Escogidos para ser discípulos de Jesús en tierra extraña

El discipulado cristiano se manifiesta en nuestras relaciones. Se inicia al responder al llamado de Jesús para conectarnos y apoyarnos en él. Cuando mantenemos esta comunión y lo adoramos junto a otros creyentes, comenzamos a ser transformados.

¿Qué significa vivir como discípulos de Cristo en un ambiente secular y extraño? ¿Cómo debemos vivir en un mundo en el cual la mayoría de nuestros compañeros de estudio y amigos, no han escogido a Dios? ¿Cómo es nuestra vida como escogidos? Y cómo nos ven otros?

El capítulo 14 de Juan relata el momento cuando los discípulos se enteran de que Jesús va a dejarlos para retornar junto a su Padre. En esas últimas horas, Jesús busca alentarlos. Les promete que volverá para llevarlos al hogar; les promete que el Espíritu Santo los confortará, aconsejará, y enseñará; y les promete que tendrán su paz. Pero también los desafía. A partir del capítulo 15, les presenta la figura de una viña: “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador […] Yo soy la vid, vosotros los pámpanos” (Juan 15; 1, 5).1

Note que Jesús provee un nexo celestial al concepto del discipulado: el Padre es el labrador; el Hijo es la vid; los discípulos son los pámpanos de la vid. Jesús les recuerda –algo que también es para el presente– que ellos eran brotes de la vid verdadera, no por causa de algún factor de este mundo, sino por su conexión con Jesús. Siendo que él es el proveedor de la vida, a través de ese nexo ellos podrían llevar frutos. No es nuestra conexión con la iglesia lo que nos da vida o nos hace dar frutos. Aunque el cuerpo de Cristo es indispensable para que podamos crecer como discípulos, y el reunirnos para apoyarnos y animarnos unos a otros es esencial, lo que realmente sustenta nuestra vida y desempeño como discípulos es la conexión con Cristo. Es en este contexto que Jesús dijo: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure” (Juan 15:16, NVI).

Cantidad versus calidad

Cuando se piensa en la vid es indudable que se perciben los pámpanos como brotes que nacen en esa vid; dependen de la vid para vivir ya que es allí donde se inicia el crecimiento ¡Los pámpanos simplemente se aferran a la viña para vivir!

Es fácil pensar que porque somos criaturas con libre albedrío, somos nosotros los que estamos tomando decisiones acerca de nuestra relación con Dios. Al igual que los pámpanos, escogemos aferrarnos a la vid verdadera para vivir. Pero la vid nos escogió a nosotros mucho antes de que nosotros sintiéramos interés por ella. ¿Por qué? Para llevar fruto. La vid depende de nosotros para desarrollar el fruto que permanecerá. Nuestra conexión con Cristo debería darnos poder para amarnos unos a otros tan profundamente que pudiésemos dar nuestras vidas los unos por los otros. “Cuanto más nos acerquemos a Cristo tanto más cerca estaremos uno del otro. Dios es glorificado cuando su pueblo se une en una acción armónica.”2

Cuando usamos la expresión “dar fruto”, suele ser en el contexto del evangelismo. “El pastor Fulano realmente da frutos; bautizó treinta personas”. “María trabaja mucho para el Señor. Dio veinte estudios bíblicos el mes pasado”. Sí, reproducir discípulos numéricamente es un aspecto importante de lo que significa llevar frutos que perduren. Sin embargo, el fruto cualitativo es tan importante como el cuantitativo. Ser transformados a la imagen de Cristo es el deseo que resulta de la vida cristiana. El discipulado es un proceso de toda la vida, de transformación y maduración a través del trabajo del Espíritu Santo que tiene como objetivo producir una semejanza de Cristo en la vida del discípulo. ¿Creemos que honra a Dios llevar personas hasta él para luego despreocuparnos de su crecimiento?

Sé discípulo y lleva a otros

De la botánica aprendemos que son necesarios cuatro nutrientes para el crecimiento de una planta: nitrógeno, calcio, ácido fosfórico y potasio. Pero la clave es conocer su apropiado balance. Las plantas que reciben demasiado nitrógeno desarrollan mucho follaje pero no son fuertes. Si por el contrario, no reciben suficiente cantidad, se vuelven amarillas. Cuando hay demasiado calcio el suelo se torna excesivamente alcalino y cuando falta, se torna ácido.

