Fernando Montes Tapia

Diálogo con un cirujano pediátrico e investigador adventista del Perú, que trabaja en México

Fernando Montes Tapia nació en el sur del Perú, en un tranquilo pueblo no muy lejos de las costas del Océano Pacífico. Es profesor de pediatría y cirugía y director de emergencias pediátricas en el Hospital Universitario de la Universidad Autónoma de Nuevo León en Monterrey (México). Además, es un investigador cuyos hallazgos han sido publicados en revistas internacionales evaluadas por pares, y es presidente de la oficina de prensa y promoción

de la Asociación de Médicos Ciruja-nos del Estado de Nuevo León, que forma parte del Comité Científico de la Asociación Mexicana de Cirugía Pediátrica. Su carrera académica también incluye estudios de cirugía laparoscópica en las universidades de Montpellier y de Estrasburgo (Francia) y un doctorado en pediatría de la Universidad Autónoma de Madrid (España).

El Dr. Montes Tapia es un miembro activo de la Iglesia Adventista de Cumbres, en Monterrey, donde sirve en los ministerios de niños y jóvenes, y también promociona el ministerio de la salud, tanto en la iglesia como en la comunidad. Está casado con Rosario, quien como enfermera pediátrica comparte su pasión por facilitar la curación de los niños enfermos y el alivio a sus angustiados padres. El matrimonio tiene dos hijos en edad escolar.

Comencemos con la forma en que conoció la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Nací en el seno de una familia católica en la pequeña ciudad de Camaná, en el sur del Perú. Cuando era niño, asistía al sacerdote de nuestra iglesia local como monaguillo. A los once años ya estaba listo para empezar la escuela secundaria y mis padres me llevaron a Arequipa, la capital de la región, donde viví con dos de mis hermanas, una de ellas mayor de edad. Asistí a la Escuela Evangélica Peruano-Británica. Allí aprendí a cantar himnos y a orar. Hacia el final de mis años en el nivel secundario, mi hermana mayor terminó la universidad y regresó a casa; yo quedé solo en Arequipa. Mi vida se dividió entre los estudios y ser una especie de «jefe de compras» para el negocio de mi padre. Yo compraba los suministros en la gran ciudad y los enviaba a la tienda de papá en nuestra ciudad natal. En ese período, tenía tiempo suficiente para salir a fiestas y entonces adquirí malos hábitos, como fumar y beber.

Cuando terminé la escuela secundaria, decidí estudiar medicina. Varios amigos se encontraban en la ciudad de Monterrey, México, y me gustó la idea de cambiar Perú por México. Providencialmente, un primo lejano, quien es pastor adventista, informó a mis padres acerca de una universidad cercana a Monterrey, la Universidad Adventista de Montemorelos, que también tenía la carrera de medicina. Para ser aceptado, debía pasar un examen que rendí en mi país.

Pasé el examen y poco después me encontré en un campus internacional, con estudiantes procedentes de diversas partes de América Latina y el extranjero. Muchas palabras, comidas y tradiciones eran desconocidos para mí, y lo mismo se aplicaba a las creencias religiosas. De hecho, la cosmovisión de los profesores y su forma de enfrentar la vida me eran completamente ajenas. Muy pronto, me di cuenta que vivir en los internados de la universidad significaba que no podía mantener los hábitos poco saludables que tenía. Esto me ayudó a ponerlos a un lado, a pesar de que durante mis primeras semanas solía fumar y beber cuando tenía la oportunidad de salir de la universidad los fines de semana. Pero cuando estaba estudiando Patología, llegué a conocer los efectos nocivos del tabaco, y decidí dejar de fumar para siempre.

El ambiente de la universidad y la buena influencia de mis compañeros cristianos me motivaron a desarrollar una relación personal con Jesús. Al final de una Semana de Oración –esas reuniones especiales de alto impacto espiritual– sorprendí a mis amigos, que ya estaban orando por mí, dando mi vida a Jesús a través del bautismo.

Mirando hacia atrás, ¿cree que fue una coincidencia que terminara estudiando medicina en una universidad adventista en México?

