Cuando Dios nos lleva por senderos inimaginables

No hay límites para lo que Dios puede hacer en ti, para ti, y a través de ti. Pero para aprovechar esta promesa, debes confiar en su poder y permitir que realice su voluntad en tu vida.

Crecí en Berrien Springs, Míchigan, donde se encuentra la Universidad Andrews. Mis padres emigraron desde las islas del Caribe en la década de 1960 para estudiar allí. Tiempo después, al concluir su doctorado, mi padre volvió a Andrews como profesor en la carrera de Teología donde enseñó durante treinta y cinco años. Mi madre trabajaba de noche como técnica de laboratorio para poder cuidar a mis dos hermanas y a mí durante el día.

Me siento honrado de ser hijo de la educación adventista. Asistí a escuelas adventistas durante mi educación primaria y secundaria. He tenido el privilegio de asistir a algunas de las mejores universidades del país (Universidad de Míchigan, Universidad de Yale), y honestamente puedo decir que no salí perdiendo nada por estudiar en el sistema educativo adventista. He conocido y competido con estudiantes que fueron a las escuelas privadas de gran fama mundial, pero el fundamento que recibí de mi educación adventista –la cual trascendió en mucho lo académico, y me dio fundamentos espirituales y de liderazgo como también habilidades para la vida– me brindó una sólida preparación para las oportunidades y desafíos a los que me he enfrentado en el transcurso de mi vida.

Durante todos mis años de formación, las primeras amistades, los fundamentos espirituales, la formación académica, la ética de trabajo, los parámetros morales, el sentido de la ambición, el creer en mí mismo, el respeto por los demás, etc., se forjaron dentro de la comunidad. No nací en circunstancias especiales, ni tampoco tuve ninguna habilidad especial. En síntesis, yo no era muy diferente a cualquiera de ustedes.

Esto no quiere decir que no tuviera sueños. De hecho, cuando estaba a punto de salir de mi hogar para ir a la universidad, tenía un plan muy claro de lo que quería hacer con mi vida. Consistía en ir a la universidad, estudiar y convertirme en un abogado, para trabajar en alguna gran compañía. Pero no fui muy exitoso en la ejecución de este temprano plan que había fijado para mi vida. De hecho, si me hubieran dicho entonces que veintitrés años más tarde tendría la carrera que he tenido hasta este punto –trabajando como abogado de derechos civiles, sirviendo como asesor de dos gobernadores del Estado de Nueva York, liderando la política urbana para el presidente de los Estados Unidos, y ahora sirviendo como vicepresidente de una de las mejores universidades del país, nunca lo hubiera creído. Esto está muy por encima de lo que yo esperaba y soñaba.

Tres preguntas para tu futuro

De mi travesía espiritual, académica y profesional hasta aquí, y tomando mi propia experiencia como hijo de la Iglesia Adventista, a la par de sumarle mi gozo en ese recorrido que me llevó a la realización profesional sin perder mis raíces en la fe ni mi vida espiritual, tengo tres desafíos para compartir con los jóvenes a punto de comenzar una travesía similar.

En primer lugar, ¿qué sigue? Esa es la primera pregunta que cualquier estudiante universitario debe enfrentar: ¿Continuar su educación o comenzar una carrera? Aunque este paso es relativamente sencillo, marca una transición, y quiero compartir un breve pensamiento acerca de esto. Probablemente, una de las cuestiones importantes a la que muchos de ustedes se enfrentarán será pasar de un ambiente más protegido, a uno en que como adventista serás parte de la minoría. Para enfrentar esta transición es importante que estés bien identificado con quién eres y con tu fe. Esto no significa que debes tener tu religión escrita en la frente (lo cual funciona para algunos, pero no para otros), pero a mí me resultó útil que la gente supiera de entrada acerca de mi religión y sus alcances –lo de no estudiar o trabajar en sábado, lo de no comer carne de cerdo ni frutos de mar, lo de no fumar o beber, etc. El definirme a mí mismo desde el comienzo, previno que otras personas trataran de definir mi comportamiento a través de su propia óptica, y encontré que a menudo cosechaba el respeto y hasta la admiración de quienes observaban cómo el estilo de vida adventista realzaba mi calidad de vida.

En segundo lugar, ¿qué es posible? Para introducir esto, creo que es importante primero ir a la Palabra de Dios –a las promesas que él nos ha hecho a cada uno, y el potencial que quiere que veamos en nosotros mismos. Para ello, Efesios 3:20-21 es mi punto de apoyo: “Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que podamos imaginarnos o pedir, por el poder que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén”.¡Mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos! Ese es el poder y la promesa del amor de Dios que Pablo trata de transmitir en este capítulo. ¡Qué poderosa es esta promesa! Solo piensa en ello por un segundo... Piensa en todas las cosas que has pedido a Dios en tu vida. Piensa en los sueños que tienes para tu futuro (para tu familia, tu carrera y tu vida espiritual). Ahora amplía tu imaginación un poco y piensa en las aspiraciones que podrías tener para ti mismo pero que nunca antes siquiera hayas considerado como una posibilidad. Lo que dice este texto o esta promesa, es que Dios está dispuesto y es capaz de hacer por ti mucho más y por encima de todo lo que puedas pedir o imaginar.

