Lamec, el noveno desde Adán

Sí, yo soy Lamec, hijo de Matusalén. Me dijeron que deseabas hablar conmigo. Ahora es un buen momento, antes que comience la reunión familiar de las diez primeras generaciones desde Adán. De acuerdo a lo que me han comentado, tú, que viviste como testigo de las últimas horas del mundo, deseas conocer más sobre lo ocurrido entre la creación y el diluvio. ¡Este es un verdadero desafío, más de 1650 años de historia del mundo!

Adán

Cuando yo era un joven de 56 años, falleció Adán con 930 años. Fue un golpe inesperado para todos nosotros. Es verdad que ya otras personas habían fallecido –algunos por violencia, otros por accidentes, y algunos por causas naturales. Pero que dejara de vivir el hombre robusto y que jamás había estado enfermo, a quien Dios mismo había formado, que había estado en el Edén y había comido del fruto del árbol de la vida, fue un golpe duro.

Sin embargo, durante esos años, tuve oportunidad de compartir mucho tiempo con Adán. Realmente su presencia impresionaría a cualquiera; imagina alguien que doblaba en estatura a los hombres del fin de la historia terrenal; fuerte y vigoroso, con una expresión saludable, de ojos brillantes y penetrantes. ¡Qué vasto conocimiento poseía! Podías preguntarle acerca de cualquier cosa y él podía darte una respuesta. No es que tuviera una cantidad de libros. No; no tenía ninguno, pero sí una memoria prodigiosa.

Lo que más recuerdo son las experiencias que Adán nos relataba. El Edén era un trozo de cielo. Todo era hermoso y lleno de paz. Adán y Eva conversaban con los ángeles y se ocupaban del jardín. En el centro del Edén estaba el árbol de la vida, con frutos que parecían manzanas de oro salpicadas con plata.

Sin embargo, un día todo cambió. Adán y Eva sabían de la prueba del árbol; conocían acerca de Lucifer y de la gran batalla en el cielo. Sabían que no debían separarse. Pero Eva, quizá algo insatisfecha comenzó a dudar de lo que Dios les había dicho. La serpiente, coloreada como oro pulido, estaba comiendo del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Eva estaba intrigada, fascinada. Ella tomó el fruto en su mano y lo comió. Luego, tal como la serpiente le había sugerido, se lo llevó a Adán.

Adán comprendió inmediatamente lo que había ocurrido y también cuáles serían las consecuencias. Entonces le dijo a Eva que suponía que ella había estado hablando con el enemigo. Pero él no quería perder a Eva, esa hermosa mujer, así que impulsivamente decidió compartir su destino. Tomó la fruta y la comió.

Tuvieron que abandonar el Edén.

Recuerdo cuando siendo un muchacho, miraba hacia adentro del Edén desde la entrada del jardín. Si tú aún no lo has hecho, tienes que dar un paseo y verlo. No está muy lejos de la Santa Ciudad.

Fuera del jardín, los efectos del pecado comenzaron a notarse. El clima se tornó impredecible. Aparecieron espinas en algunas de las plantas más hermosas. Adán me contó que cuando ellos vieron caer la primera hoja de uno de los árboles, lloraron como si hubieran perdido un amigo entrañable.

Caín y Abel

Luego de algunos años, nació su primer hijo. Adán y Eva estaban un tanto sorprendidos porque el bebé no tenía dientes, no podía hablar, ni caminar. Lo llamaron Caín y pensaron que podría ser el Mesías. Luego de un tiempo, nació otro bebé al que llamaron Abel.

A medida que Caín crecía, comenzó a quejarse amargamente de no poder entrar al Edén y se tornó especialmente rebelde cuando la familia llegaba delante del querubín, en la entrada del jardín, para ofrecer sacrificios. Abel, sin embrago, sostenía que Dios era misericordioso al permitir que sus padres continuaran viviendo, aun habiendo desobedecido.

La vida y las palabras de Abel irritaban a Caín, y un día en un ataque de enojo, lo silenció. ¡Qué triste que Caín, el que había sido el primero en llegar al hogar, fuese el primero en quitar la vida de otro ser humano. Adán y Eva perdieron ambos hijos aquel día. Caín huyó hacia el este, donde vivió en la región de Nod, cerca del río Éufrates. Era una tierra menos fértil. En Nod, construyó una ciudad fortificada a la que llamó Enoc.