Del mismo modo, los discípulos fuertes no se forman recibiendo únicamente un nutriente, sino una diversidad de elementos. Examinaremos cuatro “nutrientes”3 esenciales para el crecimiento cristiano o dicho de otra manera, para producir discípulos de Jesús que sean fuertes y fructíferos.

Conectarse. El discipulado cristiano se manifiesta en nuestras relaciones. Se inicia al responder al llamado de Jesús para conectarnos y apoyarnos en él. Cuando mantenemos comunión y lo adoramos junto a otros creyentes, comenzamos a ser transformados. A través de esta conexión trasformadora obtenemos mayor conocimiento de nosotros mismos y la forma en que fuimos creados. Apreciamos nuestro valor infinito para él y confiamos lo suficiente como para rendirle nuestro amor y voluntad. A medida que el Espíritu Santo nos guía en el desarrollo de nuestra identidad en Cristo, podemos entonces conectarnos con aquellos que nos rodean, de una manera más redentora y fructífera.

De hecho, debido a esta conexión con Cristo, pasamos a ser nuevas personas. “Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Las cosas viejas pasaron, todo es nuevo” (2 Corintios 5:17). No permita que el enemigo le robe su nueva identidad. Su vida depende de ello. Aun cuando no sienta que merece ser escogido por Dios, aférrese al hecho de que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Comprender. Cuando Roy y yo nos casamos, lo conocía lo suficiente como para saber que lo amaba y quería pasar el resto de mi vida con él. Luego de treinta años, mi amor ha crecido y tomado otra dimensión.

Así sucede en nuestra relación con Jesús. Cuando iniciamos nuestra jornada como discípulos lo conocemos apenas lo suficiente como para saber que lo amamos y que deseamos seguirlo por el resto de nuestras vidas. Pero hay tanto más para descubrir… ¿quién es él en esencia? Satanás desea distorsionar nuestra percepción de Jesús. Procurará deformar nuestra comprensión usando dos tretas: nos animará a creer que “Jesús es todo lo que necesito”, sin profundizar para descubrir el verdadero carácter del Jesús a quien servimos. Y además nos engañará haciéndonos creer que somos indignos de recibir las promesas de Jesús expresadas en su Palabra.

Como hijos de Dios podemos comprenderlo más profundamente a través de nuestras creencias o doctrinas. Por supuesto, algunos cristianos usan sus creencias para forzar a las personas a creer en lo que ellos creen. Sin embargo, las doctrinas deberían ser la manera en que comprendemos a Dios y su carácter, a través de su Palabra. Así, cuando profundizamos nuestra comprensión de su carácter, vemos el mundo, nuestras relaciones y la razón de ser de nuestra vida a través de sus ojos. Aprendemos a depender de él para que nos provea todo lo que necesitamos para nuestra redención y restauración a su imagen.

Servir. A medida que desarrollamos una identidad en Cristo y buscamos una mayor comprensión de su carácter, desearemos compartir nuestro camino con otros.

No precisamos ser pastores para compartir nuestra experiencia espiritual con otros y para servirlos en el nombre de Cristo. Cuando recordamos que ser discípulo es no solamente lo que nosotros hacemos sino también lo que somos, nos daremos cuenta que podemos cumplir nuestro ministerio a través de cualquier ocupación a la cual el Señor nos haya guiado. Cuando trabajé en un equipo pastoral les dije a los miembros de iglesia: “Ustedes tienen una oportunidad que yo no tengo, porque ustedes están en relación con muchas personas en su trabajo, quienes de otra manera jamás pisarían una iglesia. El mundo necesita doctores que oren, hombres de negocios fieles y artistas consagrados que descubran su llamado y caminen con coraje divino.”

Ya sea apoyando los ministerios de su iglesia usando su tiempo, talentos y dinero; ya sea sirviendo a la comunidad al identificar con compasión a los que sufren y percibiendo las injusticias que ocurren a su alrededor; ya sea como orientadores de otros seguidores de Cristo; o ya sea a través de compartir la historia de su relación personal con Jesús entre su familia, amigos o compañeros de trabajo, cada vez que escoja servir al prójimo, está respondiendo al llamado de ser discípulo.

