Agustín y la creación: cómo la tradición influyó en la aceptación de la evolución

La utilización que Agustín hizo de la filosofía griega condujo a una reinterpretación del relato bíblico de los orígenes y abrió la puerta a otros futuros remplazos.

Desde que Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859, la doctrina bíblica de la creación ha sido sometida a un creciente ataque. La ciencia permanentemente ha promovido la evolución como una explicación verosímil del origen de la vida en la Tierra, creyendo que a través de millones de años el proceso evolutivo eventualmente desembocó en la vida humana. La influencia de la teoría de la evolución es tan dramática que la doctrina bíblica de la creación –según la cual Dios creó la vida terrestre en sus variadas formas en siete días de veinticuatro horas– ya no es aceptada como real, incluso por muchos cristianos. De hecho, en muchas iglesias ha llegado a ser común el afirmar que el relato de la creación del Génesis no debe ser tomado literalmente sino que debe ser interpretado simbólicamente, como un relato formulado “para nosotros”, en “nuestro lenguaje humano”, acerca de una realidad que está completamente fuera del alcance de nuestra comprensión.

Una vez que la teoría de la evolución estableció en la ciencia una poderosa ascendencia como explicación de los orígenes, un gran número de cristianos reaccionó frente a esta teoría tratando de armonizarla con la doctrina cristiana de la creación. Esta armonización condujo a la idea de que el relato bíblico habla desde una perspectiva espiritual o teológica, mientras que la ciencia lo hace desde una perspectiva material y espaciotemporal. De esta manera, la afirmación bíblica de que Dios creó la vida en la tierra sería una declaración que pertenece a la fe, y el papel de la ciencia consistiría en mostrar cómo la vida se ha formado y evolucionado de lo simple a lo complejo durante millones de años. Desde hace varios años, la Iglesia Católica ha adoptado la posición según la cual las afirmaciones de la fe y la teoría de la evolución no son contradictorias, sino complementarias –una postura que ha sido aceptada también por la mayoría de los demás cristianos.

Ahora bien, ¿cómo ocurrió que los cristianos llegaron a creer que el relato bíblico constituye solo un lenguaje que se refiere a un ámbito espiritual inmaterial y no al ámbito espaciotemporal histórico? ¿Cómo fue que el cristianismo llegó al punto de pensar que la creación no ocurrió realmente de la forma en que el texto bíblico la presenta, es decir, a través de acciones divinas realizadas en el ámbito espaciotemporal? Una posible respuesta a estas preguntas debe ser encontrada no en los avances científicos ni en el desarrollo de la teoría de la evolución como explicación de los orígenes, sino en el largo proceso en el cual la tradición teológica cristiana se enfrentó con los problemas que fueron surgiendo en la doctrina de la creación.

Dado que un estudio detallado de este desarrollo histórico no es posible aquí, trataremos solamente al más influyente teólogo de la iglesia de los primeros siglos, Agustín, y la forma en que sus ideas influyeron en las distintas explicaciones de los orígenes en la teología cristiana. Si bien existieron otros pensadores cristianos antes de Agustín (por ejemplo, Justino Mártir, Orígenes, etc.) quienes pensaron que el texto bíblico se refiere no al ámbito temporal sino al espiritual, fue el importante padre de la Iglesia de los siglos cuatro y cinco la figura más relevante; por su poderosa autoridad e influencia teológica y eclesiástica, abrió la puerta a una nueva interpretación del relato bíblico de la creación, la cual posteriormente hizo más fácil para los cristianos aceptar la moderna teoría de la evolución. Aunque la interpretación agustiniana de la creación bíblica no fue incluida en la doctrina oficial de la Iglesia Católica, contribuyó a la formación de la mentalidad cristiana, tanto en el catolicismo como en el protestantismo.

Como veremos, la interpretación agustiniana de la creación bíblica no concuerda con el relato bíblico, sino que lo somete a ciertos principios de interpretación que, en la lectura de Agustín, determinaron el significado de las afirmaciones bíblicas. Esos principios de interpretación consisten especialmente en el concepto agustiniano del ser de Dios y de su relación con el mundo temporal. Para comprender la interpretación agustiniana del texto bíblico, primero tenemos que presentar sus principios de interpretación.