Elena White presenta esta noción de posibilidad de otra manera: “El ideal de Dios para sus hijos es más elevado de lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano”.* En cierto sentido lo que estas promesas nos señalan es que la idea de que somos capaces de lograr cualquier cosa que nos propongamos, en realidad ¡puede ser demasiado limitada! No solo puedes lograr lo que te propongas... ¡puedes lograr cosas que van más allá de lo que tu mente es capaz de proponer! Dicho de otro modo, lo que es posible para ti es ilimitado ya que va más allá “de lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano”. No hay límite para lo que Dios puede hacer en ti, para ti, y a través de ti. Pero para aprovechar esta promesa, debes confiar en su poder y permitir que realice su voluntad en tu vida.

Tercero, ¿qué oportunidades están por aparecer? Debes estar preguntándote: Si mis posibilidades son ilimitadas, ¿cómo traduzco esta promesa a oportunidades concretas para mi futuro? ¿Cómo puede alcanzar uno alturas que son más elevadas de lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano? No estoy seguro que haya una respuesta clara a esta pregunta. Personalmente, creo que tiene menos que ver con las “obras que haces”, y tiene más que ver con la “mentalidad que tienes” para crear el espacio que le permita a Dios dirigir tu vida. En otras palabras, no existe un itinerario o mapa con la descripción de las acciones a tomar para ascender hasta lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano, pero mi experiencia me dice (así como otros numerosos ejemplos de la Biblia y de mis conocidos) que hay un estado mental –una profunda fe y plena confianza en Dios– que es crucial para permitirte experimentar toda la gama de oportunidades que el Padre tiene para tu vida.

Permíteme ilustrar esto con dos breves ejemplos. En primer lugar uno extraído de la Biblia. José era un niño hebreo que, al igual que sus hermanos, estaba destinado a una vida de pastor. Vendido por sus hermanos como esclavo, finalmente terminó en una cárcel en Egipto. Estando allí, conoció al copero de Faraón e interpretó su sueño. Este acto fue recordado por el copero (aunque dos años más tarde) y fue transmitido a Faraón, quien necesitaba ayuda con la interpretación de su propio sueño. Así fue como Faraón lo conoció y lo puso como gobernador de todo Egipto (a la “avanzada edad” de 30 años). Fue así como él pudo salvar también a su familia y al pueblo de Israel de la hambruna. Estoy seguro que esto no estaba en la mente de José, y ni siquiera lo hubiera creído si alguien se lo hubiese anticipado. Esta “fantasía” estaba más allá de cualquier cosa que él hubiera pedido o creyera posible, pero a través de la fe y la entrega a la voluntad de Dios, fue una realidad.

Como segundo ejemplo, consideremos la forma en que surgió la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Los pioneros fundadores eran jóvenes que, como sabemos, pasaron por la mayor de las decepciones. Fueron burlados, ridiculizados y despreciados por sus creencias, pero se aferraron a su fe. Dios usó a estas personas para impulsar un movimiento que comenzó como un pequeño grupo y ha crecido por encima de los dieciocho millones de miembros hoy en día. Esto no fue lo que los fundadores de nuestras iglesia pidieron allá por el 1844, ni es lo que pensaban que ocurriría ese fatídico 22 de octubre, pero, nuestra iglesia, llegó mucho más alto de todo lo que pidieron o imaginaron en ese momento.

Por lo tanto esta promesa no es solo una cosa del pasado. La gente a nuestro alrededor la ha experimentado. Pienso en mi padre, quien creció en la pobreza en una granja de la pequeña isla de Granada, pero ascendió hasta obtener su doctorado; llegó a ser director de su departamento académico; fue representante de la universidad y pastor de dos iglesias multiculturales. Todas cosas que nunca se hubiera imaginado. ¡Esto sobrepasó las alturas!

Esta experiencia de dejar que Dios te lleve a lugares inimaginables no es excepcional. Sucede hoy en día. Me ha pasado reiteradas veces en mi vida. Y puede suceder en tu vida si apelas a su promesa.

Los denominadores comunes de lo excepcional

Aunque antes dije que no existe un plan de acción determinado para saber convertir la promesa de Dios de posibilidad en una oportunidad garantizada para tu vida, en los ejemplos que he citado hay algunos elementos comunes que a mi parecer son para tener en cuenta.

