Mayordomos de esperanza

La esperanza es el poder que nos permite enfrentar nuestros temores y a través de Cristo, vencerlos y vivir como personas redimidas no solamente del pecado, sino también del temor, la ansiedad, la duda y el aislamiento.

Miedo, esperanza, amor, odio. Cada una de estas cortas palabras puede generar una respuesta personal. Todas están presentes en nuestra vida… incluso simultáneamente.

Sería mucho más sencillo si hubiese mayor distancia entre palabras opuestas; buenas y malas. Sin embargo, no es lo usual en el mundo actual. En cambio, en la cultura actual se habla de las “buenas noticias” del temor o la desdeñosa ingenuidad de la esperanza. El llamado a las armas nos llega como un eco de la falta de preparación de la humanidad para la “crisis” que se avecina –cualquiera que esta sea– destinándola a ser tratada con plomo, no con amor.

Hay preocupación en el mundo. Todos sabemos que lo que para otros es motivo de lucha hoy, puede fácilmente llegar a ser nuestra propia experiencia mañana. ¿Cómo podemos ser mayordomos de esperanza en un mundo engañado y motivado por el miedo? ¿Cómo podemos vivir como mayordomos de amor en un mundo que rápidamente aísla al “extranjero que está dentro de tus puertas”?

Esperanza y temor

Mayordomos de esperanza en la cultura del miedo. ¿Qué es lo que nos da la capacidad de enfrentar al temor y tener esperanza? ¿Qué es lo que permite que mientras otros están desesperando, mi rostro exprese la “paz que sobrepasa todo entendimiento”, o la calma sin sentido?

¿Cómo encuentras paz cuando suena el teléfono e interrumpe tu mundo esa llamada inesperada que te deja perplejo pensando “será esto real?”. ¿Cómo respondemos a las malas noticas? Aquí es donde la fe nos ayuda a transformar la sorpresa y la tristeza, en esperanza y confianza.

Escuchen lo que el apóstol Pablo dice a la desorientada gente de su tiempo: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:37-39).

La ventaja de mirar nuestro mundo a través del filtro de la fe, es lo que nos otorga paz y una mejor perspectiva de las circunstancias. Los pozos desde los cuales fluyen las aguas de paz y esperanza son: el creer que Dios es bueno y desea lo mejor para nosotros; saber que es el Pastor que nos guía a aguas de reposo; y saber que podemos confiar el él.

Entonces, ¿cómo vive un mayordomo de esperanza?

¿Es la esperanza algo que se puede distribuir en tiempos de necesidad, como si se tratara de comida o agua? ¿Es algo que se puede donar o incluso reservar para tiempos de necesidad? ¿Es la esperanza algo que uno puede obtener?

Vivir con confianza en estos tiempos de incertidumbre, es el sello distintivo de un “mayordomo de esperanza”, de alguien para quien “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” es una experiencia presente, y no simplemente un deseo de un estado futuro. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).

Vivir con esperanza en el presente requiere que reconozcamos y enfrentemos con franqueza aquellas cosas que nos causan temor, ya que descartar el temor es simplificar demasiado la esperanza…

Niveles de esperanza y temor

Existen tres niveles de esperanza a los que yo adiciono la contraparte de temor.

Superficial: ¡Espero que tendré un buen día / Temo que no tendré un buen día! Este tipo de esperanza/temor es más común, pero significa muy poco debido a que las consecuencias de que sea un día feo o lluvioso no son muy significativas.

Relacional: ¡Espero darle una buena impresión / Temo no darle una buena impresión! Hay consecuencias mucho más significativas para cosas que son netamente personales, relacionales y potencialmente dolorosas. Pero con el tiempo, nos sobreponemos, las superamos y vivimos un nuevo día. Ambas, la esperanza y el temor, tienen significativamente más protagonismo en este nivel.

Existencial: ¡Espero que me recuperaré de este cáncer / Temo no recuperarme de este cáncer! Se trata de esperanza/temor expresados en situaciones límite. En este nivel está en juego la posibilidad de continuar vivos o no.

Es en el segundo y en el tercer nivel, donde la mayoría de las personas están buscando –consciente o inconscientemente– alguna forma de esperanza. Es más que probable que ellos se acerquen a conocidos en quienes confían, buscando ayuda y esperanza, en su tiempo de necesidad.

