conocido al Señor todo el tiempo que “entraba y salía entre nosotros” (Hechos 1:21).1 La teología, la cultura, la erudición, la administración, el encanto personal y la persuasión eran todas habilidades que la iglesia podría haber usado en su administración, pero ninguna hubiese sido tan importante como conocer a Jesús personalmente, de corazón a corazón, de mente a mente, uno a uno. La persona tenía que haber sido compañera de Jesús antes de convertirse en líder de su rebaño. Un potencial líder debía haber sido un testigo de Jesús desde “el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba” (vers. 22).

Testigo en este caso no significaba haber simplemente presenciado los espectaculares acontecimientos de la vida y el ministerio de Jesús, sino que debía identificarse sin reservas con ese ministerio y ese llamado que comenzó al borde del Jordán con un voto bautismal de obediencia al Padre; en Nazaret, al proclamar la libertad de los pobres y oprimidos; en Caná, al extender una mano de ayuda a una necesidad urgente; con Nicodemo, al hablar del nuevo nacimiento; con la mujer samaritana al romper una pared de prejuicios; con los leprosos, los ciegos y los muertos, al mostrar que Dios es el Dios de la esperanza y el precursor de una nueva vida; en el rito de la Santa Cena al inclinar la espalda en actitud de servidumbre; en el Getsemaní, al descubrir la copa de la voluntad de Dios; en la cruz, al ser testigo de reconciliación y redención; en la tumba vacía, al proclamar al Dios viviente; en la ascensión, al aceptar una misión de gran alcance; al experimentar el poder del Sumo Sacerdote celestial y al aguardar la Segunda Venida.

2. “Un testimonio de su resurrección” (Hechos 1:22)

Esta es otra cualidad que la iglesia debe buscar en su liderazgo. La resurrección no puede ser separada de la cruz. La cruz reivindica el plan redentor de Dios por el pecado, y la resurrección ofrece la esperanza de lo nuevo. No se puede ser cristiano, y mucho menos un líder cristiano, sin experimentar el poder de la cruz y de la tumba vacía. Pocas semanas después de la crucifixión, los discípulos insistieron en esta afirmación del Señor crucificado y resucitado como algo esencial para el discipulado cristiano. Para Pablo, dar testimonio de la resurrección era imprescindible para ser un proclamador del evangelio (1 Cor. 15:8).

Dar testimonio no significa únicamente veracidad o certeza teológica doctrinal, sino que va mucho más allá. Demanda que los líderes cristianos caminen con Jesús diariamente, hablen con él, le supliquen por sí mismos y por los demás y experimenten el poder de la mediación del Sumo Sacerdote celestial. Los líderes cristianos no pueden ser de modo alguno, nada menos que eso.

3. “Buena reputación” (Hechos 6:3, 5)

La buena reputación es una cualidad en que la iglesia apostólica insistió durante la elección de sus dirigentes. Vemos esto en el nombramiento de diáconos para cuidar de las necesidades rutinarias de la iglesia de Jerusalén y en la elección de Bernabé (Hechos 11:22) para ir a investigar los sucesos milagrosos de Antioquía y liderar la iglesia allí. En ambos casos, la iglesia quería personas buenas y dignas de confianza. Las pautas de selección definen la bondad de dos maneras y la iglesia de hoy en día sólo podría ignorarlas bajo su propio riesgo. En primer lugar, la bondad significa “ buena reputación” como personas de integridad. Su trabajo requería el manejo de dinero: los diáconos de Jerusalén estaban a cargo de cuidar a los necesitados; Bernabé debía acarrear fondos desde Antioquía para los pobres de Jerusalén. Los líderes no pueden permitirse la flexibilidad respecto a su propia integridad.

En segundo lugar, la bondad tiene conexión con la justicia. Trata a todos los segmentos de la iglesia con igualdad, no haciendo distinción por raza, etnia, sexo ni tribu, tanto en Jerusalén como en Antioquía. Bernabé era tan concienzudo en esto que la iglesia de Antioquía fue tal vez el primer grupo de miembros que quebraron corporativamente cada una de las murallas de separación. Como resultado, creció en grandes proporciones. De hecho, Antioquía lanzó la primera misión global de la iglesia cristiana. Cuando tenemos líderes que son honestos, justos, amorosos y compasivos, prudentes en la gestión y piadosos, el crecimiento de la iglesia fluye por sí mismo (véase Hechos 6:7; 11:24).

4. “Lleno del Espíritu Santo y de fe” (Hechos 11:24)

Este es otro de los elementos que la iglesia primitiva buscaba en sus líderes. Estos términos no describen un proceso político, sino una madurez espiritual. No señalan un anhelo de poder, sino una sumisión a un llamado de lo alto. No hablan de maniobras para ocupar un puesto importante, sino de la voluntad de ser usado por el Espíritu como mediador de su gracia.