Los principios básicos de interpretación bíblica de Agustín

Aunque la actitud de los primeros padres de la iglesia hacia la conveniencia de usar conceptos filosóficos griegos se caracterizó por el conflicto, la mayoría de ellos aceptaron e introdujeron dichos conceptos en la formulación de la teología y la doctrina cristiana. Agustín utilizó explícitamente la distinción griega entre el ámbito espiritual-inmaterial-atemporal y el corpóreo-material-temporal. Consideró al primero como el ámbito de la verdad y el conocimiento, y al segundo como el ámbito de las apariencias y opiniones cambiantes. Agustín pensó que los escritores bíblicos dieron por supuesta esta distinción al hablar del Dios eterno y del mundo temporal. Veamos de qué manera esto funciona en la interpretación bíblica agustiniana en general y cómo ello determinó su interpretación de la creación bíblica en particular.

Agustín sostuvo que, para comprender el ser de Dios, tenemos que negar todo lo corporal y espiritual mutable, y acordar con los “platónicos” que Dios es absolutamente perfecto e inmutable.1 Mientras que todo lo corporal es mutable, Dios es inmutable.2 El alma humana no es corporal, pero es mutable, de modo que también tenemos que dejarla de lado para definir lo que es Dios. Por eso, lo que se niega de Dios no solo es la corporalidad, sino también la mutabilidad. Dios es el único que no experimenta ningún tipo de cambio.3 “Existe solamente una substancia o esencia inmutable, que es Dios […] en consecuencia, solo aquel que no cambia ni puede cambiar es, sin escrúpulo, verdaderamente el Ser.”4 Agustín pensó que, al comunicar la revelación del ser de Dios en Éxodo 3:14 (“Yo soy el que soy… dirás a los hijos de Israel: El que es me envía a vosotros”), el escritor bíblico estaba dando por sentada la idea de que lo que caracteriza a Dios como el único que “es” verdaderamente el Ser, es su inmutabilidad.5

Para Agustín, la inmutabilidad de Dios implica su eternidad: “Es también eternidad verdadera, pues es inmutable, sin principio ni fin, y por ende incorruptible. Decir que Dios es eterno, inmortal, incorruptible e inmutable, es decir una misma cosa.”6 Sin embargo, al seguir la filosofía griega, Agustín sostiene que la eternidad de Dios no es una temporalidad infinita: “nada temporal puede en Dios existir”7; “a Dios le hemos de concebir […] eterno sin tiempo”; “en el seno de aquella Trinidad soberana, que es Dios, no existen intervalos de tiempo”.8 Dios no precede temporalmente al tiempo; en Dios no existe ninguna clase de sucesión; Dios es un eterno “hoy”, un eterno presente sin distinción entre pasado, presente y futuro.9 En Dios no hay tiempo ni cambio.10 Por la influencia del pensamiento griego, Agustín enfatizó que si hubiera tiempo y cambio en Dios, no habría verdadera eternidad.11 En consecuencia, la inmutabilidad y la atemporalidad de Dios se implican mutuamente.

La interpretación filosófica agustiniana de Dios como un ser atemporal e inmutable determina su interpretación de la relación de Dios con el mundo temporal y material. Agustín hizo una tajante distinción entre el ser de Dios y la manifestación de Dios. Como la esencia de la divinidad es invisible e inmutable, ella misma nunca puede aparecer en el mundo temporal y material; solo puede revelarse a través de un ser creado.12 Esto funda la posibilidad de interpretar el texto bíblico de un modo que concuerda con la interpretación filosófica de Dios. La separación entre el Dios atemporal y el mundo temporal no concuerda con la revelación bíblica sino con la filosofía griega. Al seguir el pensamiento griego, Agustín cree que el lenguaje bíblico acerca de un Dios que experimenta el tiempo y el cambio es meramente una forma analógica o metafórica de hablar “para nosotros”: “Ninguna cosa puede hablarse dignamente de Dios. Sin embargo, para que nos alimentemos nosotros y entendamos las cosas que no pueden expresarse por ningún discurso humano, se exponen con estas palabras que podemos comprender.”13 Por ejemplo, cuando las Escrituras atribuyen a Dios algo relacionado con el tiempo, como en Salmo 90:1, “donde dice: ‘Señor, tú has sido nuestro refugio’, no indica mutación en Dios, pues siempre permanece inmutable...”14 Para Agustín, todo lo que las Escrituras atribuyen a Dios como relacionado con el tiempo solo es dicho impropiamente.15 Los relatos de apariciones de Dios a los patriarcas del Antiguo Testamento siempre expresan simbólicamente la presencia de Dios a través de una criatura mutable.16