Los descendientes de Caín comenzaron a multiplicarse. Muchos, como su nieto Irad, vivían aglomerados en la ciudad, mientras que otras partes se encontraban prácticamente deshabitadas. Uno de estos descendientes, Tubal-caín, llegó a ser un experto en metales. Luego de un tiempo, usó el bronce y el hierro para fabricar elementos de guerra. Otro, llamado Jubal, inventó varios tipos de instrumentos musicales, aunque no los usó con propósitos sagrados.

Los descendientes de Caín intentaron olvidarse de Dios. Construyeron magníficos edificios, palacios, templos, hermosos jardines y anchas avenidas sombreadas con árboles frutales. Fabricaron ídolos y plantaron huertos de árboles, que dedicaron a sus ídolos. Asimismo perdieron la costumbre de reverenciar el sábado. Además trataban de superarse unos a otros constantemente, decorando sus mansiones, utilizando oro, plata y piedras preciosas. El resultado de esta intensa rivalidad fue la violencia y el derramamiento de sangre.

Set

Adán tenía 130 años cuando nació su tercer hijo. Lo llamaron Set, “Substituto”. Él tenía una estatura aún más noble que la de Caín o Abel, y se asemejaba a Adán más que ninguno de sus hermanos. A través de él, comenzó el linaje de patriarcas al cual pertenezco.

Set tenía 105 años cuando nació su hijo Enós. En ese entonces, los descendientes de Set que amaban a Dios, comenzaron a ser conocidos como “los hijos de Dios”. Durante siglos siguieron reuniéndose en la entrada del Edén para adorar a Dios y ofrecer sacrificios.

El hijo de Enós fue Cainán, y el hijo de Cainán, Mahalaleel; el primero de los patriarcas que murió antes de alcanzar los 900 años de edad. El hijo de Mahalaleel fue Jared, y Jared fue el padre de mi abuelo Enoc.

Hijos de Dios y de los hombres

En aquellos años, los descendientes de Caín comenzaron a esparcirse desde la tierra de Nod. Llegó un momento en que invadieron las planicies y valles donde vivíamos nosotros, los descendientes de Set.

Por otro lado, los descendientes de Caín eran conocidos como los “hijos de los hombres”. Debido a su estilo de vida, comenzaron a perder vitalidad, nobleza y estatura. Y a medida que perdían su semejanza divina, comenzaron a morir a edades más tempranas. Muchos eran polígamos. Lamec, por ejemplo, tenía dos esposas Ada y Zila (“Ornamento” y “Cascabeleo”). La multiplicidad de esposas trajo mucha tristeza y perversión. Fue uno de los graves pecados que provocó que la ira de Dios se manifestase en nuestro mundo.

Los descendientes de Set, sin embargo, eran leales a los principios de Dios; conservaron su fuerza y estatura de generación en generación. De esta manera, los “hijos de Dios”, eran vistos como gigantes por los descendientes de Caín.

Cuando los descendientes de Caín invadieron nuestra tierra, lo hicieron con violencia y armas de guerra. Muchos de los descendientes de Set, un pueblo amante de la paz, tuvieron que huir hacia las montañas. Luego de un tiempo, algunos se aventuraron a descender nuevamente a la planicie y comenzaron a asociarse con los descendientes de Caín. Vieron que las hijas de estos eran hermosas y muchos tomaron esposas de entre las hijas de los hombres. No las escogieron a causa de su virtud, sino basándose solamente en la atracción sensual.

Los hijos originados de estas uniones, eran también de gran estatura y fuerza, como sus padres. Pero nadie instruyó a estos niños en los caminos del Señor. Crecieron indisciplinados, rebeldes, inmersos en vicios y sin principios morales. El resultado fue una gran apostasía.

Enoc

Cuando nació mi abuelo Enoc que fue la séptima generación, Adán tenía 622 años. De esta manera tuvo la oportunidad de escuchar de su propia boca la triste historia de la caída del hombre y la preciosa promesa de que el Hijo de Dios salvaría a nuestra raza caída. Adán también lo instruyó en la ley de Dios.

Mi abuelo era un hombre extraordinariamente inteligente, con una mente brillante y cultivada. Era manso y humilde, cortés y compasivo. También poseía vigor moral. Entonces decidió ir a vivir a las montañas. Anhelaba establecer a su familia en un ambiente tan puro como fuera posible. No deseaba mezclarse diariamente con los impíos, quienes se enorgullecían abiertamente de sus transgresiones a la ley de Dios. No quería ser perjudicado por la infidelidad de ellos y perder su reverencia y celo por Dios.