Un líder cristiano está dispuesto a ser guiado por el Espíritu a lo largo de todo el camino y en cada bifurcación que aparezca. Un líder cristiano espera con las rodillas dobladas, mayor claridad acerca de lo que debe realizar y el poder para hacerlo. Un líder cristiano tiene la sabiduría para distinguir entre lo esencial y lo periférico, entre las exigencias del Reino y las preocupaciones personales; entre las personas y las cosas. Un líder cristiano tiene mucha confianza en Dios y en sus compañeros de ministerio; manifiesta la gracia de perdonar, la habilidad de capacitar a otras personas y la generosidad de tener en cuenta a los otros y sus puntos de vista.

Teniendo en mente estas cualidades ¿cuáles son los principios que deben regir a la iglesia cuando elige a sus líderes?

Tres principios

En Hechos también se señalan tres principios que la iglesia debe seguir al elegir a sus líderes.

Oración. Ya fuera que se tratara de la elección de un sustituto de Judas, la selección de los diáconos o el envío de misioneros a los gentiles, la iglesia primitiva ponía gran énfasis en la oración. Los discípulos deben haber aprendido este proceso de su Señor, quien “dependía enteramente de Dios, y en el lugar secreto de oración, buscaba fuerza divina, a fin de salir fortalecido para hacer frente a los deberes y las pruebas”.2

Antes que la iglesia de Antioquía enviara a Pablo y Bernabé como misioneros, ayunaron y oraron. Cuando la iglesia como un cuerpo corporativo y como miembros individuales ayunan y oran antes que los líderes sean elegidos, podemos estar seguros que el Espíritu Santo frustrará las ambiciones políticas y orientará en la selección de personas “llenas del Espíritu Santo y de fe” (Hechos 11:24). Todo debe ser sometido a Dios como el seleccionador final. El libro de Hechos se abre con una oración dinámica: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido” (Hechos 1:24).

La unidad de los creyentes en la búsqueda de la voluntad de Dios y la admisión de que el Señor conoce el corazón de todos y revelará sus propósitos. La historia de la iglesia nos dice que cada vez que el pueblo de Dios en forma unida busca conocer y hacer la voluntad divina, Dios nunca ha fallado. El fracaso viene cuando, a causa de nuestra arrogancia egoísta, nuestra fuerza corporativa o nuestra indiferencia laodicense, buscamos convertirnos en nuestros propios dioses y hablar de boca para afuera de la verdadera voluntad y los propósitos de Dios.

El reconocimiento de que elegimos líderes para que lleven adelante el propósito de Dios. La elección del liderazgo en la iglesia –en cualquier nivel– no tiene otro significado que el “predicar la palabra” (Hechos 6:2, 5) y no debe estar sometido a la conveniencia administrativa. La misión no puede ser frenada por los logros gloriosos de Antioquía. La propagación del mensaje no puede verse limitada por una estructura costosa. El evangelismo no debe ser rehén de la sensación de que hemos prosperado y no carecemos de nada.

La iglesia de la que somos parte es un cuerpo trascendente, aunque frágil y humano. No es una institución política; sí tiene elecciones, pero no para demostrar democracia ni para convertir al cuerpo de miembros en una perpetua arena política, sino para escoger líderes. Esto significa que una vez que el proceso de selección ha terminado, las insuficiencias de tal proceso deben ser puestas a un lado. El cuerpo como un todo debe volverse a su función principal: la proclamación, evangelización, misión, educación, curación y espera. Estas son las dimensiones trascendentales que estamos llamados a realizar.

La historia nos dice que cada vez que miembros o líderes de la iglesia están ansiosos por algo menor que esto, comienza un proceso de decadencia. De ahí el llamado para pararnos en un terreno más elevado. El poder y la pompa deben dar paso a una pasión por el ministerio; las posiciones eclesiásticas deben convertirse en instrumentos de compasión y servicio; las instituciones deben pasar a ser dispensadoras de amor y gracia para las comunidades; un sentido de mayordomía e integridad debe impregnar las relaciones a nivel personal e institucional. Cuando esto suceda, el triunfo de la iglesia no estará muy distante.

John M. Fowler (MA, Ed.D., Andrews University; MS, University of Syracuse) es editor de Diálogo. E-mail: fowlerj@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. Todos los pasajes de las Escrituras son de la versión Reina Valera 1995.
  2. Elena White, El deseado de todas las gentes (Mountain View, California: Pacific Press, 1955), p. 330.