EDITORIAL

Preguntas y respuestas

Responder preguntas es algo habitual en la vida estudiantil. Muchas son “autopreguntas”: ¿Cuántas páginas me faltan leer? ¿Me preparé bien? ¿Cuándo debo devolver los libros que retiré de la biblioteca? ¿Cuántos informes de trabajos prácticos hay que entregar esta semana? Un sinnúmero de preguntas que aparecen y desaparecen.

Pero también están las temidas preguntas que un estudiante debe responder a sus profesores. Estas suelen producirle mucho estrés. Si no logra dar una respuesta aceptable, tendrá que enfrentar ciertas consecuencias. Algunas son menores, pero otras pueden costarle una intensa sensación de fracaso; vergüenza frente a un grupo; atraso en sus estudios y una barrera emocional en su propio crecimiento intelectual. Si no es capaz de dar respuestas acertadas y desplegar frente al profesor un razonamiento convincente, estas preguntas lo ponen en una situación de vulnerabilidad que hasta puede producir un impacto físico y desajustar el funcionamiento de su cuerpo. Las respuestas que emita hasta pueden tener un efecto a largo alcance al abrir o cerrar puertas no solo académicas, sino laborales. Él sabe que “su tarea de alumno” consiste en dar respuestas claras, que denoten seguridad en el manejo de un área del conocimiento; que expongan todo lo que ha podido almacenar y elaborar dentro de su archivo personal: el cerebro. Todo eso se logra a la par de vivir horas o jornadas en las que el estrés es tan real que hasta parece estar allí parado a su lado.

Sin embargo, hay otras preguntas que aunque no saltan como un resorte a lo largo de una típica jornada llena de ocupaciones y compromisos, ni suelen generarse dentro de un aula de clases, son aún más importantes y trascendentales. No son fáciles de emitir y por supuesto, tampoco de responder. No se trata de un examen oral frente a un tribunal de profesores, ni tampoco un examen escrito en el que hay que desarrollar un tema dentro de un marco de tiempo; ni siquiera hay un día límite para dar las respuestas. En realidad, tienen que ver con la vida: su sentido y su propósito. Son tan importantes que muchas veces nos asustan y preferimos evadirlas o posponerlas.

¿Quién soy? ¿Quién realmente soy yo? Esta pregunta no se responde colocando un nombre ni una descripción de tu apariencia o tu nacionalidad. Esas respuestas proveen datos de tu identidad o apariencia, pero no te describen en totalidad. Necesitas identificar tus cualidades, gustos, debilidades y limitaciones. Y entonces se desprende algo más: ¿Qué puedo hacer con ese cúmulo de habilidades y debilidades? ¿Cómo puedo potencializar las unas y evitar vivir en dependencia de las otras? Si no puedes dar respuesta clara a esta pregunta –¿Quién realmente soy yo?–, tampoco podrás responder la siguiente.

¿Hacia dónde voy? Si la anterior pregunta apunta a tu identidad y tu unicidad, esta averigua un destino. Dicho de varias otras maneras: ¿Cuál es mi meta final? ¿Cuán lejos me propongo llegar? ¿Qué papel quiero protagonizar en este mundo? ¿Cuál es mi misión que trasciende lo laboral?

Frente a estas preguntas no surgen respuestas instantáneas de una sola frase. Requieren observación, control, análisis y reflexión. Algo así como un trabajo lento de laboratorio, en el que se van verificando hechos aislados que no siempre saltan a la vista, pero que son parte de un todo. No es tampoco una tarea que pueda hacer otra persona, aun cuando quienes más te conocen podrían ayudarte; pero nunca creas que otra persona podría hacer tu tarea. Recuerda que para arribar a un determinado destino debes desplegar sueños, tenacidad, estrategias y esfuerzo.

¿Estoy solo/a o cuento con ayuda? Esta es probablemente una expresión de incapacidad que nace en nuestro interior. Entonces surge esa fuerza misteriosa: fe en “alguien” mayor que uno mismo. La Biblia lo identifica como Jesucristo. Tal como dice Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

No importa en qué continente vives ni si eres varón o mujer, si estás en el comienzo o el final de tu carrera, en algún momento tienes que retirarte de la rutina, de la vida agitada y del automatismo en que estás viviendo, hacia un lugar tranquilo donde puedas concretar un encuentro contigo mismo y por supuesto con Dios. Él prometió ser tu acompañante permanente y ayudarte a lograr tus metas.

“No podemos hacer nada por nosotros mismos, pero por medio de Cristo podemos hacer todas las cosas. Dios desea que seamos una ayuda y una bendición unos para otros, y que seamos fuertes en el Señor y en su poder... Dios vive y reina, y él nos proporcionará toda la ayuda que necesitemos. En todo tiempo tenemos el privilegio de recibir poder y ánimo de esta bendita promesa: ‘Bástate mi gracia’” (Elena White, El Evangelismo, 1975, p. 77).

Si aún no has respondido a estas preguntas de importancia existencial y eterna, y quizá ni siquiera te las has planteado, te aseguro que llegó un momento en que no puedes esperar más. Tienes que enfrentarlas. No inviertas el orden, porque podrías ir en un rumbo equivocado, por no haber identificado primero con qué elementos personales cuentas. Tampoco respondas solo al ¿quién soy? para dejar olvidada la pregunta ¿hacia dónde voy?

Te insto a que pongas tu prioridad no solo en estas preguntas, sino también en quien tiene la llave de todas las respuestas. Fija un momento y lugar de encuentro con Dios, pero no le mandes un mensaje de texto, sino pídele que esté a tu lado, colócate en su presencia y clama por su ayuda. Instálate en un ambiente donde goces la paz de la soledad, o en medio de la naturaleza. Podrías sentarte bajo un árbol al borde del bosque o junto al lago tranquilo. Podrías mirar las olas que van rompiendo o la salida del sol, pero “escóndete” en un lugar donde solamente estén tú y Dios. Recuerda: no necesitarás la compañía de Internet ni de tu celular; dales vacaciones. Pero sí llama a Dios; no lo dejes de lado cuando vayas a tu “laboratorio de análisis”. Convócalo y él acudirá con alegría.

Susana Schulz (Master en Aconsejamiento y Orientación, Loma Linda University, California) es coordinadora editorial de Diálogo y responsable de las ediciones internacionales.