“Por qué ella se queda... por qué se va”

Una relación abusiva en la que uno es sometido al rechazo o a violencia física, mental, social o espiritual no tiene cabida ni justificación dentro de los parámetros cristianos.

La violencia doméstica no es tan solo un síntoma que cuando está totalmente investigado y entendido puede ser reparado o subsanado. Es sintomático de problemas biológicos y psicológicos que afectan a quienes son abusados, quienes abusan y quienes observan la situación como espectadores, sean niños, padres, familiares o amigos.

Las víctimas escuchan diversas preguntas: ¿Por qué no te vas si es tan malo? ¿Por qué toleras su abuso? ¿Qué has hecho para hacerle actuar de esa manera? ¿Por qué no lo echas? Si bien son preguntas formuladas por personas bien intencionadas, en general tienen poca o ninguna idea de lo que es para una víctima sentirse totalmente inútil, culpable, avergonzada, desesperada e impotente. No entienden que todo el proceso de abuso degrada gradualmente a la víctima, poco a poco, parte por parte. Tal vez sería mejor hacerse estas preguntas: ¿Qué puedo hacer yo para ayudar a una víctima a dejar la relación abusiva? ¿Cómo puedo ayudar a la víctima a adquirir el acceso a la seguridad?

Las víctimas tienen muchas razones por las cuales permanecer en una relación abusiva, y relativamente pocas condiciones para salir. Casi todas las mujeres golpeadas tratan de dejar un entorno violento en algún momento. Para las que se van, la violencia puede estar apenas comenzando; los abusadores intensifican su violencia cuando una mujer intenta dejarlo o muestra signos de independencia. El abusador puede tratar de forzarla a la reconciliación o puede tomar represalias por su percibido rechazo o abandono. Los hombres que creen que son dueños de sus mujeres ven su partida como la traición máxima, que justifica entonces una venganza. Convivir con estos abusadores es altamente peligroso, ya que con el tiempo la violencia suele aumentar en frecuencia y severidad.

Quienes no entienden la dinámica de la violencia doméstica creen que la mujer simplemente debería irse. ¡No es tan sencillo, sin embargo! La mayoría de las mujeres que se encuentran en relaciones violentas tienen dos opciones, y las dos son peligrosas. La primera es quedar. Pero el maltrato es un patrón de comportamiento, y no comienza con un golpe. Se inicia con una mirada sutil, una actitud y una inflexión de la voz. Debido a que el comportamiento del abusador es calculado para mantenerla fuera de balance, ella se mueve con más cuidado y se esfuerza más por cumplir los deseos de él y complacerlo. Para cuando en realidad la golpea, es más que probable que ella crea que provocó el ataque y que se lo merecía. La segunda opción es irse, pero ella corre el riesgo de perder aún más: su autoestima. Va a estar perdiendo la seguridad económica para sí misma y sus hijos, su posición en la comunidad y/o su iglesia, sentirá dolor y humiliación y, finalmente, perderá al compañero a quien ella ama a pesar de su comportamiento cruel.

Por qué ella se queda

Se queda por miedo. La razón número uno para que una víctima no deje un ambiente o una relación abusiva es el miedo. Los temores de la víctima no son infundados, dado el hecho que las mujeres golpeadas están bajo mayor riesgo al irse o después de haber salido de la relación. Tiene miedo de que el abusador difunda rumores y mentiras sobre ella, y se siente atrapada, impotente y sin esperanza.

Se queda debido a la falta de información/educación. Algunas mujeres golpeadas quedan porque no han tenido información precisa acerca del maltrato. La familia, los amigos y el agresor les dicen que el alcohol o las drogas son la causa del comportamiento del agresor. Se les dice que la pareja es codependiente y que si la esposa pudiera ayudar de alguna manera, entonces él cambiaría. Intentan modificar su comportamiento interminablemente, solo para observar una escalada de la violencia y siendo culpadas por no esforzarse lo suficiente.

Se queda porque los efectos psicológicos del abuso, pueden hacer difícil el irse. La víctima cree que no vale nada y que no se merece nada mejor. Se siente confundida y paralizada, y no confía en sí misma para tomar decisiones. Ha sido tan manipulada y se le ha lavado tanto el cerebro, que siente que no es capaz de arreglárselas sin su abusador. Se acostumbra a los abusos y se siente más cómoda con lo conocido que con lo que podría experimentar en un mundo desconocido.