Allí en la soledad de las montañas, el abuelo Enoc pasaba mucho tiempo en meditación y oración. Oraba pidiendo poder conocer la voluntad de Dios y cumplirla perfectamente.

Cuando tenía 65 años nació su hijo Matusalén. Aun cuando durante aquellos primeros años Enoc había amado y honrado a Dios, luego del nacimiento de su primer hijo alcanzó una experiencia personal con Dios más intensa aún. A medida que comenzaba a comprender la profundidad del amor paterno y la confianza completa del indefenso niño, comenzó a entender más claramente el amor de Dios, y su relación con el Creador creció. En ese tiempo comenzó a “caminar con Dios”.

Debes comprender que caminar no significa que vagaban juntos a través de los bosques. Tampoco era a través de arrobamientos o visiones. De hecho, Enoc nunca vio a Dios cara a cara. Pero estaba como presente en las cuestiones de su vida diaria y siempre se preguntaba: “¿Es este el camino del Señor? ¿Es esto aceptable?” Asemejarse a Dios era el gran deseo que llenaba su corazón.

Una cosa, sin embargo, preocupaba a Enoc. Los descendientes de Caín frecuentemente se burlaban diciendo: “No hay recompensa para el justo ni castigo para el impío”. Entonces los hijos de Dios se preguntaban: “¿De qué nos sirve temer al Señor y guardar sus preceptos, si la muerte es la recompensa para todos?” Aun Enoc se preguntaba a sí mismo: “¿Qué sucede realmente a una persona cuando muere?” El oró a Dios acerca de este dilema y Dios le respondió. Enoc vio en visión la vida de Cristo, su muerte y resurrección; la segunda venida, el fin del mundo y la resurrección de los justos. Vio la Santa Ciudad y cómo se nos permitiría una vez más vivir en el Edén. Vio la resurrección de los impíos luego del milenio y su destrucción por fuego. Los ángeles también lo visitaron y le informaron que muy pronto Dios enviaría una inundación de agua para destruir a los impíos. De esa forma llegó a ser el primer profeta.

Cada vez que Enoc regresaba de estos momentos de comunión con Dios, su rostro se iluminaba. Esto producía una profunda reverencia a todos aquellos que lo veían; aún los impíos y los burladores lo notaban y se maravillaban. Él era verdaderamente una luz brillando en la oscuridad.

Enoc, sin embargo, no era un ermitaño. Sentía que tenía una misión. Aunque no vivía en la ciudad, iba frecuentemente para llevar mensajes de salvación a sus habitantes. Trabajaba no solamente entre los descendientes de Set, sino que viajaba aun hasta la tierra de Nod adonde Caín había intentado huir de la presencia de Dios.

Todavía parece que lo escucho diciendo: “Dios está viniendo con miles de sus santos ángeles; salvará a los justos y destruirá a los impíos. Oh, arrepiéntanse y vuélvanse de sus impíos caminos. Dios los ama y desea salvarlos”.

Luego de permanecer por un tiempo compartiendo este mensaje, nuevamente se apartaba para sentirse más cerca de Dios. En algunas ocasiones, tomaba consigo a algunos que habían aceptado el mensaje. Otras personas lo buscaban en esos parajes donde se recluía para estar en comunión con Dios, y allí los instruía y oraba por ellos. Pero a su vez separaba ciertos períodos en que no permitía que interrumpiesen su comunión con Dios. Luego de esos intervalos, iba nuevamente a encontrarse con justos e impíos.

Enoc “caminó” con Dios por 300 años. Entonces un día, cuando yo tenía 113 años y el abuelo Enoc 365, Dios envió a sus ángeles para que lo llevaran al cielo. En presencia de los justos y también de los impíos que lo odiaban, los cielos se abrieron para él.

Debes comprender que Enoc fue llevado al cielo no solamente como recompensa por su vida santa, sino para demostrar la certeza de la promesa de Dios y su poder para salvarnos del pecado y la muerte. Pronto, tú tendrás la oportunidad de hablar con Enoc. Ahora tiene más de cinco mil años; fue el primero de la raza humana en entrar a través de las puertas de la Santa Ciudad.

Nuestra familia

Mi padre Matusalén, nació cuando Adán tenía 687 años. De todas las cosas que mi abuelo Enoc le había contado, la que más lo impresionaba eran las noticias de que vendría una inundación.