En primer lugar, todos los ejemplos anteriores envuelven a personas que tenían una relación cercana con Dios y fe plena en él. Verdaderamente ese es el fundamento. Como dijo Jesús. “Para el que cree, todo es posible” (Marcos 9:23). Creo que aquí es donde está el punto de partida para reclamar esta promesa de posibilidad.

En segundo lugar, todos ellos tenían sueños y ambiciones. No se sentaron de brazos cruzados a esperar que Dios actuara. La promesa dice que Dios es capaz de hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos. ¡Eso significa que debes pedir y pensar! Sin ambición y acción, no es posible cumplir esta promesa.

En tercer lugar, todos ellos experimentaron desafíos y adversidad. Sin embargo, no permitieron que estos contratiempos los hicieran descarrilar. En esos momentos no podían saber si saldrían alguna vez de sus circunstancias difíciles. Pero a pesar de todo, su fe en Dios nunca vaciló. ¿Enfrentarás ocasionalmente desafíos y experimentarás fracasos mientras te embarcas en tu propia travesía? Sí, seguro que lo harás. Todos lo hacemos. Pero la perfección no es la prueba. La verdadera prueba está en ser capaz de superar tus desafíos, reconocer tus fracasos y luego levantarte, por medio de Cristo, para continuar la travesía de la vida.

En cuarto lugar, si no fuera por los reveses y desafíos que enfrentaron, no habrían alcanzado las alturas que Dios tenía reservadas para ellos. José no hubiera sido gobernador de Egipto ni hubiera sido capaz de salvar al pueblo de Israel si sus hermanos no lo hubieran vendido como esclavo. La Iglesia Adventista del Séptimo Día, tal como la conocemos, podría no existir sin el Gran Chasco. En una escala mucho menos significativa, puedo señalar numerosas ocasiones de mi vida en que estaba empeñado en que algo sucediera –conseguir un trabajo en particular, conocer a una persona, alcanzar una meta– pero no sucedía, a pesar de mis incesantes oraciones y mejores esfuerzos. En esos momentos me decepcionaba mucho, pero en casi todos los casos, más tarde resultó que si hubiera obtenido esas cosas que yo ansiaba, nunca hubiera ocurrido una mejor oportunidad que Dios me tenía reservada. Por lo tanto, las dificultades pueden ser puertas de oportunidades. Todo consiste en entender que el desafío de hoy puede ser la bendición de mañana.

En quinto y último lugar, en cada uno de los ejemplos las personas estaban abiertas a que Dios tuviera un recorrido diferente para sus vidas. Tener esta actitud de dejar que Dios dirija y ser flexible para ir en la dirección que él te lleve –incluso si no está de acuerdo con el plan que tú tienes para tu vida– es crucial para ascender más alto de lo que puede alcanzar el más sublime pensamiento humano.

No estoy sugiriendo que las medidas tradicionales del éxito estén garantizadas y que cada uno de ustedes estará algún día en las más altas esferas de su área profesional, o que llegarán a ser presidentes de su país. Esa no es la meta de la promesa de Dios. El punto principal es que Dios tiene un plan para tu vida, y este plan puede ser diferente, puede estar por encima de cualquier cosa que tú hayas planeado. Y también sabemos que la jerarquía del éxito para Dios no es la misma que la de la sociedad secular –así que lo que él considera “por encima” no siempre coincidirá con lo que la sociedad considera “por encima”. Solo recuerda la historia de la ofrenda de la viuda; Jesús les dijo a sus discípulos: “Les aseguro que esta viuda pobre ha echado en el tesoro más que todos los demás. Estos dieron de lo que les sobraba; pero ella, de su pobreza, echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12:43-44).

Conclusión

A menudo les digo a mis hijos que “Dios sabe lo que está haciendo”. Digo esto para explicar tanto lo bueno como lo malo que nos sucede –para ayudarles a entender que Dios tiene un plan para sus vidas y que lo que puede parecer difícil ahora, en realidad puede ser un paso importante hacia la realización de ese plan. He visto las cosas funcionar de esta manera en mi vida. Creo firmemente que si cada uno de ustedes confía en el Señor, y está abierto a su voluntad, también verán cosas notables en sus vidas.

La oportunidad está ahí. Es una promesa que tiene que ver con tu fe. La pregunta es: ¿Vas a aprovecharla, y la aceptarás incluso si toma una forma diferente (tal vez por encima) de lo que pediste o imaginaste?

Derek R.B. Douglas (J.D. Facultad de Derecho de la Universidad de Yale) es vicepresidente para la participación cívica de la Universidad de Chicago. Entre 2009-2011, sirvió en el Consejo de Política Interior de la Casa Blanca como asistente especial del Presidente Barack Obama.

Elena G. de White, El Deseado de todas las Gentes (1955) p. 273.

Todos los versículos bíblicos son de la Nueva Versión Internacional.

Este artículo está basado en un discurso de graduación del autor, pronunciado en la Universidad Andrews el 4 de agosto de 2013.