Se queda porque lo ama. Las personas que no han experimentado el abuso pueden encontrar esta actitud difícil de comprender. Nuestra cultura glorifica el amor. Las canciones populares y las películas refuerzan la idea de que el amor es la cosa más importante en la vida, y que las personas –especialmente las mujeres– deben hacer cualquier cosa por obtenerlo. Las víctimas pueden amar a sus abusadores y al mismo tiempo odiar sus acciones violentas y abusivas. Deben recordar que no necesitan dejar de amar a su abusador para dejarlo. Algunas mujeres tienen dificultad de interrumpir la conexión emocional ya que la mujer abusada le cree al abusador cuando le dice que nunca más abusará de ella. Le cree cuando él se muestra arrepentido y promete ir a terapia o a la iglesia. Siente que incurrirá en la ira de Dios si deja al agresor y rompe sus votos matrimoniales. Dado que ve el sexo como intimidad, decide que cuando él tiene relaciones sexuales con ella y la trata bien por un tiempo, realmente la ama. Por consiguiente, renueva su amor y compromiso con él y desea una relación libre de abuso.

Se queda debido a la preocupación por sus hijos. La enorme responsabilidad de criar a los niños sola puede ser abrumadora. Ella no quiere trastornar sus vidas. A menudo, el abusador puede amenazar con quitarle los niños si ella hace un intento de irse y/o ponerlos en contra de él. Cree que sus hijos la culparán y se resentirán contra ella si se va. Se le dice que sus hijos necesitan un padre y que deben estar en una familia “real”. Ser una madre sola es una experiencia extenuante incluso bajo las mejores circunstancias, y para la mayoría de las mujeres las condiciones a menudo están lejos de ser justas ya que la justicia no está siempre de su lado, sea cuando se trata de recibir el acceso a custodia compartida o la custodia total de sus hijos.

Se queda porque se siente aislada. El aislamiento puede ser provocado por los celos o sentimientos de posesión del abusador, o puede ser un intento por parte de la víctima de ocultar signos de abuso frente al mundo exterior. De cualquier manera, ese aislamiento hace que muchas víctimas piensen que no tienen adonde ir. Tal vez el abusador no la deja salir de la casa, o tal vez ha amenazado con hacerle daño a cualquiera a quien ella acuda en busca de ayuda, incluyendo a su familia. Lo más probable es que si el abusador es popular, simpático, educado, religioso, rico, guapo o talentoso, a ella no le creerán.

Se queda debido a sus antecedentes familiares de abuso. Su padre pudo haber abusado de su madre, por lo que ella cree que el abuso es parte de estar en una relación. Racionaliza que ser golpeada no es lo peor que puede pasar en una familia. Dado que sus padres se quedaron juntos en una relación abusiva y violenta, ella cree que debería hacer lo mismo.

Se queda porque cree los mensajes que escucha de su abusador. Frases como: Estás loca y eres estúpida. Nadie te va a creer. Tú eres la que está enferma; necesitas ayuda. Eres histérica. La policía nunca me arrestará. Si te vas, te encontraré y te mataré. Mataré a tu familia. Nunca serás capaz de escapar de mí.

Se queda porque tiene adicciones que le impiden actuar. Su abusador alienta o la coacciona a usar alcohol o drogas o ver pornografía, pero sabotea su recuperación al impedirle obtener ayuda. Algunas mujeres consumen alcohol u otras drogas para adormecer el dolor psíquico, emocional o físico causado por la violencia. Algunas pueden tomar tranquilizantes para calmar sus “nervios”, pero pocas saben o a pocas se les dice que los tranquilizantes menores pueden ser seria y rápidamente adictivos. Tal adicción a sustancias hace que las víctimas sean menos capaces de actuar por sí mismas, y les da a sus abusadores una herramienta útil para desacreditarlas, culparlas, avergonzarlas y manipularlas.

Se queda debido a la dependencia económica. La realidad económica de las mujeres, especialmente las que tienen hijos, es a menudo sombría. El abusador tiende a controlar el dinero, incluyendo lo que ella pueda ganar. Ella puede sentir que es mejor sufrir el abuso que estar en la calle.