Veamos a continuación la manera en que la interpretación agustiniana del ser de Dios y de la relación de Dios con el mundo determinó su interpretación del relato bíblico de la creación.

La interpretación agustiniana de la creación bíblica.

Con respecto a la creación del universo, Agustín sostuvo que Dios primero creó lo que la Biblia denomina “los cielos de los cielos”, que él interpretó como un cielo intelectual, sin espacio ni tiempo. Este cielo participa de la eternidad e inmutabilidad de Dios, pero no es eterno como Dios, porque es creado.17 Luego, de acuerdo con Agustín, Dios habría creado lo que la Biblia llama “los cielos y la tierra”, que es el ámbito visible a los sentidos.18 En otros términos, siguiendo la distinción griega entre el ámbito atemporal y el temporal, Agustín afirma que Dios creó primero un cielo atemporal e inmutable, y luego el mundo temporal y mutable que vemos por medio de los sentidos.

Con respecto a la creación de la tierra, Agustín distinguió, en primer lugar, la tierra caótica, invisible y sin forma que no es colocada en los días de la creación sino mencionada en la frase “en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Esta tierra, al ser caótica y sin forma, no pertenece al orden espacial y temporal de la creación. En segundo lugar, Agustín distinguió la tierra que Dios formó ordenando el caos según el orden temporal de los seis días de la creación.19 Agustín pensó que la materia universal, desordenada y mezclada fue creada de la nada y estaba lista para recibir las formas de las cosas de las manos del creador, para así dar nacimiento al mundo consistente en cosas distintas y separadas.20 El relato bíblico describe que la Tierra estaba sin forma, vacía y oscura porque –afirma Agustín— carecía de la forma, que es la esencia de las cosas.21 “Primeramente la materia fue hecha confusa y sin forma, para que de ella más tarde se hicieran todas las cosas que hoy están separadas y formadas.”22

Esto significa que, para Agustín, Dios no creó las cosas durante seis días, sino que puso en la materia la semilla de las cosas, que surgieron posteriormente: “Si consideramos la semilla del árbol decimos que allí están las raíces, el tronco, las ramas, el fruto y las hojas, no porque ya aparezcan allí, sino porque allí han de nacer; así se dijo: ‘en el principio hizo Dios el cielo y la tierra’, como si fuera el semen del cielo y la tierra, estando aun confusa la materia del cielo y de la tierra. Se llamó cielo y tierra a aquella materia porque era seguro que de allí había de proceder el cielo y la tierra que vemos”.23 En otras palabras, Dios creó y colocó la forma de las cosas (las especies de los seres) en la materia, pero en potencia, de tal manera que existieron en acto, posteriormente.24 Entonces, la creación es interpretada como el desarrollo temporal de una acción instantánea realizada por Dios fuera del tiempo (la creación de las formas o especies).

