¡Soy más que millonario!

“No acumules tesoro aquí abajo donde puede ser comido por las polillas y corroído por el óxido o –¡peor! – robado por ladrones... Es obvio, ¿no es así? El lugar donde está tu tesoro es el lugar donde más querrás estar, y donde terminarás estando”. Mensaje de Mateo 6: 19-21.

El buscador de tesoros Forrest Fenn decidió hacer algo creativo para que la gente saliera al aire libre y disfrutara de la naturaleza. Así que tomó algunas de las posesiones más preciadas de su vasta colección, las puso en un cofre dorado que por sí mismo vale más de diez mil dólares, y lo escondió en un lugar en la naturaleza. Pero no dejó la búsqueda librada completamente al azar, sino que escribió un poema con pistas. Parte del poema dice:

Comienza donde se detienen las aguas cálidas

y ve hacia abajo por el cañón

no muy lejos, pero demasiado lejos para caminarlo.

Introdúcete bajo la casa de Brown.

Desde allí no habrá lugar para los dubitativos;

cuando el final se esté acercando

no habrá que remar por el arroyo,

solo pesadas cargas y aguas altas.

Esta información desencadenó una fiebre de oro moderna. Los buscadores han dedicado tiempo y dinero en busca de la recompensa, a veces poniendo en riesgo sus vidas.

Había oído hablar de esta caza del tesoro hace un año, justo antes de un viaje que hice con mi familia por el suroeste de Estados Unidos. Fascinado por la idea de encontrarlo, y sintiendo que podría dar un buen uso a los millones de dólares, estaba siempre pendiente imaginando los lugares en que podría estar localizado. No es que creía que me toparía con él, pero un par de veces cuando me hallé en un cañón con el agua fluyendo, mi interés se revitalizó. Pero no vi esa caja dorada. Honestamente, no me había esforzado mucho por encontrarla, por lo tanto mi fracaso no fue ninguna sorpresa.

Las claves para el tesoro

Además de las pistas en el poema, Fenn también ha mencionado en noticieros y entrevistas que el cofre se encuentra en uno de estos cuatro estados: Nuevo México, Colorado, Wyoming o Montana, en algún lugar de las Montañas Rocallosas por encima de los mil quinientos metros sobre el nivel del mar.

A principios de agosto, mientras planeaba un viaje en solitario por la parte central de Colorado, agregué un día extra entre dos de los lugares que quería visitar. Mirando un mapa, encontré un punto a mitad de camino entre ambos y decidí echarle un vistazo. Pareciera que cada lugar de Colorado fuera maravilloso, y este no era ninguna excepción: un profundo valle o cañón en las Montañas Rocallosas y un río que corre a lo largo del mismo. Me fascina observar un cañón, y este lugar parecía idílico para mí. Fue en esa circunstancia que el tesoro de Fenn me volvió a la mente. ¿Un cañón? ¿El agua en el cañón? ¿En las Rocallosas? Esto parecía interesante. Al menos, pensé, podía considerarlo un lugar potencial.

Según lo que yo entendía en las pistas dadas, una «alta» caída de agua estaba cerca de la ubicación del tesoro, así que busqué en Internet el nombre del parque y la palabra «cascada» aun cuando no parecía que hubiese alguna. Mi corazón dio un salto cuando el mecanismo de consulta reveló que no solo había una, sino que tenía casi cincuenta metros de desnivel. Sentí un cuarenta por ciento de seguridad de que esa debía ser la ubicación. Este porcentaje iba en aumento a medida que pasaba el tiempo.

En Internet no hallé mucha información sobre la cascada, pero sí encontré un blog con un par de instrucciones acerca de cómo llegar a la cima en época de invierno. Como se mencionaba una cueva en la cima, esto incrementó mi expectativa acerca del lugar. Al fin y al cabo una cueva sería un lugar ideal para guardar la caja, ya que Fenn había mencionado que era posible que el tesoro pudiera no ser descubierto durante bastante tiempo. Una cueva era una buena protección de la intemperie. La cueva en la cima de la cascada sería el primer lugar que yo visitaría. Y hasta tenía instrucciones de cómo llegar gracias a estas buenas personas que habían escrito el blog.

Pero había algo negativo. Había estado anhelado este viaje más que cualquier otra cosa. La experiencia de acampar bajo las estrellas, las montañas, Dios y yo y la naturaleza por más de una semana –me sentía como un niño en Navidad. Pero esto comenzó a desvanecerse a medida que la idea de cazar el tesoro proliferaba.