Se queda debido a la presión de los demás. Nuestra cultura da el mensaje de que el valor de una mujer depende de que esté en una relación. Las mujeres que no tienen pareja tienden a desvalorizarse. Por lo tanto, ella cree que lo necesita para darle credibilidad, valor propio y motivación para sobrevivir. Siente que si lo deja va a caer en desgracia con su comunidad o iglesia y será una vergüenza para su familia. Incluso algunos querrán usar las Escrituras para presionarla a permanecer en una relación abusiva.

Barreras para su partida

Cuando una mujer quiere dejar una situación abusiva, puede encontrar muchos obstáculos en su camino de partida. He aquí algunos en relación al sistema de justicia penal, las barreras de recursos, la comunidad y la religión.

El sistema de justicia/asuntos legales. La policía a menudo trata los incidentes de violencia doméstica como meras “disputas” en lugar de delitos graves en los que una persona ataca a otra, y por lo tanto pueden tratar de desanimar a las mujeres a presentar denuncia. Los abogados también pueden ser reacios a procesar los casos. Además, si hay una orden judicial que prohíbe al abusador acercarse a la víctima, en general no tienen gran efecto para evitar que se vuelvan a repetir sus acciones violentas o comportamiento inadecuado.

Barreras de recursos. Una víctima de abuso a menudo tiene tan pocos lazos familiares y de amistad, que depende psicológica y económicamente de su pareja abusiva. Además, puede desconocer los recursos de defensa y apoyo disponibles en la comunidad. Puede no tener un trabajo remunerado, ni una vivienda donde permanecer; puede no tener acceso al dinero y puede tener hijos que cuidar. Sin recursos suficientes para sostenerse por sí misma, y con un marido abusivo aprovechándose de su situación económica, puede encontrarse en una posición que no le da la libertad para abandonar la relación.

Barreras de la comunidad/sociedad. En muchas culturas, a las mujeres a menudo se les enseña que su autoestima se mide por su capacidad de tener un hombre que las ame y permanecer con él. Cuando la situación es tal, la gente a menudo hace oídos sordos a la violencia conyugal y cree que lo que sucede detrás de puertas cerradas es un asunto privado y debe permanecer tras esas puertas. Incluso en las comunidades que presentan una cara amable hacia las mujeres en necesidad, la capacidad de ayudar es limitada, y pueden no existir recursos alternativos.

Barreras religiosas/iglesia. Esta puede ser una barrera complicada para mujeres que quieran buscar una salida a situaciones de abuso. Algunos líderes religiosos mal informados o sin educación o experiencia en relación con la dinámica de la violencia doméstica, pueden utilizar el argumento de que el fin de una relación abusiva y la resultante desintegración de un matrimonio afecta negativamente la imagen de la iglesia. La víctima de abuso puede estar bajo presión de sucumbir a tales argumentos. Puede perder el apoyo de los miembros de la iglesia con mentalidad tradicional que creen que ella debería soportar todas las cosas con el fin de mantener a su familia unida. Se le puede haber dicho que si ella confía y ora lo suficiente, Dios le dará la fuerza para soportar.

Por qué ella regresa

No es inusual para una víctima de abuso irse por un tiempo y luego regresar nuevamente a su cónyuge. ¿Por qué regresa? Se pueden citar varias razones. Siente que sus hijos necesitan a su padre y espera que su futuro sea mejor; que él le haga sentir que la ama y la necesita. Puede no tener ninguna confianza en que se acomoden las cosas para ella en el ámbito de la justicia civil. Puede estar asustada por los mitos que circulan acerca de los refugios tales como que son centros de reclutamiento de lesbianas, manejados por lesbianas, o un lugar donde será atacada por lesbianas o se convertirá en una de ellas. El aislamiento de los amigos, la familia y los recursos de apoyo comunitario, el miedo a las represalias y la soledad, la preocupación de que su marido pueda ser detenido o encarcelado, una falsa esperanza/creencia de que él cambiará, o presiones culturales para mantener unida a la familia a toda costa, son otras razones por las que una víctima de abuso decide volver. Muchas veces también son movidas por un sentimiento de vergüenza y culpa; un auténtico deseo de proporcionar a sus hijos un hogar con dos padres; la necesidad económica; los costos legales; la creencia de que la terapia adecuada puede curar el comportamiento de su marido; las cuestiones de custodia de los hijos; el costo y el miedo de vivir sola y razones culturales locales. Además se agregan los mitos sociales tales como: ella provocó la violencia; ella exagera; ella viene de un trasfondo de pobreza o falta de educación; su compañero tiene un problema de control de la ira o el estrés que desaparecerá con tratamiento o con el tiempo. Todos son mitos que pueden empujar a la víctima a regresar a su pareja.