Además, en su interpretación del relato bíblico de la creación, Agustín hace una distinción entre una operación intelectual y una corporal. Cuando el Génesis dice “y así fue hecho”, Agustín interpreta que esto significa que algo fue creado “en las razones de la naturaleza intelectual”. Cuando el relato dice, por ejemplo, que “fue congregada el agua en un solo conjunto y se descubrió la seca” significa que se realizó la operación corpórea. Estas distinciones reflejan la distinción filosófica entre el ser atemporal de Dios y el ser temporal del mundo. En otras palabras, la “operación intelectual” corresponde a la acción de Dios que creó simultánea y atemporalmente las “formas” de las cosas (las “semillas” que Dios puso en la materia universal y caótica); la operación corpórea corresponde al proceso sucesivo que, a través del tiempo, hizo que esas formas llegaran a ser cosas individuales y separadas. Para Agustín, Dios creó la esencia atemporal de las cosas, pero las cosas temporales, individuales y materiales fueron surgiendo con el tiempo.25 Dios creó todas las cosas simultáneamente diciéndolas, aunque ellas fueron hechas sucesivamente.26

La base filosófica griega de esta postura se evidencia claramente cuando Agustín argumenta que el alma humana fue creada –junto con los ángeles27– antes del cuerpo, puesto que éste fue creado solo en el sentido de que Dios puso en la materia las semillas de él, mientras que el alma, al ser espiritual, fue creada en el primer día de la creación28 y posteriormente “se inclinó por propia voluntad a gobernar el cuerpo”.29

En consecuencia, según Agustín, el relato bíblico de la creación está formulado en un orden temporal, no porque Dios realmente creó de esa manera, sino para que nosotros podamos entender a través de los ojos de la carne, es decir, desde nuestra perspectiva temporal. Adicionalmente, el relato presenta la obra divina en forma temporal porque “las naturalezas temporales ejecutan temporalmente sus movimientos”,30 pero “todo lo que se dice de Dios, que empieza o termina, de ningún modo se ha de entender que sucede en la naturaleza de Dios, sino en la criatura de él”.31Por ejemplo, “el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” no debe ser entendido como si Dios se hubiera movido en un lugar. En todo caso habría que entenderlo –propone Agustín– como referido a una criatura viviente, en la cual estaba contenido el mundo visible, y a la cual Dios habría concedido el poder de realizar sus obras.32

El remplazo del relato bíblico de la creación por una interpretación filosófica griega va junto con la distinción agustiniana entre la verdad “en sí misma” y la verdad “para nosotros”. La razón (es decir, la filosofía griega) capta la verdad “en sí misma”, mientras que el texto bíblico presenta la verdad solo “para nosotros”. Agustín sostuvo que las Escrituras dicen que Dios creó todo en seis días, pero que ellas también dicen (no identifica dónde) que Dios creó todo a la vez.33 De acuerdo con esto, el texto bíblico es visto como un modo pedagógico e ilustrativo de transmitir en forma sucesiva y temporal la creación que en Dios ocurre simultáneamente.34 Para Agustín, esto no implica contradicción puesto que las Escrituras (aunque él no identifica dónde) presentan solo para los ojos carnales algo que no ocurrió exactamente como ellas lo presentan.

Expresando su convicción de que las Escrituras interpretan a Dios de la misma manera que lo hace la filosofía griega, Agustín pone en boca de Dios lo siguiente: “Lo que dice mi Escritura eso mismo digo yo; pero ella lo dice en orden al tiempo, mientras el tiempo no tiene que ver con mi palabra, que permanece conmigo igual en la eternidad; y así, aquellas cosas que vosotros veis por mi Espíritu, yo las veo; y asimismo, las que vosotros decís por mi Espíritu, yo las digo. Mas viéndolas vosotros temporalmente no las veo yo temporalmente, del mismo modo que diciéndolas vosotros temporalmente no las digo yo temporalmente.”35 Agustín afirmó claramente que la verdad no es tal como se la presenta en la narración bíblica: “Por tanto tal vez se dijo: ‘y fue hecha la tarde y fue hecha la mañana un día’, primero como entiende la razón que de este modo pudo o debió hacerse, mas no de la manera con que se obra en intervalos de tiempo [...] en la operación de Dios no existen intervalos de tiempo, aunque estos se encuentren en las mismas obras”.36

Como puede verse, Agustín dejó de lado el relato bíblico de la creación divina, lo remplazó por una interpretación filosófica griega y abrió la puerta a otros futuros remplazos. Por una parte, estableció una distinción entre el ámbito intelectual-atemporal y el corporal-temporal. Por otro lado sostuvo una interpretación filosófica del ser de Dios, un concepto de Dios totalmente alejado del concepto del texto bíblico. Si Agustín hubiera interpretado el ser de Dios tal como Dios se revela a sí mismo en la Biblia, entonces hubiera podido interpretar el relato bíblico de la creación como verdadera revelación de la acción sucesiva de Dios durante siete días de veinticuatro horas.