Para ser claros, nunca llegué a estar hambriento de dinero tras la pista de este tesoro. En realidad, incluso si hubiera acertado al sitio correcto, era consciente de que otra persona podría haberme ganado. Mientras Fenn dice que hasta la fecha no se le ha dado ninguna evidencia de que alguien haya encontrado el tesoro, siempre existe la posibilidad de que el que lo hubiera descubierto, se hubiese escondido en el anonimato. Así que el deseo de cazar el tesoro era enorme –tan grande como millones de dólares– y por su naturaleza estaba acaparando más y más de mi atención. El entusiasmo por el viaje se redujo ya que el potencial de encontrar la ubicación del cofre acaparó la situación. Y eso no me gustaba. Consideré dejar de lado la exploración de la zona y no tener nada que ver con eso, pero pensé que Dios podía ayudarme a mantenerme enfocado en lo que era real y cierto y lo que yo había anhelado ver. Además, si de hecho encontraba el oro, podría comprar vastísimos territorios e ir allí cada vez que quisiera, ya sin la distracción del tesoro.

Poco tiempo después me dirigía hacia el lugar. El paisaje era increíble, y la falta de distracción significaba que podría centrarme en Dios y la montaña. La posibilidad de cazar el tesoro no solo no me consumía toda la atención como había temido, sino que pensé que encontrarlo sería solo un singular y divertido agregado al viaje.

El día de la búsqueda por fin llegó. Esa mañana fue estimulante. Estar involucrado en la búsqueda de un tesoro real –y de esta magnitud– me sobrepasaba. Después del desayuno, me apresuré a preparar mi pequeña mochila. También llevaba colgaba de mi hombro una caja plegable para transportar hielo, para el caso que tuviera que disimular el traslado de algo dorado y rectangular en el camino de vuelta a mi vehículo.

Coloqué mi auto en el lugar recomendado por el blog y caminé hasta el punto de entrada del cañón. Era una superficie empinada, agravada por las fuertes lluvias de la noche anterior. Cada paso me hacía deslizar unos treinta centímetros hacia abajo por la suave colina. No había ido muy lejos cuando me di cuenta que tenía que encontrar otra ruta. Esa segunda opción también me obligó a retroceder y buscar otras soluciones. Pensé en ir a través de un túnel de aguas oscuras que pasaba debajo de la carretera, pero eso parecía difícil. Volví a la primera ruta, y descendí hasta el arroyo en la parte inferior de la colina, pero no había grandes posibilidades. Los autores del blog habían caminado con nieve profunda sobre todas las cosas, y me di cuenta que esto les había reportado gran beneficio.

Al regresar a mi auto solo quince minutos después de haberlo dejado, me sentí muy decepcionado. Todo este preámbulo para nada. Consideré otras opciones, pero fue en vano. Si tan solo Fenn me hubiera dicho cómo llegar… Fue entonces cuando me di cuenta que sí lo había hecho. Yo había utilizado todas sus pistas para determinar el punto final, pero al hacer mi propia investigación me distraje en el recorrido de personas ajenas. Había olvidado que el ocultador del tesoro y autor del poema había proporcionado indicaciones claras.

Al darme cuenta de esto, me vino a la mente un paralelo espiritual. Lo que yo había hecho con el poema, lo hacemos con demasiada frecuencia con la Palabra de Dios. A veces sentimos que conocemos el final de nuestra historia con Dios, por lo que tomamos nuestro propio camino hacia la conclusión. Lo hacemos con la Biblia cuando ignoramos pasajes muy claros, ya que no parecen encuadrarse con nuestra idea de un Dios amoroso. Así que ignoramos lo que acabamos de leer y tomamos nuestro propio sendero. Esto a veces puede llevarnos a una conclusión equivocada, o que no es del todo correcta.

Las pistas del poema

El poema dice: “Comienza donde se detienen las aguas cálidas”. Mientras consideraba ahora aproximarme a la cascada desde la base, y llegar a ella desde el río, una interpretación de este verso parecía revelarse. Para llegar al río, tendría que cruzar sobre un dique. Los diques definitivamente detienen el agua. A un lado de la represa había un embalse rodeado de colinas, del otro lado un profundo cañón. Habría que ir hacia abajo en el cañón y caminar más hacia abajo para llegar al río en la base del cañón. En otras palabras, «recorre el cañón hacia abajo”.

La siguiente línea del poema: «Introdúcete bajo la casa de Brown». El único muelle en esta parte del río está por debajo de una construcción marrón (brown en inglés) que sirve de depósito del Servicio de Parques Nacionales. La cascada estaba a cinco kilómetros de este punto si uno hubiera podido encontrar un camino que fuera hacia allí; por lo tanto «demasiado lejos para caminarlo», pero se podía transitar por el río. ¿”No habrá lugar para los dubitativos”? El río serpentea entre las altas paredes del cañón para llegar a una cascada al final. Esto sí me parecía la probable morada del tesoro. Sin embargo, no en la cima, como yo había planeado, sino en la piscina de agua en su base. Todas las pistas del poema parecían encajar como detalladas instrucciones.

Sintiendo de nuevo la emoción de la aventura, me dispuse a buscar una manera de llegar a la cascada. Después de considerar diferentes opciones, tenía una alternativa. Tendría que viajar unos kilómetros para alquilar un kayak inflable que pudiera caber desinflado en el asiento trasero de mi coche y después lo inflaría en la orilla del río. Avancé rápidamente en este plan, pero me percaté que en pocas horas el sol se escondería, lo cual me inducía a esperar hasta el día siguiente.