De ninguna manera. Llegué a México con una motivación social –seguir los pasos de varios de mis amigos– disfrazada bajo un plan académico: estudiar medicina. Pero Dios tenía otro plan. Él quería que yo llegara a conocerlo mejor, y cambió mi rumbo y costumbres. Después del bautismo comprendí que Dios había guiado a muchas personas, como mis padres y el primo pastor, para ayudarme a tomar decisiones que a la larga influyeron en mi curso de acción. Yo sabía que tenía el poder para tomar mis propias decisiones con respecto a mi vida, pero constantemente le preguntaba a Dios si estaban de acuerdo con su voluntad. Necesitaba mantenerme vigilante a fin de evitar andar en mis propios caminos, sino más bien en los de Dios. Él nunca me falló.

¿Por qué decidió convertirse en pediatra?

Mientras estaba haciendo mi período de práctica profesional, descubrí que hay básicamente dos tipos de pacientes: adultos y niños. ¡Los adultos no me interesaban! Durante mi pasantía en el Hospital La Carlota, en la Universidad de Montemorelos, me encantó trabajar con los pequeños. Su forma de ser, su inocencia me resultan muy interesantes. Después de todo, ¿no dijo Jesús que el reino de Dios les pertenece y que debemos ser como niños?

Parte de su especialización la hizo en Francia. ¿Podría hablarnos de ello?

Mientras era jefe de residentes de cirugía pediátrica en el Hospital Infantil de la Ciudad de México, me visitaron el jefe de pediatría y el director del Hospital de la Universidad de Monterrey. Ellos ya me conocían, porque me habían entregado un reconocimiento por ser el mejor residente de pediatría. El jefe de pediatría me ofreció la oportunidad de practicar cirugía pediátrica en Monterrey. Le informé que me encantaría esa responsabilidad, pero antes de tomarla quería obtener una nueva especialización. Él se ofreció a ayudarme con la especialización de mi elección si yo devolvía el costo de la beca con años de servicio. Elegí la Universidad de Montpellier, en Francia, y allí me entrené en cirugía laparoscópica neonatal. En 2002, regresé a Monterrey. Cuando fuimos a Francia, éramos solo dos, mi esposa y yo, pero cuando regresamos éramos tres, porque nuestro hijo mayor nació allá.

En su práctica, ¿encuentra dificultades con la observancia del sábado, el mensaje de salud adventista o cualquier otro principio adventista? ¿Cómo ha respondido a esos desafíos?

Siempre pensé que guardar el sábado iba a ser un problema cuando trabajara en una universidad pública y un hospital universitario público. Me he dado cuenta, sin embargo, que lejos de ser un problema, el sábado es una oportunidad para ser un testigo fiel dondequiera me encuentre. También considero que el mensaje de salud y todas las otras creencias que practico como adventista del séptimo día son una oportunidad para compartir las bendiciones divinas. Le dejo a Dios los obstáculos que encuentro en el camino; él sabe cómo resolverlos. Lo que me toca a mí es confiar plenamente en él.

¿Cómo hace para compartir su fe en su consultorio, en el trabajo administrativo y como investigador y profesor?

Jesús es mi ejemplo. Haga lo que haga –atender a un paciente, hablar con su familia, enseñar, investigar o realizar tareas administrativas– lo hago con amor y con un sentido de compartir ese amor con aquellos con quienes entro en contacto. Al mantener mis ojos centrados en Cristo, puedo percibir las necesidades en cada intercambio con mis jefes, colegas, estudiantes, pacientes y personal del hospital. Es mi objetivo que cada persona que entra en contacto conmigo pueda percibir el amor de Dios a través de mis palabras y acciones.

No es una tarea fácil, estando bajo la presión de las emergencias o situaciones de alto riesgo, solo me centro en solucionarlas y me olvido de mi objetivo de dejar que todos vean el amor de Dios a través de mí. A veces he tenido que pedir perdón, y hasta he llorado arrepentido por alguna acción específica, pero estoy convencido de que la única manera de llegar a conocer y entender mi papel como discípulo de Cristo es manteniendo una relación de dependencia total con mi Dios.

¿Cómo se ha involucrado con su iglesia local?