Conclusión

Fueron presuposiciones filosóficas, no bíblicas, las que condujeron a Agustín a descartar el relato bíblico de la creación como la verdadera revelación de la acción de Dios en el tiempo. Al partir de supuestos filosóficos griegos, Agustín consideró la acción temporal creativa divina registrada en la Biblia como algo que no se refiere a la manera en que Dios realmente creó. En la filosofía griega, Dios es inmutable y atemporal. Para Agustín, la filosofía griega es la “ciencia” que explica la manera en que las cosas realmente suceden, así como también la naturaleza de Dios y de sus acciones. Dado que Dios solo puede actuar atemporal y simultáneamente, Agustín no vio la revelación bíblica de la obra creativa temporal de Dios como verdadero conocimiento. Para él, el verdadero conocimiento puede ser producido solamente por la “ciencia” racional (la filosofía griega) de su tiempo. Por eso, Agustín y los grandes teólogos católicos y protestantes que le siguieron introdujeron en el cristianismo la fatídica idea de que la acción y revelación divina en el tiempo, tal como está registrada en las Escrituras, debe ser interpretada no como la verdad, sino solo como una forma simbólica y analógica de transmitir un conocimiento acerca de la realidad espiritual, atemporal e inmutable, en la cual Dios existe y actúa. Siguiendo la filosofía griega, Agustín y la tradición teológica cristiana separaron tajantemente a Dios del tiempo. Posteriormente, cuando la ciencia moderna apareció en la escena, Dios ya había sido excluido del ámbito temporal por la tradición teológica cristiana. Por eso, los científicos modernos comenzaron a explicar el origen del mundo y la vida sin tener en cuenta la existencia del Dios bíblico. Agustín ya había adoptado la misma actitud, porque explicó el origen del mundo y la vida partiendo de la “ciencia” de su tiempo (la filosofía griega). Hay que destacar que Agustín no se convirtió en un ateo, porque esta ciencia aceptaba la existencia de un Dios atemporal e inmutable.

La ciencia moderna no acepta a Dios porque su existencia no puede ser comprobada por medio de la observación y la experimentación. Sin embargo, como la ciencia moderna tampoco puede demostrar la no existencia de un Dios atemporal e inmutable, muchos creyentes cristianos armonizan la explicación científica evolucionista del origen del mundo material con la creencia en el Dios atemporal, inmutable y espiritualizado que Agustín y la tradición teológica cristiana introdujeron en el cristianismo. Esto se puede denominar un enfoque cristiano tradicional, pero no bíblico. Los cristianos que toman en serio la acción bíblica de Dios y su revelación en el tiempo, no pueden armonizar la creación bíblica con la teoría de la evolución, porque la Biblia explica el origen del universo y la vida presuponiendo una interpretación temporal e histórica de la naturaleza y la acción de Dios. El concepto bíblico de Dios –como una temporalidad eterna, es decir, como un ser que puede actuar en el tiempo sin ser limitado por el tiempo– no puede ser mezclado con una explicación evolucionista de los procesos temporales y mutables por los cuales el universo y la vida surgieron a través del tiempo. La teoría de la evolución como explicación del proceso creador puede ser introducida en el cristianismo solo si se lee erróneamente el relato del Génesis como “metafórico”. Pero la Biblia no da lugar para tal lectura metafórica. Todo el relato bíblico de la creación muestra que esta ocurrió como una secuencia de acciones realizadas por Dios en el tiempo. Por lo tanto, los cristianos bíblicos no pueden armonizar la creación bíblica con la teoría de la evolución, puesto que ambas son mutuamente excluyentes y contradictorias.