Etapas de la partida

Los estudios revelan siete etapas que caracterizan la travesía de partida de una persona abusada.

Etapa 1: La negación. La víctima se niega a admitir (incluso a sí misma) que está siendo abusada o que hay un problema en la relación. Puede referirse a cada incidente como “accidente”.

Etapa 2: Racionalización. La víctima reconoce el problema pero puede ofrecer excusas para la violencia de su pareja, echando la culpa a circunstancias tales como el estrés, dificultades financieras, situación laboral, dependencia química, etc. Cuando la crisis ha pasado, ella fantasea pensando o hablando acerca de lo maravilloso que es él.

Etapa 3: Autoinculpación. La víctima sigue contemplando su situación, pero se considera responsable de la misma. Cree que se merece ser golpeada o maltratada. Siente que algo está mal con ella porque es incapaz de cumplir con las expectativas de su pareja. Cree que necesita cambiar su comportamiento para que el abuso termine.

Etapa 4: Educación/introspección. La víctima ya no asume la responsabilidad por el trato abusivo y comienza a darse cuenta que nadie se “merece” ser abusado. Sin embargo, sigue creyendo que puede ocurrir un cambio. Investiga acerca del abuso y trata de compartir lo que aprendió con él, esperando que produzca un cambio de comportamiento positivo. Aún tiene la esperanza de salvar la relación.

Etapa 5: Aceptación. La víctima acepta el hecho de que no puede modificar al abusador; no se siente responsable de su conducta y él va a cambiar solo si así lo quiere o decide él mismo.

Etapa 6: Determinación/perdón. La víctima decide que ya no se someterá al abuso y se determina a obtener ayuda para poder vivir una vida libre de abuso. Se perdona a sí misma y a su abusador, reconociendo que al hacerlo puede impulsarse hacia el futuro.

Etapa 7: Curación/revitalización. La víctima busca recursos y explora opciones. Toma decisiones positivas para crear una vida libre de abuso para ella y su familia. Se determina a mantenerse en el camino de la recuperación, al tiempo que ayuda a otros en su travesía de sanación. Valora y abraza su identidad y potencial en Cristo.

Una mujer que toma la decisión de dejar su relación abusiva busca entender por qué permitió el abuso, por qué estaba predispuesta al abuso y cómo poner fin a los abusos. Por lo tanto, ya se ha alejado de la esfera de ser una víctima y se ha puesto dentro del ámbito de las supervivientes y luchadoras. A pesar de que en principio ella puede no querer terminar con la relación a causa de su unión y/o compromiso emocional, su posición tiende a cambiar a medida que la progresión del abuso se intensifica.

Conclusión

Como cristianos, tenemos la responsabilidad de cuidar de las víctimas de abuso. Una relación abusiva en la que uno es sometido a la violencia física, mental, social, espiritual o al rechazo, no tiene cabida ni justificación dentro de los parámetros cristianos. De hecho, se puede argumentar que es nuestro deber cristiano alcanzar a las víctimas de abuso y ayudarles a encontrar un “refugio en tiempos de tormenta”. Estas víctimas tienen derecho a una vida libre de abuso, un futuro de esperanza y la libertad de ser ellas mismas, sin temor o culpa.

Nuestra tarea como cristianos es la de defender la rectitud, lo que es justo, hacer el bien o actuar de acuerdo a la ley divina y moral. “El efecto de la justicia será la paz”, dice el profeta, “y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre” (Isaías 32:17, RV95). Sí, esa paz es un privilegio y una prerrogativa de un cristiano y debemos reconocer que todos, incluyendo las víctimas de abuso, tienen derecho a tal privilegio.

Mable C. Dunbar (Ph.D., Universidad LaSalle) es Presidente/CEO de Women’s Healing and Empowerment Network. E-mail: mablecdunbar@gmail.com.

Este artículo se basa en una presentación realizada en la cumbre END IT NOW, un congreso sobre la prevención del abuso contra las mujeres, celebrado el 2 de mayo de 2014, en la sede de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Silver Spring, Maryland, EE. UU., bajo el patrocinio del Departamento del Ministerios de la Mujer.