Cuando regresé a Monterrey quería asistir cada sábado a una iglesia, sin involucrarme en una actividad específica. Pero mi vida experimentó el perdón de Dios de una manera que nunca antes había sentido. Esa experiencia fue un momento decisivo en mi vida espiritual y a partir de entonces, he aceptado mis responsabilidades como miembro de la iglesia local. Siento la alegría de involucrarme activamente en las actividades de la iglesia teniendo en cuenta las necesidades del grupo de creyentes.

En una ocasión sentí que Dios me llamaba a actuar cuando no podían encontrar un maestro para la Escuela Sabática de Cuna –niños de hasta dos años de edad– y decidí ofrecerme. Nunca antes había sido maestro de Escuela Sabática de ningún nivel, ¡y me estaba ofreciendo a enseñar a los más pequeñitos que vendrían a mí no para ser curados, sino para ser alimentados espiritualmente! Con mi esposa sentimos la bendición de Dios sobre nosotros al realizar esta tarea. Una vez que aceptamos el llamado de Dios para servirle, somos capacitados y fortalecidos para hacer lo mejor que exige tal responsabilidad. El Dios que llama es también el Dios que facilita. Finalmente me puse a enseñar también la Escuela Sabática para niños mayores, como así también me involucré en el Club de Conquistadores. A poco llegué a ser uno de los líderes de mi congregación, siendo ordenado como anciano de iglesia. Actualmente, soy coordinador de la Sociedad de Jóvenes; tesorero de la Asociación de Profesionales de la Salud de la Asociación Noreste; y médico voluntario en los eventos y campamentos de Conquistadores de toda la región.

Así que además de sus actividades profesionales y personales, usted invierte tiempo apoyando a su iglesia local.

Bueno, la iglesia es parte de la comunidad. Como cristianos, no solo debemos servir en nuestro lugar de trabajo, sino también en nuestras comunidades. Es por eso que he tomado parte en varias actividades que promueven la salud más allá de las paredes del hospital. Hemos estado en las plazas públicas con el fin de ser contagiosos, no en términos de una enfermedad, sino de algo que es justo lo contrario: nos centramos en la prevención. Me encanta salir de mi lugar de trabajo y de salas llenas de enfermos e ir a la calle para decirle a la gente: “Cuide su salud; por favor, siga un estilo de vida saludable”.

Hace algún tiempo, participamos en un evento de gran impacto en la ciudad, bajo el lema “Quiero vivir sano”. Entre las diversas actividades, la que atrajo la mayor atención fue una ensaladera gigantesca. ¡Imagínese ensalada para veinte mil personas! Un gran grupo de voluntarios bien identificados distribuyeron pequeñas bolsas de verduras de primera calidad que habían sido seleccionadas por profesionales calificados. De esta manera, fuimos capaces de dar un mensaje claro acerca de hacer el esfuerzo de vivir una vida saludable al darle a las verduras libres de químicos y las frutas frescas, un lugar destacado en nuestra dieta. También recibimos el apoyo de los medios de comunicación locales, que se hicieron eco de nuestros esfuerzos elogiando nuestra iniciativa que demostró ser útil y atractiva.

¿Cómo equilibra su tiempo como investigador, profesor y director de departamento con el tiempo que necesita para pasar con la familia y su vida personal y devocional?

Bueno, a veces siento que el tiempo disponible no es suficiente. A través de los años, mi esposa me ha ayudado mucho a establecer mis prioridades y las de mi familia.

¿Qué podría decirle a los estudiantes de medicina o de otras carreras, que asisten a universidades no adventistas y con frecuencia se sienten desafiados en la vivencia de su fe?

Experimenta por ti mismo el amor y el perdón de Dios. Una vez que el Espíritu Santo te toca el corazón y la mente, nada será igual. Si deseas desarrollar una relación personal con Dios, como en el caso de cualquier otro ser humano, tienes que pasar tiempo y hacer esfuerzos para estar con él. Una estrecha relación con Dios requiere pasar tiempo leyendo su Palabra, hablando con él y siendo un testigo fiel. Esta es la base que te permitirá practicar la fe que necesitas para llegar a ser un verdadero discípulo de Jesucristo.

Raquel Bouvet Korniejczuk (Ph.D., Andrews University) es vicerrectora académica de la Universidad de Montemorelos en México. E-mail: rkorniej@um.edu.mx.

E-mail de Fernando Montes Tapia: vinculaciondgest@gmail.com.