Raúl A. Kerbs (Doctor en Filosofía, Universidad Nacional de Córdoba, Argentina) es profesor de Filosofía en la Universidad Adventista del Plata, Argentina. E-mail: raulkerbs@gmail.com.

REFERENCIAS

  1. San Agustín, La ciudad de Dios, (trad. de José Morán, Obras de San Agustín, Vol. XVI, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1958 ), VIII, 6. (Citaremos esta obra como CD.)
  2. San Agustín, De la naturaleza del bien: Contra los maniqueos (trad. de Mateo Lanseros, Obras de San Agustín, Vol. III, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1963), 1.
  3. San Agustín, De la doctrina cristiana (trad. de Balbino Martín , Obras de San Agustín, Vol. XV, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1957), I, 8 (citaremos esta obra como DC.); San Agustín, Tratado de la Santísima Trinidad (trad. de Luis Arias; Obras de San Agustín, Vol. V, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1956), IV, Prólogo, 1; VIII, 2, 3; XII, 14, 22; V, 16, 17; VII, 3, 5; I, 1, 3; XV, 4, 6; V, 1, 2; C, VII, 7, 11; VII, 11, 17 (citaremos esta obra como TST); San Agustín, Confesiones (trad. de Ángel Custodio Vega; Obras de San Agustín, Vol. II, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, séptima edición, 1979), VII, 7, 11; VII, 11, 17 (Citaremos esta obra como C.); San Agustín, Del libre albedrío, (trad. de Evaristo Seijas, Obras de San Agustín, Vol. III, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1963), II, 6, 14.
  4. TST, V, 2, 3; ver también V, 4, 5; V, 5, 6.
  5. TST, V, 2, 3; VII, 5, 10.
  6. TST, XV, 5, 8; I, 6, 10; II, 9, 16.
  7. TST, V, 16, 17.
  8. TST, XV, 25, 45; IV, 21, 30.
  9. C, XI, 13, 16.
  10. CD, XI, 21.
  11. C, 11, 7, 9; 11, 10, 12; 11, 13, 16; 11, 14, 17; TST, III, 11, 26.
  12. TST, II, 15, 26; II, 14, 24; II, 18, 35; III, 5, 10.
  13. San Agustín, Del Génesis contra los maniqueos (trad. de Balbino Martín, Obras de San Agustín, Vol. XV, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1957) I, 8, 14. (Citaremos esta obra como GCM)
  14. TST, XV, 3, 5.
  15. TST, V, 8, 9; DC III, 11; San Agustín, Enquiridión (trad. de Andrés Centeno, Obras de San Agustín, vol. IV, Madrid, Biblioteca de Autores cristianos, 1956), 33.
  16. TST, II, 17, 32.
  17. C, XII, 9-11, 13; XII, 15, 19-20.
  18. C, 12, 12, 15.
  19. C, XII, 12, 15.
  20. C, 12, 3, 3; San Agustín, Del Génesis a la letra, incompleto (trad. de Balbino Martín, Obras de San Agustín, Vol. XV, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1957), 3, 10; 4, 13-14. (Citaremos esta obra como GLI.).
  21. GLI, 5, 25; GCM, I, 7, 11; I, 4, 7.
  22. GCM, I, 5, 9; I, 6, 10.
  23. GCM, I, 7, 11; ver también GLI, 10, 32.
  24. San Agustín, Del Génesis a la letra (trad. de Balbino Martín, Obras de San Agustín, Vol. XV, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1957), IV, 33, 51; VIII, 3, 6; IX, 17, 32; TST, III, 9, 16.
  25. GLI, 10, 32, 35.
  26. C, 11, 7, 9; 11, 10, 12
  27. CD, XI, 9.
  28. Del Génesis a la letra, VII, 24, 35.
  29. Del Génesis a la letra, VII, 25, 36.
  30. GLI, 7, 28.
  31. GLI, 5, 19.
  32. GLI, 4, 16-17
  33. Del Génesis a la letra, IV, 33, 52; 34, 53, 55.
  34. Del Génesis a la letra, VII, 24, 35.
  35. C, 13, 29, 44.
  36. GLI, 7, 28; 9, 31.