Vivir en comunidad. ¿Debo asistir a la iglesia para ser salvo? La respuesta es “no”. La Biblia no contiene ningún mandamiento que diga: “Deberás asistir a la iglesia para poder ser salvo”. Sin embargo tenemos muchas indicaciones en la Palabra de Dios que muestran la importancia de vivir y adorar en comunión. Preste atención a este consejo: “No dejemos de reunirnos, como algunos tienen por costumbre; sino animémonos unos a otros, y tanto más, cuando veis que el día se acerca” (Hebreos 10:25).

La Escritura a menudo habla de “unos a otros” en la vida cristiana.4 Vivir en comunidad nos da la oportunidad de caminar junto a otros con el objeto de:

Sin embargo, no hemos sido llamados a residir solamente dentro de los confines de la comunidad cristiana a fin de ser discípulos fructíferos. Nuestra vida cristiana debe ser manifestada en el mundo que nos rodea. El desafío de Dietrich Bonhoeffer es una confirmación: “El valor del llamado secular para el cristiano es que provee una oportunidad de vivir la vida cristiana con el apoyo de la gracia de Dios, y de involucrarnos más vigorosamente en la penetración al mundo y a todo lo que ello representa”.5

La imagen de Cristo

Mi madre sufrió un accidente cerebrovascular que la dejó imposibilitada para caminar y hablar. Nuestra comunicación pasó a ser a través de la risa, abrazos y besos. Intenté inculcar en ella, que a través de su dulce espíritu y su naturaleza amorosa, el Señor podía usarla para tocar las vidas de aquellos a su alrededor. Sin embargo fue difícil cuidarla y ver su sufrimiento en medio de esta prueba. Poco después se resbaló de la silla. No sabíamos que su tobillo estaba fracturado porque ella no podía hablarnos ni tampoco podía señalarnos el lugar que le dolía. Los médicos hicieron controles de su cadera y quedaron tranquilos. Pero ella continuaba con un gran dolor. Me miraba con una expresión que denotaba: “Por favor haz algo”. Luego de darle dos tratamientos completos de un analgésico muy fuerte, que no modificó su dolor, comencé a desesperarme. Entonces, a través de lágrimas de enojo le dije al Señor: “¿No crees que ella ya ha tenido suficiente? No puede caminar; no puede hablar. Y ahora se encuentra con un dolor insoportable. ¿Qué quieres con ella?”

Poco después hubo una fiesta navideña en el centro de salud donde estaba internada. La hija de otra paciente se me acercó y me dijo: “Tu madre es tan dulce... Sólo quiero que sepas que cuando miro su rostro, veo a Jesús”. En ese momento me di cuenta que aun cuando mamá no podía caminar ni hablar, dar estudios bíblicos o entregar literatura, ella podía tocar la vida de quienes la rodeaban.

Habrá momentos cuando te preguntarás si estás haciendo alguna diferencia en la vida de alguien. Pero yo creo que mientras escojamos a Cristo diariamente, y busquemos ser discípulos fructíferos, conectándonos, comprendiendo, sirviendo y viviendo en comunidad, seremos transformados. Nos pareceremos más a Jesús y el mundo será atraído a él a través de nosotros, y otros harán también su buena elección.

Bonita Joyner Shields es editora y directora asociada para el discipulado en el Departamento de Ministerios Personales y Escuela Sabática en la Asociación General en Silver Spring, Maryland, EE. UU. E-mail: shieldsb@gc.adventist.org.

REFERENCIAS

  1. A menos que se indique lo contrario, todas las referencias bíblicas han sido extraídas de la versión Reina Valera 2000.
  2. Elena White, El Hogar Adventista, p. 158 (1904).
  3. La Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día y la Universidad Andrews, se han asociado para identificar y desarrollar un modelo de crecimiento espiritual para ayudar al crecimiento de discípulos fructíferos. Para acceder a este modelo, ir a www.growingfruitfuldisciples.com.
  4. Para más ejemplos, ver Juan 13:34-35; Romanos 12:10; 1 Corintios 1:10; Gálatas 5:13; Efesios 5:21.
  5. Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship, (Nueva York; The MacMillan Company, 1959), p. 239.