Cuando yo nací, la novena generación desde Adán, él tenía 874 años. Lo que más recuerdo acerca de esa época es cuán duro debíamos trabajar para cultivar la tierra. Nosotros vivíamos en las montañas de Havila. Los descendientes de Caín y los de Set que apostataron, habían llenado la fértil llanura del rio Pisón. Ellos también habían codiciado esa tierra porque había mucho oro y piedras preciosas. En la montaña era mucho más dificultosa la tarea de la agricultura y no tenía a nadie que me ayudase durante 182 años, hasta que nació mi hijo. Cuando lo vi pude exclamar: “¡Ahora, por fin, tenemos alguien que podrá ayudarnos a cultivar esta tierra!” Y lo llamé “Descanso”, aunque tú lo conoces como Noé.

El mundo antediluviano

Noé fue la décima generación desde Adán. Aunque nunca tuvo la oportunidad de hablar ni con Adán, ni con Enoc, también “caminó con Dios”.

Muchas veces, este hijo me preguntaba si la inundación ocurriría durante su vida. Es que la raza humana se había multiplicado rápidamente hasta llegar a ser una vasta población y el mundo estaba lleno de crimen y violencia; las disputas, los robos y los homicidios estaban a la orden del día. Si alguien deseaba los bienes o la esposa de su vecino, todo se resolvía matándolo, y entonces además se jactaba de sus violentas hazañas.

La justicia quedó pisoteada. Los violentos, no solo violaban los derechos de los más débiles, sino que los forzaban a cometer actos de violencia y crímenes. Incluso se gozaban en destruir la vida de los animales; luego los devoraban, y esto hacía aumentar la violencia y deshumanización de su naturaleza y los llevaba a mirar la vida de otros seres humanos con sorprendente indiferencia.

Si hubo un pecado que sobresalió y provocó la destrucción de la raza humana a través del diluvio, fue el perverso amalgamamiento de especies animales entre sí y con el hombre. Esto acarreó confusión en todas partes y desfiguró la imagen de Dios en la humanidad. A partir de esa “ingeniería genética” aparecieron bestias extrañas, criaturas que Dios no había creado y que no tenían nombres dados por Adán. Cuando el diluvio llegó, Dios preservó en el arca solamente aquellas especies que él había creado.

Los avances científicos y tecnológicos del mundo antediluviano fueron increíbles. ¿Tú crees que tu mundo era sofisticado? Deberías haber visto lo que fue antes del diluvio. Tremendos inventos en ciencias, arte y tecnología iguales o mayores a los que tú conoces, perecieron en el diluvio. Obtuvimos este conocimiento estudiando cuidadosamente la forma y los hábitos de diferentes animales; cómo usaban sus cuerpos y cómo se defendían. Además, teníamos una expectativa de vida cercana a los mil años. Había tiempo para reunir conocimientos y lo más interesante es que nunca olvidábamos lo que habíamos aprendido.

Para colmar la lista de todos sus pecados, los descendientes de Caín y los descendientes apóstatas de Set decidieron tomar por la fuerza el jardín del Edén y el árbol de la vida. Se armaron y se entrenaron. Pero ese día, el Edén dejó de existir en ese lugar; Dios, en su misericordia lo llevó al cielo para que los descendientes de Caín no perecieran antes de haber tenido una última oportunidad de oír el mensaje de salvación. Dios también deseaba conservar un ejemplo de su creación sin la mancha del pecado, para devolverlo a aquellos que fueran fieles.

El arca

Noé tenía 500 años cuando nació su primer hijo. Luego tuvo dos más. Cada uno de estos hijos encontró una esposa que amaba a Dios, lo cual no era fácil.

Mientras tanto, Dios habló a Noé acerca del diluvio universal que se acercaba. Le dijo que sería un juicio debido a la impiedad de los habitantes de la tierra. El mundo entero sería destruido, excepto aquellos que se arrepintiesen y se volvieran de sus malos caminos. Dios también mencionó un arca.

¡Noé se sorprendió cuando escuchó acerca del arca y estuvo aún más asombrado, cuando se percató que él era el escogido para construirlo! Es que mi hijo no tenía experiencia previa en construcción de barcos o en navegación. Tampoco era rico, pero desde el momento en que Dios le habló, invirtió todo lo que poseía en la construcción del arca. La hizo con madera de acacia, –árboles de aproximadamente ciento veinte metros de altura, de una veta muy fina y de una consistencia casi tan dura como la piedra. Tomó mucho tiempo y esfuerzo trabajar la acacia, aún para los antediluvianos de contextura fuerte. Luego había que cubrir la madera con una capa de resina, por dentro y por fuera, rellenando cada grieta. El arca se veía como un barco en la parte inferior y como un enorme edificio por encima. Tenía tres niveles, con una claraboya que abarcaba todo el largo de la estructura, iluminando así todo el interior.