A la mañana siguiente cargué más de veinte kilos de equipos caminando por unos mil quinientos metros a lo largo de la orilla del río; allí me detuve a inflar la embarcación. Con entusiasmo, me impulsé alejándome de la orilla. Podía ver la hielera plegable alojada ajustadamente entre los bordes del kayak inflable. Avancé por el cañón, hacia la cascada.

Era un hermoso día. El cielo azul, las esponjosas nubes blancas y las escarpadas paredes del cañón parecían pintar una imagen perfecta de la naturaleza de Dios. Disfruté del lugar y de lo que estaba experimentando –y no a causa de la recompensa que sentía podría estar delante de mí.

En poco menos de una hora, me acerqué hasta la orilla rocosa cerca de la piscina de agua en la base de la cascada. Con todas las pistas alineadas perfectamente para conducirme hasta allí, me sentía noventa por ciento seguro de que esa era la morada del tesoro. Pero cuando salí del kayak y vi el estanque de agua bajo la cascada, me sentí ciento por ciento seguro de ello. Ahora mi futuro era cuestión de si le había acertado a la ubicación o no, y si así era, había que constatar que ninguna otra persona se me hubiera adelantado. Con una mezcla de humildad, curiosidad y entusiasmo, me acerqué al estanque de poca profundidad en la base de la cascada de cincuenta metros y entré. Tan frío.

Me imaginé que si este era el lugar, el cofre estaría debajo o detrás de la cascada, así que miré ahí primero. Pensé que habría un área seca detrás de la cascada, pero todo lo que había era una pared rocosa. Así que en vez de eso, comencé a palpar debajo del agua donde caía la cascada. Enfriándome rápidamente, y aun no estando listo para aventurarme a introducir mis manos en el agua más turbia, opté por inspeccionar primero las zonas menos profundas alrededor del borde de la piscina. Al no encontrar nada, decidí ir de nuevo a la cascada.

Empecé a palpar bajo la caída de agua, pero la altura de la cascada, la temperatura del agua, y el tener que alcanzar áreas más allá de lo que podía ver, paralizaron la corta tentativa. Intenté un par de veces más, temblando y jadeando debido al frío, antes de retirarme a la orilla. No quería volver a entrar al agua ni ir bajo la cascada. Quería irme. Si no hubiera estado allí en busca del cofre, me hubiera ido. En verdad, estaba un poco asustado.

Pero tampoco podía dejar lo que podrían ser millones instantáneos. Así que junté coraje. Con los brazos adentro casi hasta los hombros, el agua fría cayendo sobre mi cabeza y espalda, esta vez me empeñé completamente en la tarea, asegurándome de no irme con la duda de si le debería haber prestado más atención. Justo en ese momento, el viento empujó la cascada hacia un lado, fuera de mi camino y mi cabeza. Hundí las manos una vez más, dando lo mejor de mí, palpando todo, y asegurándome de que no estuviera allí. Fue en este último intento que me di cuenta que... no estaba allí. Decepcionado y sintiendo que estaba a punto de desmayarme por la hiperventilación y el frío extremo, salí de la piscina para calentarme al sol. Si este era el lugar, imaginé que alguien se me habría adelantado. Pero tal vez me había equivocado. Tal vez las similitudes eran solo una coincidencia.

La verdadera clase de millonarios

Mencioné que la idea de todo este asunto de hacerme de dinero casi minó mi entusiasmo por el viaje. Pero explicaré por qué no lo hizo. Fue al mirar las luces de la ciudad de Denver desde la habitación de hotel esa noche, y ver las montañas en la distancia a la mañana siguiente después que saliera el sol. Fueron las impresionantes vistas desde cada sitio en que acampé, y la noche que pasé en la base de un cañón. ¿Alguna vez has visto las estrellas, en una zona sin luz, en la base de un cañón? Me recosté en éxtasis sobre la parte delantera del auto durante horas. También disfruté la excursión en las montañas, con la vista de los picos circundantes y las magníficas montañas que cambiaban de forma en cada curva mientras mi auto se desplazaba. Y la gente. Todos fueron tan amables. Tal vez también estaban de vacaciones, o simplemente son más amables y no tienen tantas tensiones. Sea lo que fuere, todo esto contribuyó a que mi viaje fuera mejor. Y no puedo olvidar el paseo en kayak a través del cañón. Al volver remando dije en voz alta: «¿A quién le importa si el cofre está allí o no? Tengo esta experiencia, y eso me hace rico».

Millones de estrellas en el cielo, un tesoro lleno de naturaleza, paisajes increíbles y las personas que demuestran interés por nosotros. A veces en nuestras vidas tenemos que buscar el tesoro, y cuando encontramos los regalos que Dios nos da, somos verdaderos millonarios. La verdadera clase de millonarios, no los que solo tienen cofres de oro.

Chandler Riley trabaja en el departamento de Recursos Humanos de la Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. E-mail: rileyc@gc.adventist.org.