Para ser mayordomos de esperanza debemos estar integrados a la comunidad. Debemos acompañar en forma “encarnada”, y no simplemente pasar con un “camión de provisiones” durante una crisis, aun cuando esto es muy importante. Estar con las personas, mezclarnos con ellas, buscando llenar sus necesidades… ese es el sendero del Maestro (Elena White, Ministerio de Curación, p. 102 ).

Tanto el temor como la esperanza son agentes de gracia según lo expresan las palabras de un himno tradicional: “Fue la gracia la que enseñó a mi corazón a temer, y la gracia la que alivió mis temores”. La gracia –un favor inmerecido de Dios– primeramente nos enseñó que en la planificación celestial ocupamos el lugar de un pueblo en necesidad de restauración y perdón; un pueblo bajo pena de muerte y sujeto a los ataques del mal. Pero la misma gracia que nos muestra nuestro estado caído, también aleja esos temores, a través de nuestra relación con Cristo y nuestra esperanza en su pronto regreso para salvarnos. La gracia alivia nuestros temores a través de la esperanza que tenemos en Cristo, permitiéndonos enfrentar la hostil realidad con aplomo.

La esperanza hace maravillas; es el poder que nos permite enfrentar nuestros temores y a través de Cristo, vencerlos y vivir como personas redimidas no solamente del pecado, sino también del temor, la ansiedad, la duda y el aislamiento. La esperanza nos da poder para elevarnos por encima del temor y vivir confiadamente en esta época incierta.

Mi hermana menor es una mujer notable que vivió con los indios haida muy al norte del continente americano, para brindar educación y comprender sus tradiciones espirituales. También vivió durante dos años, con los inuit, en el Círculo Ártico. Fue perseguida por osos polares y atacada por un tiburón; y aun así, vive una vida tranquila. Cierta vez salió de excursión con su perro. Caminaron veinte kilómetros y treparon a una meseta plana donde Judy armó su tienda. Su perro, normalmente calmo, comenzó a mostrarse nervioso e inquieto. Judy entonces observó hacia dónde dirigía su ansiosa mirada. Al borde de la meseta, a treinta metros de distancia, dieciocho grandes orejas levantadas, apuntaban hacia ella. ¡Dieciocho orejas que pertenecían a nueve grandes lobos!

Judy no llevaba un arma, sino solamente su cuchillo de nieve. ¿Qué haría?¿Qué podría hacer? ¿Negar la existencia de los lobos? ¿Desear que se fueran? ¿Cantar canciones alegres para sentirse mejor? ¿Entrar de un salto a la tienda y subir el cierre?

Con lo que ella describe como una profunda sensación de calma, sostuvo la correa del perro, tomó su cuchillo de nieve y sin saber qué podría suceder, caminó en dirección hacia la fuente de su temor. Paso a paso, a medida que se iba acercando, los lobos se levantaron apoyándose en sus enormes patas. Entonces les habló diciéndoles calmadamente ¡que ella no tenía un buen sabor! Con sus brazos en alto caminó pacífica y valientemente hacia ellos, haciendo frente al mayor miedo que jamás había enfrentado. Cuando llegó a unos veinte metros, ellos rompieron filas y corrieron, mirando hacia atrás a este ser que los confrontaba.

Judy observó en silencio. Durmió bien esa noche; sabía que los lobos no volverían. La esperanza había nacido en su corazón después que ella enfrentó su temor. ¿Dónde está nuestra esperanza cuando el temor viene a golpear a nuestra puerta? ¿Dónde está la esperanza de nuestra comunidad cuando el temor llega a su puerta? Sobre todas las cosas, la esperanza de fe verdadera debería expresarse en la tranquila confianza transformadora que permite que el temor, el peligro y aún el odio, sean transformados y conquistados por la confianza que afirma sus raíces en la esperanza.

“Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Romanos 15:13).

Peter Bath (D. Min, Lancaster Theological Seminary) es vicepresidente de Recursos Misioneros y Humanos en el hospital de Florida (Tampa, EE.UU.) El Dr. Bath ha servido por más de treinta años en diversas funciones en el sistema de salud de la Iglesia Adventista, en instituciones educativas y en congregaciones.

Este artículo apareció originalmente en Dynamic Steward, publicado por el Departamento de Mayordomía de la Asociación General. Utilizado con permiso.