Al fin llegó a ser una gran atracción. La gente llegaba desde lejos para ver el espectáculo. Mi hijo Noé, junto a mi padre Matusalén y algunos otros, comenzaron a predicar acerca del diluvio. Era el mismo mensaje que había anunciado mi abuelo Enoc.

Al principio muchos de los descendientes de Caín creyeron lo que escuchaban. Sin embargo, algunos continuaron con sus vicios y luego de un tiempo se unieron a las filas de los burladores. Otros, fueron disuadidos por los descendientes de Set que se habían unido con los descendientes de Caín. De hecho, eran estos descendientes apóstatas de Set, los primeros en rechazar el mensaje de Noé. De todos modos algunos de los ayudantes de Noé creyeron, pero murieron antes del diluvio; aunque la oposición no era universal, a medida que pasaban los años, se tornaba más intensa.

“Miren cuantos años hace que Noé está predicando, y nada sucede aún. Cada día es lo mismo. El sol siempre brilla. El cielo está siempre azul”. “Los hombres de ciencia saben de qué hablan. Es imposible que el agua pueda llegar a cubrir la tierra. Simplemente no existe tanta agua”. “¡Agua cayendo del cielo! ¡Qué idea tan absurda! ¡El cielo no puede contener agua! Aun si fuera a llover, no llegaría a cubrir aquellas montañas. Escaparíamos hacia allí”.

Y de esta manera, ellos ridiculizaban y criticaban a Noé. Lo llamaban loco fanático, alarmista. Se burlaban de la sinceridad y la emoción intensa con la cual él les advertía del juicio que se acercaba. Hasta llegaron a hacer una especie de gran carnaval, con Noé y el arca como la atracción principal. Parecía que todo el mundo se había reunido.

Los científicos se pusieron en pie y hablaron de las leyes que controlaban la naturaleza. “Señoras y señores, las leyes de la naturaleza son fijas e inmutables; ni Dios puede cambiarlas, y no lo hará”. Los teólogos anunciaban: “Amado pueblo, ustedes deben entender que no estaría en armonía con el carácter de Dios destruir seres que él mismo creó; tampoco iría a salvar solamente a Noé y su familia”.

Los filósofos sugirieron que la construcción de esa enorme nave en tierra seca, no era sino una parábola, y que Noé estaba hablando figuradamente mediante símbolos y metáforas.

Y todos continuaron como siempre, comiendo y bebiendo, casándose y dándose en casamiento.

Conclusión

Cada día, excepto el sábado, trabajábamos juntos, mi padre Matusalén, mi hijo Noé y yo, construyendo el arca… Y eso es todo lo que recuerdo.

A la edad de 777 años, fui el primer patriarca en morir antes que su padre. Luego de la resurrección, me enteré que mi padre Matusalén había vivido algunos años más, muriendo en el mismo año del diluvio, a la edad de 969 años.

Excepto la familia de Noé, todos mis familiares cercanos y amigos más queridos perecieron en el diluvio. Si tan solo ellos hubieran creído el mensaje de Noé y hubieran aceptado el plan de Dios de salvación, podrían haber sido salvados…

Oh, aquí viene Enoc. Ha llegado desde la Santa Ciudad en donde vive. Mira, trae una rama de palmera en su mano. En cada hoja está escrita la palabra “Victoria”. En su cabeza, hay una corona brillante con hojas blancas. En el centro de cada hoja está la palabra “Pureza”. Incrustadas en la corona hay piedras preciosas de una miríada de colores que reflejan y magnifican las palabras. La corona está afirmada con una cinta sobre la cual se lee “Santidad”. Sobre el laurel, su corona brilla más resplandeciente que el sol.

Pareciera que la reunión familiar de las diez generaciones de Adán está por comenzar y debo despedirme. Pero realmente deberíamos pasar más tiempo juntos. Debes contarme acerca de los eventos finales en la Tierra y acerca de tu experiencia viviendo en esos tremendos momentos: aquellas horas finales.

“Más como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre” (Mateo 24:37).

John Wesley Taylor V (Ph. D., Andrews University; Ed., D., Universidad de Virginia) se desempeña como director asociado del Departamento de Educación en la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Es también uno de los editores de Diálogo. E-mail: taylorjw@gc.adventist.org. John Wesley Taylor IV es alumno en la Southern Adventist University (Tennessee, U.S.A.).